Por Nicolás Antonio Vásquez López Cronista
En las desventuras del amor, los campos minan territorios que se creen baldíos. ¡Pum! Un vuelco al corazón, ¡cataplum!, tres giros azarosos y un golpe de riñón para atisbar las profundidades del alma. ¡Huevón! Le dije, ja, ja, ja. ¿Por qué la palabrota? Nada de eso, la palabra es inocente. Yo digo muchas palabras reprochables, no paren bolas. Ah, sigo con la historia. Un amigo me comentó la otra vez: “Una vieja me quiere comer”. Hágase el bobo, mire que la antropofagia es un delito. A nadie se lo pueden comer en este tiempo sin pagar por el hecho: ¡qué horror! El canibalismo romántico es la prueba mayor de sangre. La autodestrucción que mordida a mordida nos aqueja, colgajos miserables, perchas alucinantes de barbarie. A veces uno se muerde por equivocación, frunce el ceño, rechina los dientes, duele. A veces otro nos muerde y ese otro nos convoca en el interior algún tipo de amor; la mordedura se ablanda, anestesia. Cuya dentellada pierde su categoría de agresión: peligro, demasiado diría. Llega el desventurado momento de dar una mordida y ni dientes, ni ojos, ni lengua tienen. Canibalismo total.
Subía por Calle Larga, la única calle real de Amagá, para Cabañitas, mi barrio; invité a mis amigos a almorzar a la casa. Mientras miro al frente, veo las consecuencias del tiempo; miro atrás, paradójicamente, es lo mismo. Regresar significa arrancar la memoria al revés, así se ande de frente. ¿O no? No sé, uno crea los caminos, quién es quién, cuando pasa por las mismas partes y puede ver cosas distintas. Caminamos hasta la cima, almorzamos. Hablando de los quién, ¿de quién? Pues, los Quienes, criaturas que aman la Navidad, los de Villa Quien. De la película El Grinch, una criatura verde peluda que odia la Navidad, o ese, al menos, es el argumento inicial. Vimos la película. Graciosamente, Villa Quien parece la calca de mi pueblo. A todas estas, los lugares no representan hasta ahora una razón agrupadora de la alegría. Es la forma del foco; miramos por distintos lentes. Hace falta darles un cambio en la ruleta salvadora de colores, estilos y profundidades. Caminar por las calles con mis amigos, ver una película y observar la presencia de las cosas es el bien supremo por ahora. Mirar un diente de león, una mariposa monarca, una araña, un toro fueron experiencias audibles, sensuales y amorosas. Ninguna pedirá una mordida. Salvo el diente de león.

Lectura recomendada:
Crónica parroquial: Novena



