Por Nicolás Antonio Vásquez López Cronista
Voy en la bicicleta Venzo color champaña, la bicicleta de Taiwán, “venzo” de la primera persona del singular del verbo vencer; ¿vencer qué?, pues, el miedo. Asomo por las calles serpenteadas de los Andes. Yo, obstinado, presuroso en las artes del ciclismo, deporte nacional de Colombia, neófito en las técnicas de los sabios de las bielas… Comparto humildemente mi bisoñada por las vías. Los vehículos de transporte son un logro de la ingeniería humana, nadie lo duda; no obstante, sus elementos constitutivos: llantas, parabrisas, puertas, ventanas, motor, etc., acompañan las acrobacias mortales en el duro suelo asfáltico. Bajo la doble calzada, por las 4G, tanteo frenos, reboto en el sillín, bloqueo o desbloqueo el seguro del amortiguador; presiono el cambio con mi índice derecho para activar el plato de la rueda delantera en primera, luego, en segunda, listo, ¡ya está! A la mano izquierda, el índice incrementa la velocidad de la pacha, dura, más dura; el pulgar rebaja las nueve velocidades, descordino, atino a veces, ¡fiúuuu! Un camión a la velocidad de Pegaso, a centímetros, pasa de mí: ¡Ay, gran hijueperra! Se me olvidó todo, a volver a empezar.
En el descenso, la concentración cubre los sensores básicos de una actividad atencional sostenida para mantenerse vivo: ojos bien abiertos, manos ágiles, dedos hipersensibles para el freno de emergencia; se me ocurre pensar, ¡vaya, en pensar! Primero, en un libro apenas empezado: Desgracia de J.M. Coetzee: una novela extranjera, provocadora, ambientada en Ciudad del Cabo, Sudáfrica; la humanidad condensada, un instante de literatura. Voy con el libro en la tula, atrás, en mi espalda sudorosa. Nadie sabe las cosas que los demás pueden traer a sus espaldas: David Lurie, Melanie Isaacs, Lucy, Shaw, mis pasajeros. Segundo, pensé en un relato desgarrador de una amiga de la universidad, V. Salazar. Estaba finalizando febrero; ahí me contó lo que sé: nos volveríamos a ver en abril sin más comentarios, un abrazo nomás. Mi abuelo está en el Hospital San Vicente de Paúl; los médicos no saben a ciencia cierta qué hacer. La gangrena se extiende como una maldición putrefacta; le amputan la pierna derecha, la izquierda está en peligro de ser cortada, el colapso cardiovascular es inevitable, noches en vilo, en vela, trasnocho, madruga a la U, después ella va ir entrenar; en la noche a cuidar al abuelo. “Si el abuelo queda sin piernas, me toca dejar la universidad”, me dice compungida; “no me reconoce, a duras penas reconoce a mi mamá”. ¿Alzheimer?, ¿demencia senil?, se desconecta de su memoria. Hablamos ese mediodía de la prueba, la coincidencia, el sacrificio, la renuncia, la muerte. No quería, bajo ningún motivo, que dejara el estudio. Lo dije, traté de morigerar mis palabras: “Es mejor que el abuelo se vaya a descansar”. Sería muy doloroso la penumbra de la desmemoria y el camino sin piernas; un atisbo de lágrima asomó furtiva entre los dos, nos abrazamos y nos fuimos. A la semana falleció el abuelo de un paro cardiorrespiratorio en el hospital; yo agradecí.
Llegué al pueblo sin un rasguño, abrí el libro, me senté a leer.
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