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Por Nicolás Antonio Vásquez López Cronista

¡Párroco, conteste la epístola!

Ese día el sol estaba incandescente. El asfalto despedía un vaho ondulante temperamental. Mi plan estaba servido: voy por la lápida, subo a la casa de la abuela por mi primo, hijo de mi tía Nohra; de ahí, caminando, como me gusta llegar a ciertos lugares rumbo a la necrópolis. Reclamé la lápida, recuadro de mármol mediano. En el momento no me percaté, pero tenía una raja de extremo a extremo. ¡Hijuepucha, ya qué! La pegaron con prolijo cuidado, ni me di cuenta en el momento, ¡ah! Listo los expedicionarios, a la romería, entiéndase mi primo y yo, campeados hacia el cementerio de Amagá.

Antes pasé por el despacho parroquial. Oficina con recepción amplia; llega uno en vista frontal y puede ver colgados en la pared de la entrada dos retratos cándidos y conspicuos de los jerarcas de la ampulosa Iglesia católica. Recordé: Tomás Cipriano Mosquera, presidente de Colombia, dos veces, retiró de sablazo el apoyo del Estado a la Iglesia católica, la amortización. Paguen, paguen, paguen impuestos. Sellado el convenio en la constitución de Rionegro de 1863.

Saludé a la secretaria y la puse al tanto de mi objetivo: pegar la lápida de mi tía. Mi novel y amabilísima intención es entender el método para instalar la lápida en la bóveda 28. La secretaria llama al sepulturero con gesto burocrático. Toma el teléfono de grencha experiencia en la tarea, informa y concreta mi llegada al pabellón Santa Marta, donde está la bóveda. Al instante hurga un cajón, saca un talonario. ¡Humm, me van a vacunar! Pensé, entre divagaciones, modifico mis gestos a una grave cara de dolor de estómago. “¡Son 45 mil pesitos!

—¡Cómo! —¿Por qué tan caro? —dije asombrado. «Son tarifas proferidas por la curia», habrase visto, un feligrés de Racamandaca como yo, robusto blasfema, miraba la hoja de estipendios anonadado. ¡Cobran una miada! Pensé. En el cementerio, saludamos a unos obreros, que empañetaban y pintaban la techumbre del pabellón en la entrada. Nos recibe el sepulturero, la mezcla lista, argamasa revuelta para pegar mi lápida. Regordete, de manos sarmentosas, azorado por la jornada, le entregué el recibo; me miró desconcertado, aturdido por el papelito timbrado, sellado y firmado desde el buró parroquial.  El sepulturero ripostó: —¿Y esto? —Pues, el recibo para pegar la lápida. “Mijo, esta es la primera vez que me traen una factura para posicionar una lápida”. ¡No jodas! Me vieron la cara.

Al culminar la declaración, enmudecí colérico; había sido timado por la madre de los timadores; además de sentirme agraviado, alebresta mi vergüenza la mirada escrutadora del sepulturero. Como quien dice: ¡Este es mucho huevón! Encargué encarecidamente la fina postura de la lápida, salí refunfuñando, postrero en la bajada de la Orca, barrio de Amagá, nombre propicio para un patíbulo, anterior al cementerio; dejé rezagado a mi primo. En par patadas, de nuevo, hacia el despacho parroquial. Arribé por las escalinatas y me despaché en fuegos artificiales, eso sí, ninguna imprecación o palabra calamitosa que ofendiera a la susodicha corporación.

La discusión arrimó por puntos incómodos, adolecidos de argumentos, fatuos requerimientos, irrelevantes y sumidos en lenguaje de atención al cliente. Hable con el patrón, ¿dónde está el párroco?, dije. “Los sacerdotes están en retiro espiritual”. ¡Ah, no jodas! Aposté por la intercepción de Francisco, el papa futbolero, el porteño. Nada. No escucha, no responde. La cosa es que nadie, excepto yo, paga en el despacho por el pegado de una lápida. La gente se dirige al campo santo, hace la negociación de honorarios con el sepulturero y listo. Para añadir solemnidad, escribí una carta un tanto apresurada, catártica, sobre el manejo nefasto de la administración del cementerio. A continuación indico mi justo reembolso por la cofradía desenmascarada. Hasta hoy espero la respuesta del párroco.

Párroco, corresponda a la epístola; recuerde que la Iglesia católica es ecuménica. No vaya entonces a descalabrar mi fe en usted.

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