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“A veces no creemos todo lo que hemos logrado gracias a la tierra”

Eran las 8:30 de la mañana cuando don Rodolfo Tobón nos recogió en el parque principal de Jericó. Después de tomar tinto en la panadería donde trabaja su hijo Kevin comenzamos un recorrido que fue, más que un viaje, un testimonio vivo de amor por la montañas, los ríos y la vida.

Don Rodolfo nació en Támesis y tiene 44 años. Sus abuelos vivieron en la vereda La Soledad del municipio de Jericó y su infancia transcurrió en Fredonia. “Cuando tenía diez años vivíamos en la vereda El Calvario, y con mis hermanos nos íbamos en bicicleta hasta El Zancudo, pasábamos por La María y llegábamos a Puente Iglesias”, recuerda.

La vida no fue fácil. Un accidente de su padre obligó a la familia a regresar a vivir con los abuelos. Con el tiempo, junto a su esposa, doña Marleny Tamayo, emprendió la tarea de mejorar la vivienda de sus padres. “Yo quería agradecerle la vida a mis padres. Ellos siempre nos dieron todo”, cuenta.

Hoy, don Rodolfo y doña Marleny tienen tres hijos: Elisabeth, Kevin y María Lisbeth. Quienes son su inspiración para seguir adelante. 

La casa de don Rodolfo está en un paraíso natural, cerca del escarpe de Jericó, rodeada de cafetales, flores, maíz y una vista a Cerro Tusa, Cerro Bravo, Cerro Sillón y Piedra Pelona. 

Compré un lote con lo que ahorré cuando trabajé con la empresa minera. Era en Vallecitos, pero yo veía mi casa en La Soledad”, relata. Cuando se quedó sin trabajo, le pidió un jornal a don José Luis Bermúdez (otro de los 11) y así empezó su lucha y amistad. Al encontrar el terreno en La Soledad, le propuso a su otro amigo Guillermo comprárselo, vendió el otro lote y abonó allí.

La casa fue levantada con el apoyo de la comunidad. “Todo se hizo en convites. En uno se hizo el banqueo, en otro levantamos la casa entre más de 15 personas, sólo con martillo y serrucho. En la misma casa se cocinaba para todos, las sancochadas eran impresionantes”.

Gracias a un crédito gestionado por la Cooperativa de Café, compraron la madera necesaria. “Con mi cuñado hicimos las bases y el techo se puso en otro convite. Prácticamente en dos días la casa estaba lista”, nos cuenta. 

Después vino una propuesta inesperada, comprar toda la finca y aunque él y su esposa estaban asustados se encomendaron a Dios y la compraron. 

Para don Rodolfo y su esposa, sembrar no es una opción, es una forma de vida.  Sin embargo, hay algo que los preocupa, nos dice que es normal que llegue gente que compra lotes y siembra árboles frutales sólo para adornar la casa, pero no siembra comida. Se olvidan de las hortalizas, del plátano. 

En su finca cultiva plátano, banano, guineo, café, maíz, frijol y yuca. “Aquí tenemos comida para la familia y vendemos. Si todos hacemos lo mismo, no habrá escasez. ¿De qué sirve tener dinero si no hay qué comprar?”.

Doña Marleny lo complementa: “teniendo tierra, da pena ir a pedir un plátano. Es mejor sembrar”.

Además, crían gallinas, pollos, y tienen una vaca que ha resultado ser una ganancia. “Antes me gastaba $60.000 semanales en queso y leche. Ahora tenemos leche, hacemos quesitos, yogur, mantequilla… y hasta pensamos vender una ternera. Aquí lo tenemos todo, por eso el mercado es tan barato”.

Don Rodolfo dice que aunque trabajó en la empresa minera, esa experiencia le abrió los ojos: “allí entendí que el agua y la tierra son sagradas, recuerda el momento en que perforaron un acuífero y vi el agua contaminada correr hacia la quebrada. Llamé a mi jefe alarmado. El agua era gris, babosa, con químicos como poliplus. No podía quedarme callado. Pensé: ¿cómo vamos a matarnos nosotros mismos? Esa agua la tomamos nosotros y las comunidades aguas abajo”.

Don Rodolfo es uno de los 11 campesinos judicializados que se opone a la minería en Jericó. “Nunca habíamos pisado un juzgado. Nuestra cédula estaba limpia. Fue muy duro estar frente a un juez, escuchar que nos iban a aplicar medidas por cosas que nunca hicimos”, dice, aún conmovido.

El apoyo de la comunidad y de la Iglesia fue clave. Recuerda con gratitud a Monseñor Noel: “en la primera audiencia nos invitó a almorzar. En la segunda, nos ofreció una eucaristía en El Santuario. La iglesia estaba llena. Y aunque dicen que los hombres no lloran… ese día lloré. Me sentí acompañado, comprendido, sentí que no estábamos solos y que la lucha era de todos”.

Hoy, don Rodolfo asegura que sigue luchando, no por él, sino por toda la vereda. “Esto no lo he hecho solo. Aquí todos nos hemos movilizado. Y aunque digan que la minería es desarrollo, yo digo: minería sí, pero no aquí, nuestra vocación y vida es el agro”.

Como antiguo fontanero del acueducto de La Soledad, sabe lo que significa que falte el agua.A las 3 de la mañana me llamaban las señoras diciendo que no había agua para despachar a sus esposos. El agua es necesaria para todo, hasta para hacer un arroz”.

Junto a doña Marleny y María Lisbeth, su hija menor, recorrimos la finca. Don Rodolfo señala los cultivos, la quebrada El Arcoíris, el escarpe, y el paisaje infinito del Suroeste. “A veces no creemos todo lo que hemos logrado gracias a la tierra”, y dice que la tierra nunca se queda con nada, todo lo devuelve y gracias a ella la vida es posible. 

Aquí no cabe la minería y tampoco caben las mentiras de AngloGold Ashanti”. 

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