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Por Jaime Humberto Herrera Suárez
Colaborador municipio de Támesis

En 1925, en Londres, el ingeniero escocés John Logie Baird logró transmitir la primera imagen televisiva de baja definición en escala de grises. Aquella invención mecánica poco se parecía al televisor que hoy imaginamos, pero abrió una ventana inédita hacia el futuro.

Años después, en 1954, la televisión llegó oficialmente a Colombia gracias al presidente Gustavo Rojas Pinilla. La primera transmisión mostró al país entero el himno nacional interpretado por la Orquesta Sinfónica de Colombia. Era el inicio de una nueva era cultural. Los primeros aparatos costaban 320 pesos, cuando el salario mínimo apenas alcanzaba 135 pesos. El Banco Popular financió la importación de 1200 unidades y así comenzó la lenta democratización de este invento.

Nací en 1957, y solo hasta 1969, a mis once años, vi llegar el primer televisor a nuestro barrio popular en Bogotá. Aunque en el mundo ya se experimentaba con la televisión a color, en Colombia seguíamos viendo imágenes en blanco y negro.

El aparato que nos deslumbró era un SHARP de veinte pulgadas, empotrado en un cajón de madera elegante, con patas firmes y una antena que coronaba el tejado. El cambio de canales se hacía mediante una perilla ubicada en la parte superior de un tablero rectangular, dispuesto a la derecha de la pantalla convexa.

El dueño del milagro fue el señor Gómez, propietario del taller de bicicletas. Sus hijos, visionarios, convirtieron la sala en un improvisado teatro: instalaron tablones como bancas y cobraban cincuenta centavos por programa, el equivalente a un huevo. Yo, fascinado por la “Caja tonta”, gastaba mis monedas -destinadas a las onces del colegio-para la entrada al espectáculo.

Mis programas favoritos eran Batman y Robin. Recuerdo los globos de diálogo que aparecían en pantalla con cada golpe: ¡Pum!, ¡Pac!, ¡Tas! Y aquel Batman de carne y hueso, con un abdomen más parecido a una llanta de bicicleta que a una barra de chocolate, me arrancaba sonrisas.

La televisión se convirtió en un rito comunitario. Vecinos, niños y adultos nos reuníamos en el teatro de los Gómez, compartiendo risas y silencios reverentes. Cuando mi deuda por entradas se acumuló y debieron suspenderme el ingreso, opté por ver los programas desde la ventana por fuera del salón, escondido tras el fuelle de la cortina abierta. Cuando se enteraron de mi acción, me cerraron la cortina en la cara. Fue mi primer aprendizaje sobre crédito y administración, lección que años después reconocería en la universidad.

Finalmente, otros hogares amigos del barrio adquirieron televisores, y yo pude seguir alimentando mi fascinación sin restricciones. Me convertí en ese visitante mudo que solo pestañeaba cuando le ofrecían un banano, un vaso de leche o un plato de sopa.

Hoy, al recordar aquel primer televisor, comprendo que no era solo un aparato: era una ventana al mundo, un teatro compartido, un espejo de nuestra curiosidad y nuestra capacidad de asombro. La “Caja tonta” nos enseñó que la modernidad podía entrar por la puerta de una sala humilde y transformar, con imágenes en blanco y negro, la manera en que nos reuníamos, soñábamos y nos reconocíamos como comunidad.

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