En busca de una respuesta: ¿La Verdad tiene dueño?
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Por Rubén Darío González ZapataColaborador Oriundo de Ciudad Bolívar Corregimiento Alfonso López (San Gregorio)
Desde hace algún tiempo -para mí ya insoportablemente largo- los episodios de desvelo, como las oscuras golondrinas de Gustavo Adolfo Bécquer, han vuelto en mis noches sus nidos a formar. La responsabilidad la tienen el rosario de preguntas que, como aves peregrinas, desfilan insistentemente por el cielo de mi mente inquisitiva, sin que, al contrario de aquellas del poeta, puedan encontrar el balcón para poder allí sus respuestas instalar.
Incapaz de aguantar por más tiempo mis intolerables sentimientos, busqué con afán a un ser con quien compartir mis incertidumbres que, igual que yo, tuviera la certeza de que, como lo dijo Sócrates hace ya más de 2000 años, el punto de partida ideal para encontrar el camino honesto en la búsqueda de la verdad pasa por aceptar que lo único que sabemos es que no sabemos nada. Una posición de humildad que nos libera de las cadenas de los dogmatismos y de los prejuicios que ciegan nuestra mente a la hora de buscar las respuestas a las preguntas existenciales que la vida nos pone a cada momento.
Sócrates. ¡Claro! Había olvidado que tengo a mi amigo Sócrates, el buey que, en compañía de su inseparable amiga la mula Linda, ha sido mi refugio en los tormentosos momentos -como los de hoy- por los que suele atravesar mi espíritu; días de incertidumbre durante los cuales me cuesta tanto trabajo encontrar la razón de ser a la existencia racional de este espécimen llamado homo sapiens que camina por el mundo hace milenios.
El que mis amigos Sócrates y Linda no sean humanos, por raro que parezca, es una ventaja a la hora de reflexionar con ellos sobre los temas fundamentales de la vida. En primer lugar, porque no llevan sobre sí el fardo insoportable del odio y el afán de autodestrucción, esa inmensa roca que, como en el mito de Sísifo, parece estar condenada a empujar eternamente montaña arriba la especie humana. En segundo lugar, porque no están contaminados por las cargas tóxicas que medios de comunicación y redes sociales infectadas del Sistema suelen inocular en nuestras mentes y, en tercer lugar, porque su condición de seres del reino natural los hace poseedores de la sabiduría que encierra en sí mismo el universo: la sabiduría prístina de la que emana todo conocimiento o, como diría Spinoza, la personificación misma de Dios.
Algo que el filósofo Sócrates, hace más de dos milenios, entendió perfectamente cuando aseguraba que los humanos -y estoy seguro de que, en el fondo, él hablaba de la naturaleza misma- llevamos en la conciencia las respuestas esenciales de la vida, solo que no sabemos cómo encontrarlas, expresarlas y asumirlas en la vida diaria.
Dentro de esta perspectiva, la función del maestro (¡y vaya si Sócrates lo fue!) consiste, según él, en ayudar a sus discípulos a darlas a luz, tal como lo hace una partera (esa especie de Tulia Agudelo de todos los tiempos) con los bebés que la mujer embarazada lleva en su vientre. Sócrates llamó mayéutica a este extraordinario arte. Todo para decir que mi amigo el buey, quien lleva igualmente el significativo nombre de ese antecesor, es quien puede ejercer ese oficio ahora frente a las preguntas que me atormentan.
El encuentro con mis dos amigos en esta ocasión tiene lugar, a través de la magia de la imaginación, durante un domingo de un año indefinido al pie del árbol que se yergue en la plaza de San Gregorio, al lado del quiosco, en donde ambos esperan, pacientemente atados a sus ramas, a que sus primos humanos decidan que es hora de regresar a casa.
Sin preámbulos extensos (ambos saben que el momento no está para dedicarle una mirada a las estrellas) Sócrates, como siempre, echado sobre el escaso espacio de pasto que rodea aquel árbol mientras rumia sus alimentos y pensamientos, dirige hacia mí sus grandes ojos. Sabe que algo profundamente inquietante atormenta mi interior.
–Adelante con lo que tengás que decir, hombe Rudaro-, fueron sus palabras.
Luego de una pequeña reflexión lo dije:
¿Por qué siento que estoy viviendo en una especie de extraño inframundo en el que, hasta hace poco, los que eran valores universalmente aceptados que hacían viable la sana convivencia como seres humanos son hoy una especie de marca que nos convierte en enemigos los unos de los otros? ¿Por qué valores como la Verdad se han convertido en una especie de producto comercial cuyo significado depende de quien tenga el poder y por qué hemos de aceptar sumisamente una realidad como esa?
La pregunta me salió de una, como cuando alguien logra expulsar de la garganta un hueso que lo está dejando sin respiración. Sócrates permanecía en silencio.
-¿Qué pasará? Talvez no entendió la pregunta-, pensé para mis adentros.
Sin embargo, luego de unos eternos segundos, que me parecieron semanas, se limitó a decir:
-¿Por qué pensás, hombe Rudaro, que yo soy el indicado para responder a estas preguntas?-
Sus palabras me desconcertaron y mi amigo lo notó en seguida.
-¿Vos sabés lo que es la conciencia?-, me preguntó a continuación.
-Pues… sí-, lo dije en tono vacilante.
-¡Explicalo pa’ vos mismo y en este mismo momento!-
Esta confrontación me obligó a hacer un esfuerzo de reflexión personal:
-Es la capacidad que todos los humanos llevamos interiormente de reconocer qué cosas son correctas y cuáles no lo son- respondí, esta vez con una seguridad que alivió mi estado de duda.
-Y por qué la naturaleza o, si preferís decirlo de otra forma, Dios mismo, pondría en el ámbito interior de cada humano esa herramienta de autoconocimiento- dijo a la vez mi amigo en tono de pregunta.
¡Ahora lo había comprendido! Mi amigo Sócrates, fiel al estilo de su tátara tátara ancestro, me había llevado a dar a luz la respuesta que yo mismo, sin ser consciente de ello, llevaba en mi interior. Ahora comprendía que en nuestra condición de humanos tenemos todos una voz interior que nos dice cuándo estamos actuando bien o cuándo estamos haciendo mal las cosas.
-¿Por qué entonces terminan los humanos dejándose arrastrar hacia comportamientos de odio e intolerancia, pese a que con ello terminamos destruyendo la bancada de la carretera que nos debería llevar al estado de la sana convivencia, la que, a su vez, nos permitiría trabajar sistemáticamente para dejarle un mundo mejor a las futuras generaciones?- dije finalmente.
–La respuesta a esa pregunta la tiene cada humano en su propio corazón-, respondió, sin más, mi amigo Sócrates.
Con abrazo afectuoso me despedí de mis dos entrañables amigos para regresar al mundo de la realidad con la certeza de que había avanzado talvez un milímetro en el camino del autoconocimiento, como hace más de 2000 años lo aconsejaba el filósofo Sócrates.