Es sábado en Ciudad Bolívar. En el parque principal hay movimiento de personas que van y vienen. Es día de pago para los recolectores de la cosecha cafetera y la actividad comercial reúne a numerosos habitantes del municipio y trabajadores que llegan de las zonas rurales. En medio de ese movimiento está Luis Enrique Franco, sentado con su cámara fotográfica, observando el paso de la gente y esperando algún cliente.
Tiene cerca de 45 años de experiencia como fotógrafo y asegura que en Ciudad Bolívar lo conocen bastante. Durante años ha retratado niños, familias y asistentes a diferentes celebraciones. Ahora, aunque sigue ocupando su lugar en el parque los fines de semana, reconoce que el trabajo ya no es el mismo: “este tiempo está mal, usted sabe que para la fotografía ya la cosa está muy mala. Por ahí, de pronto, uno que otro”, responde cuando le preguntamos cuántas personas se acercan a tomarse una fotografía durante una jornada.

Luis Enrique es oriundo de Ciudad Bolívar, pero sus primeros pasos en la fotografía ocurrieron lejos de su municipio, en Sevilla, Valle del Cauca, adonde había viajado para trabajar en la cosecha cafetera: “yo me fui por allá a buscar café, a la cosecha de café”, recuerda. Allí conoció a un fotógrafo que lo acercó al oficio y consiguió su primera cámara, una pequeña Olympus con la que comenzó a trabajar por cuenta propia: “yo empecé a trabajar con una camarita chiquita. Esa era la cámara mía cuando trabajé en Sevilla, Valle”.
No tenía contratos. Acudía a confirmaciones, primeras comuniones y celebraciones como el Día de los Brujitos, buscando personas interesadas en comprar una fotografía. Poco a poco fue aprendiendo y continuó trabajando en ese oficio.
Con el tiempo regresó a Ciudad Bolívar, donde lleva aproximadamente 30 años viviendo de manera continua. Desde entonces, la fotografía ha sido una de sus principales actividades económicas, aunque también se dedicó al comercio y tuvo negocios que ya no conserva.
Cuando había que viajar a Medellín para revelar un rollo
Luis Enrique comenzó en una época en la que tomar una fotografía era apenas una parte del trabajo. Después había que revelar el rollo, imprimir las imágenes y entregarlas a los clientes. En su caso, el proceso implicaba desplazarse hasta Medellín, donde estaban los laboratorios que utilizaba: “yo mandaba el rollo. A veces yo iba, yo las llevaba por la mañana y por la tarde me las entregaban”.
Luego regresaba con las imágenes para distribuirlas entre quienes habían posado frente a su cámara. Según recuerda, todas las fotografías llegaron a las manos de sus propietarios. Con los años cambió de equipo y pasó de la fotografía análoga a la digital. La cámara que utiliza actualmente tiene alrededor de diez años y, entre ambos sistemas, prefiere el digital “Porque es como que es más fácil para trabajarla”.

La tecnología que facilitó parte de su trabajo también transformó el mercado de la fotografía ambulante: “pues el que tenga fotoestudio, pues es un arte bueno. Pero para el ambulante, muy mala, porque la fuerza de esta cámara era cuando no había celulares. Ya después de que vinieron estos celulares, se fueron a la tierra”.
Su explicación refleja uno de los principales cambios que ha enfrentado el oficio: las cámaras de los teléfonos móviles permiten obtener imágenes sin necesidad de contratar a un fotógrafo, especialmente en espacios públicos y celebraciones familiares.
Millones de fotografías y un oficio que continúa
Luis Enrique no lleva la cuenta de cuántas fotografías ha tomado en sus 45 años de trayectoria. Cuando le preguntamos por una cifra aproximada, responde: “No, pues que millones”.
Ha fotografiado personas, animales y eventos institucionales, incluidos algunos en los que han participado alcaldes del municipio. No recuerda un personaje particular como el más importante frente a su lente, pero sí menciona las celebraciones del Día de los Brujitos entre las ocasiones que más disfruta fotografiar: “cuando vienen los brujitos, como yo tengo un paisaje, a veces quedan muy bonitas así”.
Su rutina actual es distinta a la de otros años. Durante la semana permanece principalmente en casa y, ocasionalmente, atiende algún evento para el que lo contratan. Los viernes, sábados y domingos suele encontrarse en el parque principal. La disminución de clientes no ha significado el abandono completo de la actividad. Aunque ya no tiene la misma demanda, continúa ofreciendo fotografías a quienes se interesan por sus servicios.

Luis Enrique tiene cuatro hijos. Ninguno se dedicó a la fotografía. Él, en cambio, ha permanecido vinculado al oficio durante buena parte de su vida y reconoce su importancia en la economía familiar: “yo vivo muy agradecido con este arte porque este arte me dio la casa y me dio la comida”.
La conversación termina y el movimiento del sábado continúa en el parque de Ciudad Bolívar. Es temporada de cosecha cafetera y por el centro del municipio siguen pasando recolectores, comerciantes y familias.
Luis Enrique permanece allí, con su cámara de diez años y una trayectoria de más de cuatro décadas. En un lugar donde circulan cientos de teléfonos capaces de tomar fotografías, él sigue esperando a quienes todavía prefieren pagar por un retrato.



