“Hola, bienvenidos a Urantia”, nos dice Dálida Morales apenas abre la puerta: “este es un lugar mágico, es un proyecto familiar de agricultura agroecológica donde tenemos plántulas, café, hortalizas, miel y todo esto es producido en la misma finca, pero bajo técnicas sostenibles con el ambiente”.
Dálida es campesina y emprendedora rural. Junto a su compañero Víctor Ramírez, ha construido alrededor de la tierra un proyecto de vida inspirador. Se conocen desde el colegio, estudiaron en el Sena y desde 2018 comenzaron a darle forma a Urantia, una apuesta con la que han buscado demostrar que sí es posible producir alimentos de alta calidad cuidando la tierra.

Empezamos a caminar entre los cercos y Víctor nos hace una pregunta inesperada: “¿ustedes han comido flores?”. Perdimos la cuenta de cuántas probamos. Dulces, cítricas, intensas, picantes. Entre conversaciones y risas llegaron los tomates, variedades de albahaca, habichuelas, anís y otras aromáticas… es el sabor de la generosidad, del conocimiento compartido y del amor por aquello que han aprendido a cultivar y cuidar. Son más de 70 variedades de cultivos las que crecen en este laboratorio, escuela, hogar y emprendimiento llamado Urantia, ubicado en la vereda La Castalia, en Jericó.
“En el campo, no basta con saber sembrar”. Víctor alterna reflexiones con pausas en el recorrido para explicarnos las particularidades de cada flor, hoja o fruto que nos da a probar: “muchas veces en el campo uno puede ser muy productivo, hay muchas técnicas, pero a veces cuando estamos como emprendedores necesitamos muchas actividades alternas: cómo manejar las redes sociales, cómo llevar las finanzas del negocio, cómo llegar a personas diferentes, manejo de clientes… Todas esas herramientas le permiten a uno avanzar y mejorar cada día”.
Esa conciencia ha sido parte del crecimiento de Urantia. Víctor y Dálida han aprendido que un proyecto campesino necesita contar su historia, abrir canales, construir confianza y crear relación con quienes consumen sus productos. Por eso, cuando Dálida habla de los alimentos que producen, no habla sólo de venta; habla de vínculo: “es muy importante saber de dónde vienen los alimentos que consumimos, que las hortalizas tengan un apellido. Si alguien consume nuestros productos, sabe quién los está produciendo. Muchas veces compramos sin saber de dónde vienen los alimentos, quién los sembró o cómo fueron cultivados. Por eso es muy importante apoyar a los campesinos locales. Si comenzamos a consumir lo que produce nuestra misma región, fortalecemos la producción de alimentos en el territorio y evitamos traerlos de otros lugares”.
En tiempos en los que buena parte de los alimentos llegan a la mesa sin rostro, sin origen claro y sin historia, Urantia nos propone volver a mirar el alimento desde su procedencia. Preguntarnos quién lo sembró, cómo fue cultivado, qué prácticas hubo detrás y qué causa estamos apoyando.

Uno de esos vínculos nació a través de Suroeste Compra Suroeste, una estrategia de Concesión La Pintada que acompaña emprendimientos y productores de distintos municipios de la región. Para Dálida y Víctor, participar en esos espacios no sólo ha significado vender o mostrar sus productos: “uno de los mayores aprendizajes es haber desarrollado esa habilidad de hablarle al público, de enseñar nuestras hortalizas y explicar cómo se pueden consumir”. Muchas veces, explican, un producto nuevo o poco común necesita una conversación. Alguien pregunta cómo preparar el kale, qué hacer con un mezclón de hojas, cómo incorporar una hortaliza a la alimentación diaria. Entonces Dálida y Víctor son mediadores de conocimiento.

Entre ferias, encuentros y conversaciones con otros emprendedores, también han padecido las tensiones de la economía campesina. Víctor recuerda, por ejemplo, una conversación sobre un estudio realizado en Tarso, según el cual el abastecimiento de alimentos podía representar miles de millones de pesos que, en buena parte, terminan en manos de intermediarios. La cifra exacta puede variar, pero lo importante para él es la pregunta que deja abierta: ¿por qué ese dinero no llega de manera más directa al campesinado?
Urantia ha recibido reconocimientos por su liderazgo, emprendimiento rural, economía verde y sostenibilidad, de entidades como Interactuar, la Gobernación de Antioquia y la Fundación Aurelio Llano Posada: “cuando uno es emprendedor tiene muchas ideas, muchos sueños, pero también es una realidad que falta la parte económica. Cada premio ha sido acompañado de un beneficio económico en especie que nos ha ayudado mucho”. Uno de los reconocimientos les permitió acceder a una planta solar y un congelador para conservar productos cuando hay excedentes de cosecha.

Víctor y Dálida sueñan con ampliar el área cultivada y con crear un espacio educativo. “El espacio que cultivamos sé que se va a duplicar, y nos imaginamos tener un espacio educativo con las condiciones adecuadas para poder transmitir esos saberes sobre agroecología a jóvenes del territorio”. Víctor comparte ese sueño. Para él, producir alimentos es importante, pero enseñar a producirlos puede ser aún más transformador: “me imagino un aula, enseñar cómo se pueden producir alimentos muy nutritivos con técnicas sencillas”. La apuesta, dice, no debería entenderse como una moda ni como una elección secundaria: “no es una opción decidir si es agroecológico o convencional, sino una necesidad. Al replicar esos conocimientos podemos llegar a más familias”.
En Urantia los esperan Dálida y Víctor, dos jóvenes campesinos que decidieron hacer de la tierra su proyecto de vida y abrir las puertas para compartir, entre flores comestibles, hortalizas y conversaciones sobre el campo, una manera distinta de cultivar, cuidar y habitar el territorio.




