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Por Nicolás Antonio Vásquez López
Cronista

Ida y vuelta por la carretera Titiribí-Amagá, en La Albania, una vía que parece desfallecer con la apertura del Túnel de Amagá. Carretera abajo, orondo por la zigzagueante vía, me percato desde la bicicleta en el suelo despanzurrada de una zarigüeya; demarca sobre el asfalto el croquis del aplastamiento. Su cuerpo parecía de caucho, el pelambre macilento, la cola gomosa, los ojos blanquecinos. El cuerpo lleva bajo el inclemente sol varias horas. He visto dos zarigüeyas aplastadas en mis travesías por la cuenca de La Sinifaná. Parece una cuota mortal sin interés para la gente, ¿será el remoquete de chucha su pecado?, ¿será su mecanismo de defensa pantomima de la muerte?, ¿será el aspecto almizclero, erizado y sucio su condena? Las criaturas desorientadas por el chorro de luz expedida desde las farolas de la carretera quedan encandiladas a merced de embestidas; una, dos, tres, cuatro… Son decenas las que mueren todos los días en un paso obligado de extremo a extremo, porque la carretera se atravesó por su hábitat. Hambrientas, atolondradas con tanto foquito, con tanto sinvergüenza al volante.

Los avisos en rombo amarillo reflectivos a lo largo de la carretera son apenas una medida irrisoria frente a la muerte del marsupial; asimismo, otras especies de fauna silvestre son atropelladas en vías desiertas cuyo asfalto es patíbulo zoológico y a la vez pista de velocidad. Los alargados buses rojos de Tratam, el transporte público hacia Titiribí, pasan azorados como una saeta prendida de fuego, dejando la estela de afán. Exhorto a las autoridades ambientales a la implementación de alternativas como son los pasos para la fauna silvestre, puentes colgantes apuntalados en los árboles. La zarigüeya es nocturna, siendo así probable que la mayoría de las muertes sean ocultas por la oscuridad. La imagen dantesca de una mamá zarigüeya huyendo de un humano ignorante que la coge a rejo, escobazos, peinilla o bala, dejando esparcidas las crías por el camino. Ahí tienen la imagen por epítome de la desolación.

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