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Una experiencia al leer, pensar y crecer desde el Club Mujeres Lectoras


Por Cristian Alejandro Agudelo Sánchez
Filósofo y Bibliotecario Municipal

 

«Abuela, ¿cómo se afronta el dolor?»

– «Con las manos, cariño. Si lo haces con la mente en lugar de aliviar el dolor, este se endurece aún más».

– «¿Con las manos abuela?»

– «Sí. Nuestras manos son las antenas de nuestra alma. Si las mueves tejiendo, cocinando, pintando, jugando o hundiéndolas en la tierra, envías señales de cuidado a la parte más profunda de ti. Y tu alma se ilumina porque le estás prestando atención. Entonces las señales del dolor ya no serán necesarias».

– «¿Las manos son realmente tan importantes?»

– «Sí, hija mía. Piensa en los bebés: comienzan a conocer el mundo gracias al toque de sus pequeñas manos. Si miras las manos de los viejos, te cuentan más sobre su vida que cualquier otra parte del cuerpo. Todo lo que se hace a mano se dice que está hecho con el corazón. Porque es realmente así: las manos y el corazón están conectados.

Los masajistas lo saben bien: cuando tocan el cuerpo de otra persona con sus manos crean una conexión profunda.

Es precisamente a partir de esta conexión que llega la curación.

Piense en los amantes: cuando se tocan las manos, hacen el amor de una manera más sublime».

– «Mis manos abuela … ¡cuánto tiempo no las he usado así!».

– «Muévelas, mi amor, comienza a crear con ellas y todo dentro de ti se moverá. El dolor no pasará. Y en cambio lo que hagas con ellas se convertirá en la obra maestra más hermosa. Y ya no dolerá más. Porque habrás sido capaz de transformar su esencia».

Elena Bernabé

Nos sentamos alrededor de un texto[1], entendiendo este último como un tejido que contiene otros tejidos, la palabra representa una carga simbólica fuerte, ante ella el encuentro inicial es inocente, resulta una forma singular de expresión en ciertas tonalidades, hay silencios y murmullos que evocan el sonido de la lluvia, la reminiscencia es una poética en el agua, que afirma la tierra como primera madre; nos trae a la memoria el arquetipo de la abuela que teje, y al hacerlo, se abre la posibilidad de otros tejidos, la palabra que teje se despoja de presupuestos académicos, de las cargas del tiempo.

Al retomar como epígrafe para estas líneas el anterior poema, la nieta interpela a la abuela, lanza con vehemencia una pregunta -Abuela, ¿cómo se sana el dolor? En una voz consoladora, ella, responde con la mirada, antes de que el sonido de las palabras toque primeramente el alma, y luego los oídos; con las manos mi niña, afirma. Las manos abrazan y crean, las manos generan a través de una caricia, el gesto de nombrar las cosas sin emitir sonido. La expresión de bondad en el rostro, la piel de la abuela, sus marcas y cicatrices cargan las edades del mundo, le configuran el desplazamiento de la mente, en una devoción al cuerpo, en acoger el ser desde la gracia misma. Es a través de la conexión cuando se adviene la sanación, la medicina de la abuela, es música y canto, verso y prosa. Cada lugar que nos ha habitado, cada persona que ha llegado, cada ser que ha partido nos recuerda la estricta regla de belleza que contiene la experiencia terrenal, y es justamente, lo que la hace bella en esencia, esa imposibilidad de apelar ante su finitud. Lo sugerente resulta, en ese diálogo corto, la abuela, contiene la medicina ancestral mitiga los dolores que afligen la entidad corpórea y de aquellos antiquísimos del espíritu, que bloquean la transformación.

Cada relato, narrativa o modo verbal genera unas latitudes y longitudes mediciones geográficas en el texto donde se ubica el (YO) para nombrar las realidades o distorsionarlas, para subvertir esos elementos que conjugan más que el uso o el abuso de los tropos literarios, el amplificar la lectura a otras orillas semánticas. Esta interacción intersubjetiva, descansa en el fundamento universal que contiene la literatura como forma de arte, así como lo registra la teoría de Estética y hermenéutica Han George Gadamer (2006), las formas de la poesía y narrativas modernas acogen elementos de la cotidianidad y la historia para revelar el poetizar como una forma de nombrar el lenguaje tanto desde la visión prosaica, académica o técnica sin restar la validez de lo que se enuncia:

Pues el material léxico de un poema lírico moderno puede ser verdaderamente ‘prosaico’, incluso fragmentos de un reportaje, y a veces, de una univocidad simplemente brutal. Y sin embargo, al final ‘se yergue’ una conformación lingüística en sí misma, inimitable, en acuerdo consigo misma, inagotable para la compresión y, pese a toda su polivalencia, planteando una tarea unívoca (P. 99).

Esa reflexión toca el corazón de lo que hace a la lírica moderna tan fascinante y, a la vez, tan desafiante. Es esa capacidad alquímica de tomar el lenguaje de la calle, el dato frío de una noticia o la palabra más árida, para devolvernos algo que vibra con una energía totalmente distinta. Sin embargo, para sostener una correlación sensible con la lectura de la realidad, exige para los tiempos actuales, una mayor respuesta en la cual ubiquemos el sentido y la profundidad de leer, escribir y hablar, quizás como acciones de resistencia social, confrontados a cultivar esta vocación de la mediación de la lectura, en medio de los espacios ruidosos, del exceso de contenidos digitales, de la masificación comercial y el consumo, aparte, muchas veces de la instrumentalización de los espacios y la disposición del territorio sin ahondar en el cuidado ambiental, en la defensa de la historia y la preservación del patrimonio derivado del urbanismo aglomerante que padecen los municipios, pueblos y localidades en Antioquia y Colombia, sin anotar algo que siempre hemos cargado a cuestas como el lastre de la desigualdad, y con ello, la densa sombra de la violencia, barbarie que continúa arrebatando vidas valiosas en el país.

Hacer tejido vivo con la palabra supone una acción noble ante los fenómenos sociales mencionados, ante las patologías que afligen el cuerpo y el alma, que restan la potencia de vivir derivado en esa mercantilización a la que humanidad de forma paradójica ha sumido la vida. La palabra como forma de sanación nos permite adentrarnos ante lo indecible, la abuela en el poema de Elena Bernabé configura la conexión de la palabra hilada, del tejido que es ritual, para ser entregada de forma ancestral como un legado[2].

Es por ello, que la literatura, consolida esa polifonía de voces, el poema juega y recrea los roles de la transformación de lo femenino experiencia corpórea, reminiscencias a la edad temprana de la niñez y que amplifican el ciclo, la niña que se convirtió en mujer, la mujer que advirtió la maternidad, y que ahora es abuela, concentrando el tejido en la disposición sanadora de las manos.

Mujeres lectoras, es la concentración de espíritus, que braman en el centro inconmensurable del universo femenino, una comprensión del mundo aunado a la experiencia de voces que provee la palabra, un encuentro destinado a darse, por las acciones de las Nornas, aquellas hermanas de la mitología nórdica que tejen, entrelazan y cortan los hilos de la vida de cada sujeto, un encuentro causal, un bálsamo que alivia el ser en medio del caos cotidiano. El inicio de este Club de Lectura, se adviene con la presencia afable de la docente Nancy Adriana Trujillo[3], al trasponer el umbral de la Biblioteca Pública Municipal Emiro Kastos, gestando una conversación con su bibliotecario, en cuya inquietud inicial radicaba, sobre el préstamo del espacio físico para la realización de una idea que alojaba en el silencio de su ser, y que en su trayectoria laboral, personal, profesional albergaba con noble actitud, el consolidar un grupo de lectura para mujeres.

Alrededor de la conversación, la tarde del miércoles 5 de marzo de 2025, atraía risas pueriles, algunas acotaciones a libros, novelas, poemas, fotografías y canciones, el diálogo sobre la Universidad de Antioquia, de donde ella como docente, y el bibliotecario como filósofo egresaron de postgrado y pregrado respectivamente. Al final de la conversación y tras la despedida, ambos establecieron iniciar con el grupo, (7) días después, que en una convocatoria preliminar inicial atrajo a 15 jóvenes de diferentes edades y grados de escolaridad, el miércoles 12 de marzo de 2025, comenzó Mujeres Lectoras. El bibliotecario recuerda la expresión gratificante en el rostro de la docente al ver que la convocatoria tuvo un éxito, siendo el punto de partida de un grupo de personas que se reúnen en torno a la palabra escrita y pensada por mujeres. Estas reflexiones han inspirado a maestras jóvenes que adelantan sus estudios en la Formación Complementaria (aspirantes al título de Normalista Superior) y que bajo la modalidad del proyecto social de extensión comunitaria de la Biblioteca Pública Emiro Kastos a través del programa nacional (LEO) de la Red de Bibliotecas Públicas hacen de la promoción de lectura, escritura y oralidad, nuevas estrategias de intervención en el aula y en la formación de niñas, niños y jóvenes desde una mirada estética singular que crea la literatura.

Jóvenes integrantes del Club Mujeres Lectoras, estudiantes de la Institución Educativa Escuela Normal Superior, Maestras en Formación.

Así como en el poema de Elena Bernabé, la abuela enseña la curación (medicina ancestral) Mujeres Lectoras ubica tres principios que son análogos a esta metáfora de la sanación, Leer, pensar y crecer (bajo el arquetipo de la mujer medicina) Con leer se ubica el tiempo y espacio de los contenidos que surgen como pretexto para concertar el ritual en torno a la palabra (la lectura en voz alta dentro del grupo, ubica en el corazón del discurso el reconocimiento de la comunidad que participa en torno a quien dirige la expresión verbal), permitiendo así, configurar la escucha atenta entre los asistentes. El pensar, como segundo principio que sostiene la naturaleza de lo femenino que emerge con libertad para emitir las valoraciones de lo que se ha leído, compartido y percibido desde los presupuestos de cada una de las personas que confluyen en el encuentro. Finalmente, el Crecer no se percibe como una conclusión, sino como el punto de partida a la transformación, el ejercicio de que sea la palabra ese tejido vivo, la capacidad de suturar las heridas el alma. La palabra que restaura desde la grieta, desde la sensación profunda que zurce un cristal roto en la realidad. Quizás, algunas veces, los momentos de una conexión tal, que las lágrimas aflojan lo que en el vacío el rostro ha habitado por años. Este es el testimonio logrado en esa interacción, en que las estanterías de los libros, las paredes y los espacios de la Biblioteca Emiro Kastos, han sido el espacio inicial para alumbrar poemas, lecturas; para reconocer la mirada cálida en el rostro de las personas que han confluido en ese coincidir.

Nancy Trujillo, oriunda del vecino municipio de Fredonia, en nuestro Suroeste antioqueño, es una persona que ha traído en su ejemplo de vida, una disposición abierta, tranquila y modesta, dona su conocimiento y experiencia en este voluntariado que promueve la mediación de la lectura, escritura y oralidad como una respuesta al retornar al origen, la palabra como fuego que la alimenta la vida. La “profe” como de cariño le decimos en los encuentros, ha versado su formación profesional en terminar su PHD en educación, y combinar una mezcla de conocimientos y experiencias en sus búsquedas personales para brindarnos de manera generosa el valor incalculable de estos encuentros, como maestra Reiki los momentos compartidos nacen también con una intención espiritual que se concentra en la exaltación de la potencia de la vida como fuerza libre y transformadora.

De ese modo, su travesía ha dejado huellas en la educación, en la comunidad escolar y en las personas que hemos tenido el privilegio de compartir, nos recuerda una trayectoria de escritos andantes, de palabras que sortearon obstáculos, para alcanzar la cima de las montañas de Angostura y Alejandría municipios del Norte y Oriente de Antioquia, que remaron en canoa las aguas del Cauca, en la tierra del Cacique Pipintá (La Pintada) retornando a la tierra cafetera que la vio abrir sus ojos al mundo, finalmente, luego de esos kilómetros recorridos tras el paso de los años, de esos pasos que dejan marcas en la arena a la orilla del río, del fango guardado en la botas pantaneras, del insomnio que produce la dedicación a alcanzar no sólo un título que certifica unos conocimientos. Ella, una mujer sencilla, cálida, marca la historia de concentrar en torno a una experiencia de lectura un impulso de esperanza para la humanidad. Nancy, con Mujeres Lectoras, nos recuerda aquella mujer médica del S. XII llamada Trótula de Salerno, quien en el medioevo en Italia hiciera parte de Escuela Médica Salertiana, liderando un grupo de mujeres que se enfocó en cultivar y adelantar estudios en la medicina, a esta singular mujer se le reconoció por ser pionera en la especialidad de la ginecología y la obstetricia, con sus búsquedas en temas integrales e investigaciones generó espacios para la seguridad de las mujeres durante el parto, además de concentrar lecturas y escritura de obras que verían su publicación siglos después, como un aglomerado reunido en los encuentros médicos y en el ejercicio de departir con otras mujeres.

Las participantes en el grupo son un círculo de voces que se entrelazan como hilos de seda sobre el bastidor del tiempo. No sólo leen; habitan las palabras, descalzándose al entrar en cada página como quien pisa tierra sagrada. El grupo Mujeres Lectoras no es sólo una reunión de nombres, sino un refugio de almas que han decidido que el silencio del mundo ya ha durado demasiado. En torno a la mesa, el café humea como una pequeña hoguera ritual. Allí, el libro deja de ser un objeto de papel para convertirse en un espejo compartido. Lo que una subraya con el grafito del asombro, la otra lo rescata con el suspiro de la memoria. Sus manos sostienen el lomo de las historias como quien cuida un pájaro herido, sabiendo que en cada párrafo hay una llave para una puerta que creían cerrada. Cuando una lee en voz alta, el aire se vuelve denso y luminoso. Se escuchan los ecos de las que escribieron antes: las olvidadas, las valientes, las que usaron la tinta como único escudo. En este grupo, la lectura es un acto de resistencia y ternura. Aquí, la soledad se disuelve en el análisis de una metáfora, y los miedos personales encuentran nombre en la piel de una heroína lejana. Al cerrar el libro, el encuentro no termina. Se llevan los personajes en los bolsillos y las frases nuevas tatuadas en la mirada. Salen a la calle distintas, más sabias, más unidas. Porque una mujer que lee es un incendio que empieza, pero un grupo de Mujeres Lectoras es una antorcha colectiva que ninguna sombra podrá apagar.

En Amagá la lectura ha dejado de ser un acto solitario y silencioso para convertirse en una comunidad que abraza y sana. Lo que ocurre cada vez que se abre un libro en el Club Mujeres Lectoras no es sólo un ejercicio académico; es un taller de sutura social donde la palabra compartida actúa como bálsamo, refugio y medicina frente a los dolores del alma y del tiempo. Este tejido vivo no se hilvana solo. Encuentra su guía y su fuerza en el liderazgo de cada joven que participa. También vale la pena destacar que el grupo para llevar un año de conformación ha ganado aliados muy importantes a través de la gobernanza y gestión cultural que se ha integrado con diferentes actores, tanto de sus miembros (grupo base) además de la Biblioteca como entidad pública, ha habido otras entidades sociales y privadas que se han vinculado: el Periódico EL SUROESTE, Secretos para Contar, Comfama, y la Emisora La Voz de Amagá, con esta última se desea realizar un formato del grupo al aire, que permita amplificar las lecturas y manifestaciones estéticas, además de concentrar la participación e interacción de las personas que se encuentran tanto en el sector rural, como en los municipios vecinos.

La esencia de este club de lectura se ratifica cuando la palabra, como un tejido vivo, sutura las heridas del alma, nos afirma en comprender el valor de leernos desde la voz que representa a las mujeres, las peripecias y los retos que la vida y la historia les ha exigido, que en palabras de la docente que nos acompaña con este proceso comunitario se manifiesta del siguiente modo:

Leer en voz alta entre mujeres es también hablar de nuestras preocupaciones, de nuestras emociones, de lo que nos duele; de aquellas situaciones que como mujeres nos afectan, pero también de lo que nos enorgullece en torno a nuestra esencia, a las luchas de nuestras antecesoras y las luchas que aún tenemos por dar. ​Leer en voz alta entre mujeres es sentirnos visibles, amar nuestro género, abrazar nuestra feminidad, tener empatía con las situaciones que cada una vive, vernos con amor entre nosotras. ​Lo más significativo es vernos a nosotras mismas como un libro con páginas escritas y con mil páginas más por escribir. Las mujeres somos letras, somos historias, somos emoción y por eso somos ´Mujeres Lectoras´.

REFERENCIAS

Gadamer, H. G. (2006). Estética y hermenéutica. Editorial Tecnos.

[1] Para las presentes líneas, partiremos de la alusión del verbo Texere que en latín significa «tejer», «entrelazar» o «construir con esmero». Es la raíz etimológica de múltiples palabras fundamentales en nuestro idioma relacionadas con la creación, la estructura y el lenguaje. Lo cual para nuestro interés propiamente, se relaciona del siguiente modo: tejer es rescatar del olvido los hilos del tiempo. Cada pasada de la aguja es un latido que regresa, un intento de unir los fragmentos de lo que fuimos con la fragilidad de lo que somos. Se tejen las palabras que no se dijeron, los abrazos que quedaron suspendidos en el aire de la infancia y los rostros que la niebla del invierno insiste en borrar. Quien teje en la penumbra no sólo busca abrigar el cuerpo; busca sostener el alma para que el viento de los años no la deshilache por completo. Al final, la prenda terminada no es más que un mapa secreto de los días que se han ido.

[2] Para comprender la alusión a la imagen de la palabra como un legado, nos remontamos al origen, del término lectura que proviene del latín lěgěre, palabra a su vez emparentada con lĭgare, que significa ligar. Legar no es despojarse de los bienes de la tierra; es el acto supremo de confiar el fuego propio a las manos del futuro. Quien recurre al verbo legare para entregar sus palabras no busca la frialdad del mármol, sino la calidez de una herencia que respire. Legar la palabra es enviar un emisario invisible a través de los siglos, un mensajero de tinta y silencio que golpeará las puertas de un corazón desconocido, habitante de un tiempo que ya no alcanzaremos a ver. No se heredan las certezas, pues las certezas se vuelven polvo con las estaciones. Se lega el asombro. Se deja en herencia la forma exacta en que la luz de la tarde hería la madera, el eco de un adiós que todavía tiembla en la memoria y el temblor de las manos que alguna vez intentaron nombrar lo inefable.

[3] La docente Nancy Adriana Trujillo es oriunda del municipio de Fredonia, forma parte del cuerpo docente de la Institución Educativa San Fernando del municipio de Amagá, es PHD. en Educación y maestra Reiki, lidera el Club de Lectura de Mujeres Lectoras, y participa activamente de actividades relacionadas con la promoción de lectura, escritura y oralidad, el club de lectura es acompañado por el bibliotecario municipal desde su rol profesional de Filósofo y mediador de la lectura.

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