¿Qué es lo que queremos ser en el largo plazo?
Por Rubén Darío González Zapata Colaborador oriundo de Ciudad Bolívar Corregimiento Alfonso López (San Gregorio)
–Hombre Rudaro, has terminado por convertirte en un bicho raro–, me dijo hace poco Sócrates el buey filósofo, cuando nos encontrábamos los dos en uno de esos debates a los que ambos somos tan aficionados. Me gusta hablar con este amigo de cuatro patas sobre toda clase de temas, especialmente sobre los que hacen referencia a las cuestiones trascendentales de la vida; en esta ocasión, el tema giraba en torno a la política, vista dentro del contexto en el que la estamos viviendo los colombianos en estos momentos. Debido a que no es humano, Sócrates tiene la ventaja de no estar contaminado por los prejuicios, las cargas emocionales y los condicionamientos sociales con los que los colombianos hemos crecido, hemos sido educados o hemos sido mentalmente acondicionados por las presiones sociales. Sus conceptos, por tanto, están libres de compromisos con toda la fauna de políticos, redes sociales e ideólogos de postín, inclusive conmigo mismo, algo que los hace sumamente útiles.
–Vea hombre Sócrates– le contesté, luego de un largo silencio, durante el cual traté de asimilar su irónica referencia a los cucarrones del potrero–; desde hace ya más de 20 años empecé a tomar conciencia de que mi opción de voto debería estar basada, no en las promesas y discursos de caciques de ocasión, sino en proyectos políticos debidamente estructurados y con una visión de largo plazo. No veo por qué esto me convierta en la especie de fenómeno que estás tratando de insinuar–. En mis palabras había un aire de inconformidad y él, con su acostumbrada perspicacia, lo captó de inmediato. –No te ofendas, Rudaro, más adelante vas a comprender la razón de esa comparación; por ahora, dime cómo tendría que ser el proyecto político por el que tú estarías dispuesto a votar –replicó Sócrates.
–¡La pregunta que estaba esperando!– dije con una gran sensación de alivio y de inmediato procedí con la respuesta, porque es algo sobre lo que he reflexionado durante mucho tiempo: –Ese proyecto político– dije –sería aquel en el que se dibuja de manera concreta el país que queremos ser en el largo plazo, a la vuelta de 50 años, por ejemplo–. Luego de un largo silencio, Sócrates observó: –¿no te parece que esa idea, más que un proyecto político, es una utopía carente de realismo?–. La reflexión de Sócrates tenía todo el sentido del mundo y así lo reconocí. Evidentemente, una propuesta planteada así, sin más y de una forma tan escueta, no pasaría de ser una bonita ilusión si la misma no está debidamente acompañada de los elementos complementarios que le den todo su sentido. –Te escucho –respondió Sócrates, arrellanando su voluminoso cuerpo en un suave colchón de pasto fresco.
–Verás, –dije tomando la palabra– esa Colombia a la que tú calificas de utópica, sería una en la que los problemas estructurales, esto es, la desigualdad social, el atraso y la dependencia económica, con las consecuentes arandelas que de estos se derivan (violencia y corrupción, por ejemplo), estarían totalmente erradicados y las condiciones para que todos sus habitantes pudieran desarrollar plenamente su potencial humano como individuos y como sociedad estarían garantizadas. En otras palabras, es tener una Visión inspiradora, con todo lo que ese concepto tiene de poderoso–.
Una sensación de escepticismo adiviné en los ojos de Sócrates, cuando este comentó: –hasta donde yo he visto, es lo mismo que prometen los políticos cada cuatro años. ¿Dónde está la novedad?–. Le expliqué, entonces, que la novedad es, en esencia, una cuestión de enfoque:
1) Enfoque de largo plazo. Aunque es cierto que todos los políticos, de una u otra forma, prometen cosas como las que estoy diciendo, la verdad es que sus propuestas están alineadas dentro de una perspectiva de corto plazo, es decir, el período de mandato en el que, de ser elegidos, piensan gobernar. Después de esos cuatro años, piensan ellos, ya se mirará qué hacer. De esta forma, cada cuatro años el gobernante de turno comienza de nuevo, casi siempre haciendo caso omiso, poniendo en segundo plano o, sencillamente, desmontando los programas de su antecesor. Esto no sucede cuando los objetivos estratégicos se encuentran estructurados dentro de un proyecto como políticas de Estado, no sujetas al capricho de cada nuevo presidente o partido que llegue a gobernar. Esto es importante también porque, vistas las cosas desde la perspectiva del proyecto, el ciudadano tiene más facilidad para tener elementos de juicio racionales a la hora de tomar su decisión de voto.
2) Enfoque de liderazgo. Una mirada a la inmensa cantidad de comentarios en materia política que aparecen en las redes sociales y en mucha de la prensa convencional, muestra que estos están dirigidos a la persona y no a las propuestas o al proyecto subyacente (si es que lo hay). De esta forma, convierten al político en el objeto de sus desahogos, bien sea para transformarlo en el héroe providencial que viene a salvar sus almas de las llamas o en el demonio que avanza subrepticiamente para llevar el país al infierno, según se trate del caudillo de sus amores o en el villano de sus odios. Algo que nuestros políticos saben cómo manejar (o manipular) muy bien, trátese del partido que sea. Dentro de un escenario como este, la estrategia del miedo es un aliado de mucha utilidad. El enfoque de liderazgo, por el contrario, permite la generación de líderes visionarios con capacidad de crear las condiciones para poner al país a trabajar en una misma dirección, no como propietarios del proyecto que promueven sino como quien ha recibido un mandato de los ciudadanos que, al votar por él, lo han adoptado como algo propio, facilitando de paso el surgimiento de nuevos líderes, con lo cual se garantiza la continuidad en el largo plazo. El protagonista aquí es, por tanto, el proyecto y no el individuo.
3) Enfoque de compromiso y sentido crítico. Una característica de un proyecto, es que le facilita al ciudadano asumir ante el mismo un compromiso personal con sentido crítico, lo que significa también tener la posibilidad de aportar en la medida de sus capacidades, su propio grano de arena para el éxito del mismo. Esto es importante porque un liderazgo equivocado, deficiente o mal orientado es uno de los peligros más grandes para el éxito de un proyecto y, en ese caso, el ciudadano común y corriente tiene más elementos de juicio conceptuales para hacer sentir sus puntos de vista, exigir ajustes y pedir resultados, utilizando las herramientas ya previstas en la Carta Constitucional para ese fin.
–Desde luego, hombre Sócrates– le dije finalmente a mi amigo –aquí faltan cosas por precisar, como, por ejemplo, ante la existencia de varios proyectos políticos para escoger, de qué criterios me valdría para decidir cuál es el mejor; pero eso será algo para tratar en otra de nuestras sesiones–. Sócrates, con una mirada de socarrona malicia y al tiempo que rumiaba suavemente el pasto comido en las primeras horas del día, sólo comentó que, con estas ideas, para las gentes acostumbradas al estilo colombiano de hacer política, soy un verdadero bicho raro. Y, ¿saben qué? Creo que tiene razón.
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Por Rubén Darío González Zapata
Colaborador oriundo de Ciudad Bolívar
Corregimiento Alfonso López (San Gregorio)

