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Por Rubén Darío González Zapata
Colaborador Oriundo de Ciudad Bolívar
Corregimiento Alfonso López (San Gregorio)

Para el colombiano promedio, que ha experimentado en carne propia la época de La Violencia, la de las guerrillas, la del paramilitarismo (con complicidad del Estado), la del narcotráfico, la de las bandas criminales y los grupos delincuenciales de las últimas décadas (siglo XXI), hay una pregunta que atormenta: ¿Por qué Colombia es un país tan violento? Y a esta pregunta le sigue otra más inquietante aún: ¿Por qué el país no ha encontrado el camino indicado para deshacerse de esa endémica carga que un destino cruel parece haberle impuesto a los colombianos?

Reflexionando sobre esta trágica realidad, viene a la memoria una inquietante canción de Arnulfo Briceño, en la que esa Colombia maltrecha aflora de manera dramáticamente descarnada. En ella un niño ha observado desde hace algún tiempo como su abuelo con frecuencia llora en silencio, pese al empeño que este pone en evitar que el muchacho lo descubra. Pero el esfuerzo del viejo resulta inútil; su nieto no solamente conoce de su llanto, sino que sabe también que esas lágrimas ocultas empezaron a brotar por un terrible suceso ocurrido en su familia, pese a que este abuelo amoroso, con el ánimo de ahorrarle dolor, se ha negado a hablar acerca de esa triste historia. Sin embargo, el chico sabe lo que ocurrió: dos cruces en el cerro le cuentan una y otra vez que allí están los que en vida fueron sus padres. Este es también un muchacho con la agudeza mental suficiente para darse cuenta de que aquel anciano necesita hablar de ello abiertamente; que necesita abrir su corazón para darle salida al dolor que lleva a cuestas, así sea ante un niño, incapaz aún de asumir la responsabilidad de hacerse cargo del rancho.

Confrontado ante la tozudez de su nieto, el anciano termina por contarle la trágica historia: sus padres fueron víctimas del odio que, de un momento a otro, fue sembrado por la violencia partidista. Una historia que no termina con el asesinato de personas indefensas, porque de ese hecho se siguió el abandono de las tierras por parte de quienes vivían de sus frutos. El miedo es una carga imposible de soportar y eso lo saben los que, a lo largo de muchas décadas, han huido de sus parcelas y hogares bajo la presión de grupos armados que amenazan sus vidas, para emigrar a ciudades, con frecuencia a engrosar cinturones de miseria o en donde muchos de ellos terminarán siendo igualmente carne de cañón de grupos delincuenciales.

Pero, ¿por qué segar la vida de dos personas buenas que a nadie le hacían daño?, pregunta el muchacho. Imagina uno lo increíblemente difícil que debió resultar para el abuelo dar respuesta a una pregunta como esta, hecha por un niño que, a sus tiernos años, no ha sido aun contagiado por esa especie de peste que es la estupidez humana. La respuesta se encuentra -responde finalmente el abuelo– en el odio sembrado por el partidismo. ¿Qué es eso del partidismo? –preguntó seguramente el muchacho– recordando que su vecino Chucho, el arriero, le contó que los humanos de su tiempo se mataban entre godos y liberales -¡qué iba a entender él lo que significaban esas categorías!– y que ambos grupos debían odiarse mutuamente, porque así lo enseñaba el politiquero de turno. Que el del grupo contrario fuera alguien que había sido un vecino amable; el amigo con el que muchas veces se habían tomado unas cervezas; el compañero con el que había compartido sus sueños en algún momento, pasaba a ser algo sin importancia desde el momento en que esa persona era convertida en un enemigo al que había que odiar, porque así lo decidían los malditos politiqueros de oficio. Un odio que, inclusive, podía llegar hasta el punto de segar vidas, con la anuencia incluso – ¡vaya paradoja! – de jerarcas de la Iglesia Católica. Cuántos colombianos humildes, como los padres del niño de la canción de Arnulfo Briceño, llevan sobre sus hombros las secuelas de esa cultura de la violencia, es algo que talvez nunca lo sepamos con certeza, pero lo cierto es que en Colombia la política sigue siendo, en una proporción muy alta, un concepto dentro del cual el odio sigue jugando un papel contaminante y perverso. De alguna forma, seguimos cargando con el trágico legado de ese oscuro pasado.

Volvamos ahora a la pregunta inicial: ¿Por qué Colombia es un país tan violento? ¿Por qué el país no ha encontrado el camino para salir de este laberinto? Independientemente de la respuesta que se dé como resultado de estudios de especialistas en el tema (no soy uno de ellos), yo tengo mi propia respuesta: esta es que la sociedad colombiana tomada en su conjunto no ha tenido la voluntad real para aprovechar las diversas oportunidades que le ha dado el destino para cerrar el capítulo de un pasado signado por el odio y la intolerancia. Tres de esas oportunidades han sido:

El Plebiscito de 1957. Este acto político tenía como objetivo, en teoría, ponerle fin al estado de violencia que venía padeciendo el país desde 1948, con motivo del asesinato de Jorge Eliécer Gaitán. Sin embargo, en este evento los líderes de la propuesta, Laureano Gómez y Alberto Lleras Camargo, olvidaron que Colombia no era ya un país que se arreglaba repartiéndose el poder entre élites conservadoras y liberales, entre otras razones porque nuevos sectores de la sociedad ya no encontraban en los partidos tradicionales las herramientas adecuadas para lograr la satisfacción de las demandas sociales que exigía la realidad del momento. Eso había quedado claro con el pensamiento de Gaitán.

La Reforma Constitucional de 1991. Con esta reforma se creó el marco jurídico e ideológico que permitía la construcción de un modelo de país en el que cabían todos los colombianos. No obstante, este propósito no ha pasado de ser una idea muy atractiva pero en el papel, y su filosofía no logró permear las mentes de las élites de la Nación –quienes siguieron pensando con el cerebro en el pasado- sino que fue igualmente ignorada, en su momento, por los grupos de izquierda armados, a los que se les brindaba con ella vías legítimas para continuar con la lucha política a través del juego democrático.

El Acuerdo de La Habana (Teatro Colón) con las FARC. Único por el enfoque que se le dio y que pudo haberse convertido en el escenario adecuado para que la sociedad, a través de los diálogos del momento, este acuerdo hubiera podido haber sido un ejercicio sincero de reconocimiento de que en los grandes problemas del país todos (gobierno, sociedad, grupos rebeldes) tienen su cuota de responsabilidad y, en consecuencia, la construcción de una paz partiendo del reconocimiento de las mutuas responsabilidades, tenía que ser un trabajo conjunto de todos. Pero, una vez más, unas élites atadas al pasado, más diversos grupos armados esclavos de la práctica de la violencia, no se cansan de ponerle palos a la rueda.

Ante una respuesta dada en estos términos, no sería extraño que, si Arnulfo Briceño volviera a escribir su canción en nuestros días, la terminara diciendo: Ahora comprendo abuelo que aún siguas llorando.

Lectura recomendada:

https://periodicoelsuroeste.com/una-aleccionadora-ensenanza-que-nos-esta-queriendo-decir-la-naturaleza/
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