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Por Nicolás Antonio Vásquez López
Cronista

«Pa’ qué zapatos, si no hay casa; pa’ qué hijueputas», dice una chinga -de no más de 11 años- a Mónica en escena de «La vendedora de rosas», película de Víctor Gaviria. Hace 27 años. Me parece entonces, querido lector, concebible un parangón directo con la provincia: «Pa’ qué olfato, sin fragancias de rosas que oler»; «Pa’ qué recibo de pago de agua, si no hay agua corriente frecuente»; «Pa’ qué teatro, si no hay casa consistorial», el pueblo de los «Pa’ qué», ¡ah! Querido lector, pasó el Festival de Teatro Sin-Espacio desapercibido; como no hay espacio, tampoco tiempo; sin tiempo y espacio, un gusano negro nos succionó el recuerdo de un festival sin nombre… ¡Qué va sin nombre! Lo anterior es un juego retórico, figurines, retorcer las palabras para amoldar un mensaje, y con él hornear el bizcocho de la elocuencia. En Amagá sucedió un acontecimiento en su tercera versión: 4 días de festival, decenas de actores en escena, una casa del siglo XIX de auditorio, libros leídos, cafés humeantes, jornada académica, exposición en un salón principal, otrora secadero y almacén de bultos de café; ¡lleno!, ¡se llenó!, la casa estaba llena por corredores, patio y salones.

La salida

La apertura del Festival de Teatro realizada en «1933, la casa de los recuerdos», la casa de doña Helvia, exalcaldesa; la fila se hace desde la taquilla, se estira por el zaguán; sigue por el andén la cola fuera de la casa. La salida de las carreras de largo aliento es controlada en bloque de corredores; los atletas buscan la mejor posición. Al entrar a la casa, nos reciben dos candelabros araña de porcelana adornados por querubines y rocallas rococó; en frente, la escultura de Baco, el dios del vino y el teatro, la taquilla de madera para «marcar tarjeta», las baldosas de arlequín -la casa está repotenciada-. A la izquierda, en un salón en desnivel más abajo del corredor, está «San Judas Tadeo» vendiendo libros leídos y «El Legendario» vendiendo café.

La progresión.

Después de dos días de funciones, ensayos expeditos, contratiempos, cansancio, acarreos, los actores, voluntarios y colaboradores sienten los kilómetros recorridos… Armen el telón, desarmen el telón; montaje de escenografía, desmontaje de escenografía, arrume sillas; desarrume sillas. Dos funciones por día, que duran lo que dura una maratón: sainete, títeres, teatro crítico, danza teatro, teatro del absurdo… La gente no despega el ojo; las tetas al aire, los jadeos, diálogos, gemidos, galimatías, onomatopeyas fueron escuchados retumbar por las paredes barequeadas de la casa; butacas ocupadas por los provincianos de toda clase: divorciados, separados, arrejuntados, niños, muchachas, viejos. Los fantasmas confundidos por la intempestiva masividad de las escénicas; manifestación artística empobrecida por los esmirriados presupuestos administrativos.

El remate.

Llegó el domingo, día de clausura del festival. La fila de ese día fue extensa a tres cuerpos, dos al interior de la casa y por fuera el colofón. Los corredores, cuando acercan sus zancadas a los últimos kilómetros, aprietan el paso, se vuelven uno con la frecuencia cardíaca, el corazón: ¡tum!, ¡tum!, ¡tum!, acelerándose el gasto de los últimos arrestos energéticos, todo o nada. Los organizadores estaban en los minutos agónicos, aceleración, taquicardia; más café, ¡recuerden, lectores!, en esa casa el café reinó en la bonanza cafetalera. Gabriel Acevedo, en el salón de la exposición « El trasegar del teatro en Amagá», fue almacén bodeguero y secadero de café hasta la decadencia del período cafetalero en Amagá. El desgaire de los escépticos del arte, promotores de los desvaríos del poder; someten su injustificada prevención a los temores de la burla, ridiculización y crítica; dichos bulos no son otra cosa que la caja de resonancia de su «Calígula» persona. El Festival de Teatro acabó como siempre, digno. Una espada de Damocles pende sobre la cabeza de los atrevidos.

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