Por Daniel Ortega Sanmartín Periodista
La crisis climática en gran medida se da porque la cantidad de gases contaminantes producidos no alcanza a ser capturada y transformada por los ecosistemas biodiversos que cumplen esta tarea. La naturaleza nos protege, los árboles y montañas del Suroeste y los ecosistemas marítimos del mundo (incluyendo los del Urabá antioqueño) tienen eso en común; son sumideros naturales de carbono, aunque por la acción humana, que a su vez está produciendo más gases, se reduce su capacidad de protegernos, pues su vida se vende y se compra a través de sistemas productivos insostenibles.
Esta es una invitación a cuidar la vida que sostiene la vida.
“Necesito del mar porque me enseña:
no sé si aprendo música o conciencia:
no sé si es ola sola o ser profundo
o sólo ronca voz o deslumbrante
suposición de peces y navíos.
El hecho es que hasta cuando estoy dormido
de algún modo magnético circulo
en la universidad del oleaje”.
-El Mar (Pablo Neruda)
El mar y la vida en el mar nos cuidan. Un ejemplo son los manglares del Golfo de Urabá, llamados “ecosistemas de captura de carbono”. Según Pilar Marcos, coordinadora del área de biodiversidad de Greenpeace (ONG ambientalista internacional), cada hectárea de manglar puede almacenar carbono hasta 50 veces más rápido que la misma superficie de selva tropical. Los manglares además protegen del aumento del nivel del mar en las costas donde viven comunidades, que incluso migran por fenómenos relacionados con la crisis climática, entre ellos las sequías y las inundaciones.
Estudios del Instituto de Investigaciones Marinas y Costeras José Benito Vives de Andréis -INVEMAR señalan que la deforestación y otras amenazas como la construcción de puertos en Turbo y Necoclí, afectan los manglares protegidos por acuerdos municipales y por la ordenanza aprobada por la Asamblea Departamental el 3 de julio de 2019. Hay proyectos que pretenden desde la ingeniería y la ciencia compensar ambientalmente daños (que pueden ser evitados) en ecosistemas que por miles de años se han construido suelo y mar adentro, y que benefician a través de relaciones inacabadas a diferentes especies de fauna y flora, incluyéndonos.
Solo para la construcción de un puerto, según la doctora Diana Ruiz Pino, oceanógrafa, climatóloga y pionera del estudio de la evolución del CO2 en el océano, se necesitan carreteras y acceso ferroviario para transportar lo que va y llega de los puertos, afectando no solo la zona costera sino todo el ecosistema a su alrededor y las dinámicas de las especies de fauna y flora que lo componen y sostienen.
Para esta conversación es fundamental el reconocimiento de una premisa básica: todo está conectado, todo cumple un papel ¿Qué papel ocupamos? ¿Qué papel queremos ocupar?
Andrés Felipe Bustos, gerente general de Puerto Antioquia, el proyecto portuario más avanzado en la región, afirma que el proyecto fue diseñado con un viaducto de 4 km para pasar por encima de la flora y fauna, sin embargo la doctora Diana Ruiz argumenta que la optimización e inversión en puertos ya existentes traería mayor rentabilidad pública, ya que la construcción de nuevos puertos afecta también a las comunidades y favorece en mayor medida intereses privados que no alcanzan a compensar la afectación al bienestar común.
En la zona muchas personas quisieron y decidieron tener fincas con ganado, lo que ha causado deforestación y generación de gases de efecto invernadero (porque no hay árboles suficientes para contener la contaminación de la ganadería) la deforestación no solo se da por la ampliación y construcción de los potreros, sino también por las zonas de monocultivo que se destinan para la alimentación del ganado. Según la doctora Diana Ruiz, ahora quienes tienen fincas quieren tener puertos también, lo que representa un gran conflicto pues no hay otro territorio que tenga tantos puertos en sus costas; en Colombia hay 13 puertos, cuando en otros países hay entre 3 y 4. Esto ha cambiado dinámicas ecosistémicas como rutas de migración de especies de ballenas, rompiendo relaciones fundamentales que hacen del mar lo que es.
Una ballena almacena en su cuerpo más carbono que el equivalente al capturado en el mismo periodo de tiempo por centenares de árboles en la tierra. Las ballenas son esenciales en un contexto de crisis climática y en cualquier contexto, reducir la población de ballenas y el cambio de sus rutas migratorias, afecta de manera significativa el equilibrio de los ecosistemas. En el 2019 un ballenato fue avistado en Urabá y hubo preocupación porque corría el riesgo de ser cazado o accidentarse con lanchas rápidas de la zona. Según reportan las autoridades ambientales, la presencia de ballenas en esta zona es poco frecuente. El antecedente más próximo corresponde a una ballena que fue encontrada muerta luego de encallar en las playas del golfo hace cinco años.
Este avistamiento puede ser prueba de cambios en las rutas migratorias que se dan por diversos factores como la sobrepesca y las prácticas pesqueras destructivas. Según Greenpeace, en 2015 se estimaba que el 33% de las poblaciones de peces ya estaba siendo sobreexplotado hasta niveles insostenibles y un 60% había alcanzado su límite de explotación.
Las prácticas extensivas con grandes barcos de pesca generan ruidos todo el tiempo en el mar, que afectan la biodiversidad submarina. Informes de la ONU comparan esto con estar en tu casa y escuchar todo el día un tren. Además, al pescar de manera extensiva se lanzan grandes mayas de pesca que atrapan toda clase de especies submarinas, las que son para el consumo y las que no. Las que no, mueren y son arrojadas nuevamente al mar. Según el Programa de Desarrollo para las Naciones Unidas -PNUD, el 90% de los peces grandes del mundo han sido eliminados por la pesca y esta actividad deja en el mar una gran cantidad de plásticos.
En Colombia, a lo largo de los últimos 20 años se han esforzado para mejorar el ejercicio de la pesca. Entre los logros se destacan el caso de Zona Exclusiva de Pesca Artesanal, en el norte chocoano, y los acuerdos entre la comunidad organizada y los Parques Nacionales Naturales, como Gorgona y Sanquianga, además de las políticas para la reducción y eliminación de artes nocivos para la pesca.
Sin embargo, siguen siendo muchas las amenazas contra el mar. La pesca extensiva prevalece, las industrias de maderas del Chocó arrojan grandes árboles a los ríos que terminan en las playas de Urabá, impidiendo la creación de dunas y la anidación de tortugas. Las basuras y residuos terminan en las playas, el aumento del nivel del mar por el deshielo de los glaciales y las olas de calor marinas, entre otros problemas, siguen demostrando que los impactos más visibles del cambio climático comienzan y terminan en el mar.
La acción comunitaria, las decisiones de consumo, lo que hagamos en relación con la vida que sostiene la vida (además de la acción política, administrativa: público y privada) tiene todo que ver con este problema.
En una comunidad del Urabá pasaron de ser “destructores a conservadores”, una historia sobre soluciones
En la vereda El Lechugal del municipio de Necoclí cazaban tortugas marinas para el comercio y consumo, lo que generaba afectaciones al ecosistema. Ahora, la comunidad trabaja en conjunto con el Grupo de Investigación en Sistemas Costeros. Generan proyectos económicos sostenibles y cuidan a las tortugas.
“El proyecto consiste en el diseño de una solución innovadora que contrarreste los efectos adversos producto de las malas prácticas humanas, en el ecosistema y que a su vez se convierta en un proyecto ecoturístico que active la economía de la región, genere opciones de empleo y desarrollo social, respetuoso de las condiciones biológicas y ecológicas de las especies allí existentes. Éramos destructores, ahora somos conservadores”, cuenta un habitante de la comunidad.
¿Serás destructor o conservador?