Por Nicolás Antonio Vásquez López Cronista
Mmm, ¡qué delicia!, ¡una maravilla! Un buñuelo de puta madre. En un recorrido por el oriente antioqueño, dos municipios, nomás, alcancé a comer alimentos aderezados por la idiosincrasia de la harina y el queso: el buñuelo santuariano, una chimba, no se pone duro… Pasan los días, nada, incorruptible. Me acosté en el 2025, me levanté en el 2026.
Me acosté en Marinilla y me levanté en Guata, Guata, Guatapé. El oriente y su valle de San Nicolás revienta sus montañas, revienta el espinazo, la enloquecida urbanización, atestada de negocios, negociantes, motos, carros, vallenatos, reguetón y pendoncitos de campañas para senado y cámara de representantes. No puedo, ni de fundas, solo acaparar la balanza de araganerías. También la región sospecha cuadros pincelados por celosos barranqueros que vuelan egregios en los cielos silbantes de Marinilla, ni se diga de los paisajes en Guatapé y las corrientes undívagas de sus aguas energéticas.
Caminé la vereda La Peña, arriba del Guamo, arriba del Peñol. ¡Oh, piedra imponente, oh piedra imperial, casquete escalonado, paguen, paguen pa’ pasar ¿Pagar, para subir a esa peña? ¡Claro! Ja. Ustedes piensan que todo es gratis. Así no se forjó la pudiente raza antioqueña. Maniqueísmo miserable, el antioqueño cobra dos veces, por subir una. Bajé acalorado. El valle verduzco de arboledas parecidas a brócolis apiñados, meandros de la represa verde cerceta, islotes solitarios y otros de renta. Fuertes corrientes de aire puro pegándome en el pecho y en los ojos el azul estrepitoso del cielo. Hice por esos días Sancocho y Frijoles; para que se entienda, Sancochada y frijolada. Yo, dicen las malas lenguas, dizque soy bailarín de buena cepa. No corroboro, juzguen nomás en el baile. La Nochevieja es un despilfarro alimenticio, anímico y espiritual. La energía se drena “in situ”. No hay dínamo suficientemente arduo para recargar lo perdido; lo perdido, perdido quedó. ¡Feliz año nuevo!

Métase a la represa de Guatapé, vuélvase energía hidroeléctrica; vuélvase uno con todos. Lo hice, recargué apenas para una rayita de celular. ¡Qué calor! Tenía reventado el celuco, el WhatsApp; reviso, expulgando uno a uno los mensajes, miro, el presidente de fleco dorado y cara anaranjada, balbucea: mierda, mierda y más mierda. Invade Venezuela, extrae a Maduro y nos deja el mierdero. Lo de siempre. “Doctrina Monroe”, papanatas, hijo de inmigrantes, monolingüe, zafio, bravucón, genocida. Me desocupo del mal gusto; la ira proviene de la injusticia, el oprobio y las injurias de este sinvergüenza apostador de la guerra. ¡Ah, carajo! ¿Cómo irá mi pueblo Amagá? Lo dejé solito, por allá en la lontananza del espinazo del suroeste. Mi taita me llamó. Mucha bulla, mucha reyerta callejera.
Los fogones de pugilato estaban encendidos, propulsados por el aguardiente. El bebedizo bravío los alebrestó. El pueblo no sabe resistirse, no defrauda. ¡Pum!, ¡Pum!, ¡cataplum! Streaming, vídeos viralizados. Amagá de boca, en boca ajena, en bocajarra. El mundo viendo la salvajada de Trump, el petrodependiente, el de los petrodólares. ¡Cómo no! Viendo la caldera, la fumarola en Caracas. Amagá, exaltada, villa pendenciera armó ring callejero. Secretaria, tome nota. Ella funge de amanuense para escribir el edicto. Escriba: “Amagá es remanso de paz, absténganse de pelear, zarandear, vapulear, zaherir, ultrajar, agraviar en vía pública”. ¡Conchudos! El mirón, ojo que todo lo ve, echa envalentonado leña al fuego, atiza, atiza los leños. Legiones de mirones. Ah, pues sí, anonadado con la proliferación de páginas espías en el pueblo; frotan del suelo abonado, como hongos en boñiga. Nada se escapa, ni la flatulencia del párroco, los soplamocos peleoneros y los pedestales vacíos. Amagá: remanso de paz.

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