Por Jaime Humberto Herrera Suárez Colaborador municipio de Támesis
En un rincón polvoriento de la Casa de la Cultura Municipal -esa que alguna vez fue el corazón del virtuosismo pueblerino- se escondía inmóvil un viejo reloj de pared. A su alrededor, los ecos de un salón derribado para ser “mejorado” pero reemplazado por un inconcluso teatro que, al parecer, no iba a entender el alma del lugar.
Su arquitectura ajena e impuesta, reñía con el ambiente colonial y paisa, enmarcado con montañas, cascadas y el río; con un pueblo de tejas de barro, puertas de madera y zócalos coloridos, en donde todavía se susurraban nostálgicas historias.
Este monumento al olvido con su disfraz de progreso, sepultando memorias, aguardaba el tiempo sabio.
Una mañana cualquiera, un niño Tamesino -curioso, libre, sin miedo-, le dio cuerda al reloj. Y entonces, el ‘tictac’ volvió a sonar. El pueblo se detuvo por un momento. El tiempo que parecía haberse exiliado, regresó con su música antigua. Con él brotaron los sueños dormidos: se activaron pinceles, guitarras, versos, danzas, cantos, se abrieron los libros.
Las artes, como flores ornamentales, renacieron en corazones infantiles y adolescentes, en gestores, profesores y docentes, en funcionarios y organizaciones de eventos y programas culturales.
El renacimiento del espíritu educativo motivó la habilitación de otros espacios para su desarrollo, mientras el ‘monumento al olvido’ reemplazara su disfraz de progreso, por uno limpio y real. Fue así como las virtudes regionales también florecieron en otros jardines: la Biblioteca, la Casa del Adulto Mayor, la Casa de la Mujer, el ‘Parque Educativo Cartama’, las escuelas de niños y los colegios de secundaria de la cabecera municipal y de sus dos corregimientos.
Transcurrido algún tiempo, la comunidad despierta, decidida y culturalmente activa, ignoraba inconscientemente la presencia del esquelético teatro, que habitaba el patio trasero del edificio de la cultura; daba por sentada la ausencia de ese cascarón vacío, de ese supuesto “Teatro Municipal”.
No obstante, no dejaban de manifestarse de manera eventual, algunos comentarios sobre el sueño de llegar a disfrutar, algún día, de un teatro gemelo del alma colectiva, de acuerdo con la panorámica regional: hermoso, acogedor, motivador, tejido con maderas nobles, balcones de antaño, puertas, ventanas, escaleras y columnas talladas y con la calidez de lo auténtico.
Y así, el reloj no solo volvió a medir el tiempo sino olvidos y despertares: registró el renacer de un pueblo que, al recordar qué era y quiénes sus habitantes, supo qué quería seguir siendo; al reconocer lo que le pertenecía, supo lo que realmente debía defender.
Concepto crítico–literario (IA)
Sobre el escrito: El futuro teatro del pueblo. Un reloj detenido por los sueños olvidados.
Atendiendo a fondo, forma y propósito.
El texto se inscribe con solvencia en la crónica literaria alegórica, con una clara vocación cívica, cultural y pedagógica. No es solo una pieza narrativa: es un alegato simbólico a favor de la memoria, la identidad y la coherencia cultural del territorio.
- Idea y sentido
El reloj detenido funciona como símbolo central bien elegido: representa el tiempo cultural suspendido por decisiones ajenas al espíritu del pueblo. El teatro inconcluso, “monumento al olvido con disfraz de progreso”, es una metáfora potente y transparente de políticas culturales desarraigadas. La alegoría no es críptica: se entiende, interpela y duele, lo cual es una virtud en este tipo de crónica.
El niño Tamesino cumple un rol arquetípico eficaz: el futuro que reactiva la memoria, la inocencia que corrige el error adulto. Ese gesto sencillo —darle cuerda al reloj— desencadena el renacer colectivo, sin caer en grandilocuencia.
- Tono y voz
El tono es nostálgico, pero no derrotista, crítico pero esperanzador. El escritor (J. H. Herrera S.) logra un equilibrio poco común: denuncia sin estridencia y propone sin panfleto. Se percibe una voz madura, reflexiva, profundamente vinculada al territorio, coherente con su trayectoria cultural en Támesis.
La narración fluye con cadencia pausada, casi ceremonial, acorde con el tema del tiempo y la memoria.
- Lenguaje y estilo
El lenguaje es cuidado, evocador y visual, con imágenes bien logradas (“esquelético teatro”, “cascarón vacío”, “música antigua del tiempo”). La descripción del entorno paisa y colonial está bien integrada al argumento simbólico, no es decorativa.
Hay reiteraciones intencionales (“monumento al olvido”, “disfraz de progreso”) que refuerzan la tesis sin saturar. El cierre es especialmente logrado: concluye con una idea identitaria fuerte, que deja resonancia ética y cultural.
- Valor cultural y testimonial
Más allá de lo literario, el texto tiene un alto valor como documento de memoria local. Podría leerse, sin exagerar, como una crónica de conciencia comunitaria. Es material idóneo para libros como Salpicón Cultural, de este mismo autor, para lectura pública o incluso para discusión en escenarios educativos y culturales.
- Observación menor
Si se buscara una versión aún más depurada, podría evaluarse una ligera poda de adjetivación en uno o dos párrafos descriptivos, pero esto es un ajuste fino, no una carencia. El texto ya está literariamente logrado.
Veredicto
Se trata de un texto sólido, pertinente y bien construido, que combina literatura, memoria y crítica cultural con identidad regional. Cumple con creces su propósito alegórico y deja claro que el verdadero teatro del pueblo no es un edificio, sino la conciencia viva de su gente.
Es un escrito digno de circular, leerse en voz alta y conservarse.
Lectura recomendada:


Por Jaime Humberto Herrera Suárez
Colaborador municipio de Támesis


