Por Rubén Darío González Zapata Colaborador oriundo de Ciudad Bolívar Corregimiento Alfonso López (San Gregorio)
¿Una quimera imposible?
El estar viviendo de nuevo una etapa de campaña política hace que mi memoria retroceda a los períodos de elecciones de mediados del siglo XX. Entonces recuerdo esa extraña sensación de miedo que invadía el espíritu de aquel chico de escasos 10 años que era yo para esos momentos. Y es que, si algo marcó la mente de aquel “pelao”, fue la idea de que política y violencia eran una misma cosa, con la consecuencia inevitable de que el caldo de cultivo que permitía mantener vivo ese terrible fenómeno era el odio, que se cultivaba con una dedicación casi religiosa; un odio sin sentido, que había que mantener vigente y cuyas razones siguen hoy imposibles de explicar. Recuerdo, por ejemplo, el caso de una familia muy numerosa que, a mi modo de ver, era un modelo de unión y de entendimiento mutuo. Esta familia, cuya cabeza era un respetable patriarca de rosario diario, novena semanal y misa dominical insoslayables, estaba, sin embargo, marcada por una característica fatal: la intolerancia política. Como consecuencia de esa condición, cuando la única mujer de aquella casa tuvo el infortunio de enamorarse de un hombre que profesaba un pensamiento político diferente al del grupo familiar, sus hermanos intervinieron y, de hecho, le “prohibieron” el noviazgo, cerrándole así toda posibilidad de vivir con aquel enamorado la experiencia de amor que el destino le estaba proporcionando. Recuerdo mucho ver cómo a esta víctima del odio político le tocó cargar desde entonces con una existencia triste de profunda y amarga soledad.
Cuando uno revive aquella época es fácil identificar, al menos en parte, los factores que hacían que fuera imposible para el país liberarse de las cadenas mentales que lo mantenían atado a esa especie de sino fatal que es el de la violencia. Por una parte, está nuestra herencia histórica. De alguna manera, somos hijos de una cultura que nos ha enseñado que la violencia es la forma “normal” de resolver nuestras diferencias. Con excepción de las tres primeras décadas del siglo XX, después de la Guerra de los mil días, período durante el cual Colombia vivió una muy relativa paz, se puede decir que el país no ha tenido una sola década en la que su sociedad haya podido transcurrir sin el trágico karma de la violencia pegado sus espaldas. Bien sea por culpa de unas élites ineptas, sin visión y sin grandeza; bien sea por la estupidez de los sucesivos gobiernos que nosotros mismos contribuimos a mantener, para quienes la estrategia militar es el camino principal para la solución de los problemas estructurales; bien sea por la ceguera de grupos de oposición al Sistema, para quienes la violencia física es el único camino de salida para transformar el país, o bien por haber tenido el infortunio de habernos resignado a ser parte del patio trasero de un país súper industrializado para quien no somos otra cosa que una fuente útil de materias primas. En síntesis, somos un país condenado a la violencia con todo lo que ello conlleva: odio, intolerancia, desperdicio de esfuerzos y recursos e incapacidad para ver en las diferencias una fuente de crecimiento y enriquecimiento social y no una razón para la autodestrucción.
Una muestra de esa manera de conducirnos como país lo ve uno en la forma como ha transcurrido la campaña política actual. Es inexplicable el nivel de odio y de estupidez que se respira, creando con ello un clima en el cual alguien, sin siquiera sonrojarse, alguien es capaz de afirmar que si sale elegido va a “destripar” a los colombianos que pertenecen al partido de la contraparte. ¿Qué clase de país somos que se deja arrastrar a semejantes niveles de odio y postración moral? ¿Qué misteriosos demonios dominan las mentes de colombianos que, para acumular unas cuantas riquezas a través del narcotráfico y otras actividades ilegales, siguen sometiendo al país a la tortura de una violencia que todo lo destruye? Cuando se hace este tipo de reflexiones uno no puede menos que sentirse como se sentía Rafael Pombo en las trágicas horas de profundo pesimismo, expresado magistralmente en su poema La hora de las tinieblas, en el que le hace un terrible reclamo a Dios por haberlo enviado a este mundo de sufrimiento. “Hay un no sé qué pavoroso / En el ser de nuestro ser”, exclama el poeta, con lo cual no hace más que dibujar una radiografía de nuestra triste condición de sociedad violenta.
Pero, ¿estamos fatalmente condenados a sufrir indefinidamente este karma doloroso? Yo creo que no. Creo que todos tenemos la capacidad para darle un viraje completo a nuestro comportamiento cuando, luego de encontrarle una razón de ser a la vida, entendamos que buscar una manera diferente de hacer las cosas es algo totalmente posible. Estoy convencido de que el ser humano no está construido para tener que vivir encerrado en el infierno del odio y la violencia y que nuestra naturaleza ha sido “fabricada” con los elementos suficientes para hacer de la existencia una experiencia positiva. Eso lo experimenta uno cuando estudia las experiencias de quienes, luego de estar clínicamente muertos, han revivido y nos cuentan lo que vieron en ese “otro lado”: un mundo pleno de amor y de luz. Estoy convencido de que es en esa increíble dimensión espiritual en donde se revela nuestra auténtica naturaleza. Ese increíble mundo no es, estoy seguro, un sueño quimérico imposible, sino el hogar original del que partimos un día para venir a atravesar por la experiencia de vida que estamos viviendo en este mundo físico. Pero, además, estoy convencido de que ese estado de amor lo podemos empezar a construir desde ya en la Tierra y que eso incluye la construcción de una sociedad en la que la política no tiene por que ser un escenario de odio y violencia, sino una herramienta de crecimiento y enriquecimiento humano.
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Por Rubén Darío González Zapata
Colaborador oriundo de Ciudad Bolívar
Corregimiento Alfonso López (San Gregorio)


