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Investigación de Daniel de Jesús Granados Rivera Maestro investigador, formador de formadores de la I.E.N.S.A. Magister en Educación en la línea de Formación de Maestros UdeA danielgranados1971@yahoo.es

Cada mañana, cuando Gladys Yagari González entra al aula en el Resguardo Indígena Karmata Rúa, en Jardín, sabe que la enseñanza comienza mucho antes de abrir un cuaderno o escribir un tema en el tablero. Comienza en el saludo, en la conversación, en la disposición para escuchar y en la capacidad de reconocer quiénes son los estudiantes que tiene al frente. Después de diez años de ejercicio docente en su comunidad, sigue convencida de que ninguna clase puede construirse al margen de la realidad de quienes aprenden.

Integrante del pueblo Emberá Chamí y docente de básica secundaria y media, Gladys ha dedicado su trayectoria a acompañar los procesos educativos de niños y jóvenes de su resguardo. Allí orienta áreas como lengua materna, lengua castellana y ciencias políticas y económicas, una labor que asume desde una profunda convicción: antes de enseñar cualquier contenido es necesario comprender el contexto.

Foto: Cortesía. La escritura y la expresión de los estudiantes hacen parte de las estrategias pedagógicas que Gladys Yagari impulsa en el aula.

Esa forma de entender la educación tiene raíces profundas en su propia historia de vida. Gladys creció en Karmata Rúa en una familia donde el conocimiento no siempre provenía de los libros. Su madre, a quien describe como una mujer fuerte, bondadosa y profundamente enamorada de su territorio, no tuvo acceso a una educación formal amplia, pero le transmitió desde la infancia enseñanzas que hoy siguen orientando su caminar: el amor por la cultura, el respeto por los mayores, el valor de la familia y el orgullo de pertenecer al pueblo Emberá Chamí. Su padre, por su parte, despertó en ella la curiosidad por la investigación, la lectura y la creación. Aunque fue un hombre marcado por una época en la que a muchos indígenas se les prohibía hablar su lengua materna, años después encontró en la composición de canciones una forma de regresar a sus raíces y fortalecer su identidad.

La vida también la llevó a transitar escenarios distintos a los de su resguardo. Realizó sus estudios de bachillerato en Jardín, en una institución donde la mayoría de estudiantes y docentes provenían de contextos culturales diferentes al suyo. Aquella experiencia, que recuerda como desafiante para una joven indígena que debía abrirse paso en un contexto muy diferente, terminó reafirmando la importancia de conservar la lengua, la cultura y la identidad de su pueblo. Antes de llegar a las aulas también trabajó en espacios administrativos, tanto dentro como fuera de su territorio. Fue secretaria de la institución educativa, trabajó para el Cabildo y desempeñó funciones en entidades públicas. Sin embargo, fue en la docencia donde descubrió la profesión que terminaría convirtiéndose en el eje de su proyecto de vida.

Más allá del aula, Gladys ha sido una activa promotora cultural. Es cantora en lengua materna, impulsora de procesos de danza con niños y jóvenes, recopiladora de relatos de tradición oral y una convencida de que los adultos mayores son bibliotecas vivientes que resguardan buena parte de la memoria de los pueblos indígenas. Su interés por escuchar a los mayores, registrar sus saberes y acercarlos a las nuevas generaciones ha fortalecido su convicción de que educar no consiste únicamente en transmitir conocimientos, sino también en preservar la historia, la lengua y la identidad colectiva de una comunidad.

Foto: Cortesía. La maestra Gladys Yagari interpreta cantos en lengua materna como una forma de preservar y compartir la cultura Emberá Chamí.

Por eso, una de las primeras lecciones que ha aprendido como maestra es que las respuestas suelen ser más importantes que las explicaciones. Cuando inicia un tema nuevo evita comenzar con largas exposiciones. Prefiere preguntar. Quiere saber qué piensan sus estudiantes, qué conocen, qué imaginan o qué han escuchado sobre aquello que van a estudiar. Aunque las respuestas sean incompletas o incluso equivocadas, allí encuentra las pistas necesarias para orientar el aprendizaje.

Foto: Cortesía. La identidad, la lengua y la memoria cultural son ejes fundamentales de las experiencias pedagógicas que desarrolla en Karmata Rúa.

En su experiencia, muchos docentes se apresuran a explicar sin detenerse a escuchar. Ella, en cambio, considera que la pregunta abre caminos. Le permite conocer el punto de partida de cada estudiante y construir desde allí una enseñanza más cercana y significativa. Esa práctica también le recuerda que aprender no consiste únicamente en recibir información, sino en dialogar con ella.

La motivación ocupa un lugar fundamental en su trabajo pedagógico. Para Gladys, ninguna clase debería comenzar sin generar primero un ambiente de confianza. Una actividad sencilla, una dinámica para romper el hielo o una conversación breve pueden marcar la diferencia entre un estudiante dispuesto a participar y otro que permanece distante durante toda la jornada. Por eso procura que cada encuentro esté acompañado por palabras de ánimo y por el reconocimiento del valor que tiene cada proceso de aprendizaje.

Su formación en pedagogía intercultural le ha permitido fortalecer una idea que considera esencial: el conocimiento solo cobra sentido cuando dialoga con la realidad de quienes lo reciben. En un contexto indígena, donde muchos estudiantes crecen entre la lengua materna y el castellano, las explicaciones requieren sensibilidad, cercanía y claridad. Más que utilizar conceptos complejos, el reto consiste en encontrar formas de comunicación que permitan comprender, relacionar y apropiarse de los saberes.

Esa búsqueda permanente la ha llevado a diversificar sus estrategias pedagógicas. Las exposiciones, las lecturas, las salidas de campo, los audiovisuales, las actividades participativas y los ejercicios de análisis se convierten en herramientas para despertar la curiosidad y fortalecer la comprensión. Sin embargo, más allá de la metodología utilizada, lo que realmente orienta su práctica es la capacidad de observar cómo responden los estudiantes y ajustar el camino cuando es necesario.

Foto: Cortesía. La docente Gladys Yagari acompaña la formación de niños y jóvenes del Resguardo Indígena Karmata Rúa desde una apuesta educativa ligada al territorio y la cultura.

Al preguntarle por las experiencias más significativas de su carrera, le resulta difícil escoger una sola. Considera que cada día de trabajo deja una enseñanza distinta. Incluso las dificultades terminan convirtiéndose en oportunidades para reflexionar sobre la práctica educativa. Cuando surge un conflicto o un estudiante presenta comportamientos que afectan la dinámica del grupo, su primera reacción no es juzgar, sino preguntarse qué hay detrás de esa situación y qué puede aprender de ella como docente.

Esa manera de entender la educación está profundamente ligada a su visión de la etnoeducación. Para Gladys, enseñar implica partir de la identidad, del territorio, de la lengua y de la memoria colectiva. El aprendizaje no se encuentra únicamente en los libros; también habita en las montañas, en los ríos, en las historias de los mayores y en la relación que las comunidades construyen con la Madre Tierra. Educar es reconocer esos saberes, fortalecerlos y permitir que dialoguen con otros conocimientos.

Desde esa misma perspectiva entiende la interculturalidad como un ejercicio de encuentro. Un intercambio permanente entre diferentes formas de ver y habitar el mundo. Un tejido de saberes que permite aprender del otro sin renunciar a la propia identidad.

Al final, cuando habla de su profesión, Gladys vuelve siempre a la misma palabra: amor. Amor por sus estudiantes, por su cultura, por el territorio y por la posibilidad de acompañar a otros en la construcción de su proyecto de vida. Quizás por eso afirma que no existen días malos en la escuela. Existen retos, preguntas, aprendizajes y nuevas oportunidades para seguir creciendo. Después de una década en las aulas de Karmata Rúa, continúa encontrando en cada clase una razón para enamorarse nuevamente de la docencia y para confirmar que educar es, ante todo, un acto de compromiso y esperanza.

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