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¿Qué nos dice nuestro instinto?


Por Rubén Darío González Zapata 
Colaborador oriundo de Ciudad Bolívar
Corregimiento Alfonso López (San Gregorio)

Cuando esta columna aparezca publicada, ya Colombia habrá tomado una decisión política; tal vez la decisión más crítica de sus últimas décadas. Porque al momento de escribir estas letras y como estaba la situación en las horas previas, cualquier cosa podía pasar el 31 de mayo de 2026. Sin embargo, y fiel a mi propósito de ver en cada desenlace de la existencia una oportunidad y una lección de aprendizaje, creo que estas elecciones son un buen momento para la reflexión; una reflexión acerca de lo que debemos aprender de nuestro pasado, tanto el lejano como el inmediato; siempre pensando en la construcción del futuro. Independientemente de quién haya salido elegido este domingo o si se debe pasar a una segunda vuelta, las cosas cambian radicalmente si miramos los resultados, no como el triunfo contra un enemigo al que hay que odiar sino como una oportunidad para que, tanto la parte de los colombianos que salieron derrotados como los que salieron triunfadores, decidan que esta es una ocasión que está a nuestro alcance para hacer de la nuestra una sociedad más justa, con las herramientas que tengamos a la mano.

El enemigo

Cuando uno analiza el estado de ánimo de tantos colombianos (no todos los colombianos, claro), partiendo de los comentarios de la familia, las redes sociales, del vecino de al lado, del taxista, de muchos de los compañeros y compañeras con los que ocasionalmente nos reunimos para tomarnos un tinto, la constante que sale a flote con más frecuencia es, en primer lugar, la del miedo. Un miedo que se alimenta como primera medida, de los discursos de los mismos candidatos: del que nos notificó que, cuando llegue a la presidencia, va a erradicar (a destripar) a la izquierda ¿Quién que milite en un movimiento político diferente a los partidos tradicionales no va a sentir temor (o una gran desconfianza al menos) ante semejante amenaza? O del que aparece ante los colombianos como el defensor (o defensora) de un sistema (el estatus quo) que tradicionalmente ha gobernado el país. ¿Quién no va a sentir temor y desesperanza ante la perspectiva de continuar siendo gobernados por un sistema que, luego de 200 años, sigue siendo incapaz de erradicar los problemas estructurales de la desigualdad social, el atraso y la dependencia económica? O del que tiene una propuesta que defiende lo que ha sido el actual gobierno, cuyos hombros cargan el fardo de un pasado marcado por la sombra de la violencia y de una izquierda que en sus orígenes pensaba que un marxismo a la latinoamericana era la solución social para los países de América Latina; por unos grupos de guerrilla que, una y otra vez, nacen, crecen, se dividen y desaparecen, en una constante trágica que hace que toda esperanza de paz sea vana. ¿Quién no va a sentir temor ante la perspectiva de que la continuación de un gobierno como el actual, en concepto de quienes se le oponen, pese a que tiene logros evidentes, con sus errores, improvisaciones y fracasos, pueda ser un salto al vacío?

La otra constante, mucho más peligrosa aún, es la del odio. Los colombianos hemos heredado de nuestro pasado esa enorme carga de la que, al parecer, jamás nos vamos a poder desprender. Un odio que se alimenta, en primer lugar, de la creencia de que quien no piensa como nosotros es una amenaza, un enemigo al que hay que combatir y, en el peor de los casos, desaparecer. Este sentimiento se nutre, como primera medida, de los prejuicios e ideas preconcebidas con las que fuimos educados y, en segundo lugar, de la desinformación o de información sesgada; una información en la que abundan las verdades a medias, mentiras completas y una constante incapacidad para recibirla con sentido crítico más una adecuada capacidad para contextualizarla debidamente.

El desafío

Ante una realidad como esta, los colombianos estamos en la obligación de tomar conciencia de que, de alguna manera, todos tenemos nuestro grado de responsabilidad en la sociedad que tenemos hoy y, a la vez, una responsabilidad frente a la sociedad justa, desarrollada y equitativa que debería ser la nuestra en el futuro. La tienen los que pregonan que, a quien piensa diferente, hay que excluirlo, inclusive eliminarlo; los que creen que el Sistema dentro del cual hemos sido gobernados en estos 200 años de existencia como país teóricamente independiente, hay que mantenerlo a toda costa, sólo con unos cuantos maquillajes para que aparezca razonablemente aceptable. Lo posee la izquierda, que debe demostrar, con hechos, que tiene la suficiente humildad para aceptar que ha cometido errores de los que deben aprender, más la suficiente inteligencia para entender que el país todos queremos tener debe ser construido entre todos.

La visión

Sólo de una forma como esta, la experiencia que estamos viviendo puede convertirse en un punto de partida, en lugar de ser un punto de retorno hacia un capítulo del pasado, el cual debería quedar cerrado para siempre. Es lo que, probablemente, nos está diciendo nuestro elemental sentido de supervivencia.

NOTA EDITORIAL

200 columnas para pensar el Suroeste

Hacemos un reconocimiento especial a Rubén Darío González, quien alcanza la publicación de su columna número 200 en EL SUROESTE. Durante estos años, sus escritos han acompañado a nuestros lectores con reflexiones sobre la realidad regional y nacional, aportando puntos de vista, preguntas y análisis que han enriquecido la conversación pública. Llegar a 200 entregas es muestra de disciplina, constancia y compromiso sostenido con la escritura y con el ejercicio de compartir ideas en un espacio abierto al diálogo.

Para EL SUROESTE, que este año también continúa consolidando su trayectoria como medio regional, resulta motivo de orgullo contar con colaboradores que han hecho de este espacio un lugar para la opinión, la reflexión y el encuentro de distintas miradas sobre nuestro territorio.

A Rubén Darío González, nuestro agradecimiento por la confianza depositada en este periódico y nuestras felicitaciones por este importante logro. Que esta columna número 200 sea también el punto de partida para muchas más reflexiones al servicio de nuestros lectores y de la región que compartimos.

 

 

 

 

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