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Por Nicolás Antonio Vásquez López Cronista

La fotografía es una calca simbólica de mi infancia paseando por el atrio de Amagá. Una imagen perpetua en el papel refresca la memoria averiada por las reformas arquitectónicas actuales. La fotografía fue tomada en el 2012 por Julian Urrego, director de teatro amagaseño; captura las casas antioqueñas de dos pisos, balcones espaciosos y coloridos; la casa cural, emisora y el templo parroquial San Fernando se encuentran allí. Ya no están las casas de antaño; única en pie, aunque en venta, la casa de nacimiento del escritor Emiro Kastos. El último en irse es el guayacán amarillo de la esquina contigua a la flota Tratam. El parque principal de Amagá ha sufrido a lo largo de la historia descuartizamientos impúdicos, inconsultos. No basta con demoler el muro, levantar el piso lozado, desbarajustar el patrimonio material; no contentos con el memorial de agravios, agreden al árbol urbano. En el parque existen diseminados a ojo de “mal cubero” una docena de guayacanes, en su mayoría amarillos.

No florecen al mismo tiempo; la sincronización no los acompaña. Es un árbol tropical caducifolio. Se desnuda de hojas para vestirse de moños amarillos. Jaspean el cordón de montañas de motas oropéndolas. Varios árboles en el parque están enfermos, no guayacanes solamente. Revisar el samán de la esquina diagonal al Edificio del Café. Las brigadas fitosanitarias son impostergables; los árboles nos temen. Sociedad fitófaga El tocón, así se le denomina a la incipiente rodaja de asiento resultado del corte transversal de la motosierra, dejándolo humillado mientras aún el sistema radicular se aferra a la tierra. Viven más de 60 años. Claro, si sobreviven antes a la implacable ley del menor esfuerzo.

Es una infamia no prestar servicios básicos de fitosanidad a los árboles. El acuerdo 001 de 2010, “por medio del cual se declara al árbol del guayacán como patrimonio público y se adopta su flor como símbolo del municipio de Amagá”: Concejo Municipal de Amagá. Asimismo, la Plaza de Mercado fue rebautizada como “Guayacanes”. Las cosas están al revés; el discurso elocuente se justifica con acciones protectoras de los “símbolos”. ¿Puerta de oro del Suroeste antioqueño? ¡Ay, Ethel, se nos mueren los guayacanes amarillos!

Sustituir a los árboles talados con otros de la misma especie sería un mínimo de responsabilidad por quienes no tuvieron la oportunidad de sentir el esplendor del guayacán amarillo en esa esquina del parque.

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