Comparta esta noticia

Por Ángela María Ruiz Idárarga
Maestra en la Escuela Normal Superior Amagá
Magister en Educación

En muchas ocasiones, cuando se habla de evaluación en la escuela, se piensa únicamente en notas, resultados, informes finales, última semana del periodo académico, pruebas externas. Sin embargo, en mi práctica pedagógica he venido construyendo una mirada distinta: evaluar no es medir, es mediar, es acompañar y creer que el otro es capaz y puede.

Desde el enfoque de la Escuela Normal Amagá sociocrítico, la evaluación se convierte en un proceso permanente que busca comprender cómo aprenden y desaprenden los estudiantes, reconociendo no sólo lo que saben, sino también lo que hacen y, sobre todo, lo que son como personas en formación. En este sentido, la evaluación la asumo como un proceso dialógico y reflexivo que favorece la construcción crítica del conocimiento, tal como lo plantea Paulo Freire (1996) al entender la educación como una práctica de la libertad.

En el aula, en mi rol de maestra implica ir más allá de un examen, de una exposición, de un taller, entre otras técnicas o instrumentos evaluativos. Significa abrir espacios de diálogo, escuchar a los estudiantes -mi razón de ser-, permitirles reflexionar sobre su propio proceso a través de la autoevaluación y reconocer el valor de la coevaluación como ejercicio de respeto y construcción colectiva.

Asimismo, valorar los aprendizajes no se limita a verificar si un contenido, hoy objetos de conocimiento y objetos de enseñanza, fue memorizado. Se trata de observar cómo el estudiante interpreta la información, cómo la argumenta y cómo logra proponer ideas o soluciones en su contexto. Es allí donde la evaluación cobra verdadero sentido. Es necesaria la información cognitiva (lo que se aprende), pero es trascendental el proceso cognoscitivo (qué hago con lo que aprendo).

Otro aspecto fundamental es entender el error no como un fracaso, sino como una oportunidad de mejoramiento y de aprendizaje. Por ello, generar espacios de nivelación y retroalimentación no es un acto remedial hoy denominado espacio de nivelación, sino una apuesta pedagógica por el crecimiento de cada estudiante, y de paso de cada familia, que ha creído en mi institución y en sus procesos.

La familia también cumple un papel esencial. Mantener una comunicación cercana con los acudientes me permite construir un acompañamiento más consciente y comprometido con el desarrollo integral de los estudiantes. Cada familia me marca la ruta a seguir, cada vez que el acudiente se despoja de su privacidad familiar y me cuenta alguna estrategia o técnica familiar que le ha dado resultado como pauta de crianza formativa, a mí también me servirá en esta relación horizontal de estudiante maestra.

Evaluar, entonces, deja de ser un mecanismo de control en mi práctica pedagógica, aunque tengo que reconocer que da cuenta de la política estatal para conservar la estratificación social. Para convertirse entonces en una herramienta de transformación, de crecimiento para el estudiante. Una transformación que impacta los aprendizajes, la manera en que los estudiantes se reconocen a sí mismos y se preparan para participar críticamente en la sociedad. Porque educar no es sólo enseñar contenidos, es formar sujetos capaces de comprender su realidad y, sobre todo, de transformarla.

Referencia 
Freire, P. (1996). Pedagogía de la autonomía: saberes necesarios para la práctica educativa. Siglo XXI Editores.

Comentarios
Comparta esta noticia