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Por Nicolás Antonio Vásquez López
Cronista

Son las 6 de la tarde del sábado; agendo la travesía con mis amigos, empecinados en salir en bicicleta por el pueblo. Mi amigo E. y mi amigo S. despedimos del casquete urbano por la carrera Santander, para salir a la vía Troncal del Café hacia Las Areneras, en hilera; rueda a rueda va la biela, primero mi amigo E., segundo yo y tercero mi amigo S., en formación, en lote de bicicleteros. Un augurio atisba peligro de lluvia; no sucede, más bien ventea. Un aire furioso, huracanado, nos golpeaba el pecho, el cogote, el cuerpo entero en lo alto de Yarumal. En la travesía nocturna Maní del Cardal-Yarumal, al recorrido llevamos unas linternitas mortecinas, letárgicas, agusticiosas de pilas titilantes; casi no veía, distinguí algunos bultos amorfos, piedras filosas me querían sacar del camino, gatos ocultos en vericuetos oscuros, el latido bravío de los perros en los portones de las fincas; las arengas de ánimo desde un vehículo en la vía hacían resurgir las ganas en el típico balanceo del jinete sobre el arcén de la vía. Minutos atrás, un motociclista hizo una maniobra impertinente; nos rebasa a velocidad alta como una saeta entre mi amigo S y yo. Crispado y con el temperamento alterado, lo putié. En la vereda Yarumal el viento es furioso; sentados en el mirador El Venidero, los cantos de los árboles me hacen recordar dos líneas del Huérfano de Epífanio Mejía: “…Y en las hojas de los árboles suspira el nocturno viento”…  Una ráfaga de viento bota por el desfiladero el casco, una epifanía, y canta: “…¿Por qué al son de las borrascas que rugen enfurecidas sueltas las notas queridas de este su canto ideal?…” Desciendo a tientas por el desfiladero a rescatar el casco atascado, por fortuna, en un arbusto. Aquel viento de la sima contrasta quejumbroso con el pesado viento a nivel del Mall La Despensa, Paso Nivel y alrededores; bajo un olor nauseabundo, fisgón, malhechor, inunda el aire y las sensibles vellosidades de la nariz; parece curaduría de zorrillos, un festival de la hediondez.

Por estos días los vientos han serpenteado el poblado con sus olores agrios; la gente arruga la cara, lleva la pinza de los dedos a la nariz en señal universal de insoportable mal olor. Nosotros, los habitantes de Amagá, distinguimos las malas horas, cuyas impertinentes señales levantan desacuerdo común. La lluvia potencia descarada la impertinente hedentina: ¡fo!, ¡fo!, ¡fo! Rancia, el pueblo padece una fosa maloliente; los amagaseños, a suerte de reconocimiento, fuera, más allá del cordón de las montañas, identifican el pueblo y su huracán apestoso. ¡Corantioquia! Déjanos ver las recomendaciones de urgente acatamiento; una entidad desprestigiada por su endeble figura frente a la industria contaminante.

Es lunes, la plaza llena, el furor de un pueblo en la tarde después de llover; el vaho azufrado recorre los rincones, los habitantes no pueden, la carga cada vez se hace mayor, los olores incrementan su descompuesto descontento. Sanimax, antiguo Agrosan S.A., emite un comunicado público convencido de su papel bien fundado, informando de la problemática; explica un represamiento de material perecedero. Amagá ha represado el desencanto por décadas; no sólo es este olor, son otros olores, son otros centros industriales de emisión; pronto, igual que ayer, vendrá la mala hora.

Lectura recomendada: 

Crónica parroquial: Angelópolis y el automóvil rojo

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