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Investigación de Daniel de Jesús Granados Rivera
Maestro investigador, formador de formadores de la I.E.N.S.A.
Magister en Educación en la línea de Formación de Maestros UdeA
danielgranados1971@yahoo.es

Esta segunda entrega de mi narrativa pedagógica recoge una etapa profundamente significativa de mi vida, cuando llegué al municipio de Salgar, en el Suroeste antioqueño, para continuar construyendo mi vocación docente. Entre cafetales, viajes en chiva, aprendizajes compartidos y el calor humano de las familias campesinas, fui comprendiendo que enseñar también era dejarse transformar por el territorio y por las historias de quienes hacían parte de él.

Después de haber vivido la experiencia y permanecido durante dos años en la Escuela San José del León, del municipio de Mutatá, ubicado en el Urabá antioqueño, relato mi experiencia como maestro en el municipio de Salgar, ubicado en el Suroeste antioqueño.

Cuando la vida nos da una nueva oportunidad, se presentan nuevas posibilidades. Tras superar el concurso de méritos para ocupar cargos docentes, Salgar fue para mí una nueva mirada. Aunque dejaba atrás la brisa continua, los caminos, las orillas de los ríos y la fuerza natural de los árboles de un lugar inhóspito donde fui feliz alrededor de mis estudiantes y en medio de una región abandonada por el Estado, marcada por la violencia y por la lucha entre lo humano y lo inhumano, aquella experiencia me ayudó a crecer en mi oficio de ser maestro.

Llegar a la Escuela León de Greiff fue una nueva aventura. Siendo muy joven y con poca experiencia, cambié el caballo por la chiva o escalera como le conocían para viajar. Fue en una mañana nublada cuando comenzó una nueva historia para contar. Allí, en una escuela ubicada en la vereda El Atraco, arriba del corregimiento La Cámara, a orillas del río Barroso y al lado de las peñas, empecé una nueva etapa de mi vida. Cada ocho días viajaba a la universidad y regresaba a casa.

Cambió también mi manera de acompañar los procesos educativos. Ya no era la escuela de tabla y zinc, la ramada o la pesebrera; era una escuela de adobe y techo de Eternit, ubicada a la orilla de la carretera, donde los niños se subían a la chiva y llenaban de alegría mi alma de maestro día tras día.

La vereda estaba habitada por una comunidad exigente, con vocación por la siembra, el cultivo y la recolección de café, uno de los productos que identifican a Colombia ante el mundo. La mayoría de los niños campesinos no portaban uniforme. Sus padres vivían del cultivo y la recolección del café en pequeñas parcelas, aunque muchos también trabajaban como cuidadores de fincas de grandes terratenientes de la región. Era gente amable, acogedora y colaboradora con los procesos de formación de sus hijos, como lo hacían doña Nelly y don Omar, quienes tenían seis hijos en edad escolar.

Al inicio vivía en la escuela, pero después, debido a la violencia que también atravesaba estos lugares en aquella época, empecé a viajar en las mañanas en la escalera que llamábamos “La Concordina”, la cual subía antes de las ocho de la mañana y bajaba hacia las dos de la tarde.

Cómo olvidar en el pueblo la compañía de mis grandes compañeros de la pedagogía: Lucelly, de Pueblo Rico; Ángela, de Urrao (Q. E. P. D.); Beatriz, de Fredonia; Flor Ángela, también de Fredonia; Jorge Jaime, de Caramanta; Teresita, de Carolina del Príncipe; y, en algunas oportunidades, Patricia, de Jericó. Eran pueblos donde hubo normales o aún existen. Aquel era nuestro lugar de encuentro, pues todos estudiábamos pregrado en distintas universidades y viajábamos cada fin de semana a estudiar, regresar a nuestras casas o visitar nuestros lugares de origen.

Yo esperaba el bus en el Corazón de Jesús, ubicado sobre la Troncal del Café, pasando por Amagá. Compartíamos la comida; todos llevábamos fiambre preparado por nuestras madres. Y qué decir de los encuentros en el café bar Torremolinos o en el Parque de las Mionas, preparándonos para una nueva semana llena de sorpresas.

La escuela funcionaba con metodología de Escuela Nueva. Teníamos más de 70 estudiantes para dos maestros: la directora María y yo. Durante mi permanencia en este lugar atendí diferentes grados: preescolar, primero y quinto. La experiencia ya tenía otro viraje: más cercanía con el pueblo, mejores medios de comunicación y transporte, además de una cualificación docente permanente y continua, hasta graduarme como licenciado y especialista en Educación. Luego inicié otra especialización en lúdica para el desarrollo social y cultural. Así iba avanzando, con el propósito de ayudar a mis padres, mientras disfrutaba profundamente de su compañía.

Por aquella época de los años noventa hubo varias cualificaciones sobre la enseñanza de la lectoescritura y de las matemáticas, además de la asistencia a microcentros que me permitían crecer cada día más como maestro. Sin embargo, hubo una estrategia que llegó como anillo al dedo: Cafetitos 2000, programa en el que la Federación Nacional de Cafeteros invirtió en procesos educativos para escuelas con metodología de Escuela Nueva.

Otro valor agregado era que muchas de las escuelas habían sido construidas por el mismo Comité de Cafeteros. Entonces, la capacitación se compartía entre las familias, los niños y los maestros. Aunque parecía obvio, la comunidad sabía mucho de este proceso artesanal relacionado con el café, pero también aprendimos desde la siembra y el almácigo hasta la recolección y la degustación de un delicioso café.

Todo esto se convirtió más adelante en una metodología de enseñanza para el aprendizaje, donde los procesos matemáticos y de lectura y escritura hacían alusión al café. Las lecturas, los ejercicios y muchas actividades giraban alrededor de esta palabra, logrando aprendizajes significativos articulados a las guías de trabajo propuestas por el Ministerio de Educación Nacional -MEN.

De igual manera, se venía fortaleciendo la propuesta de educación integral como resultado de la interpretación de mi trabajo de pregrado, donde los talleres con la comunidad tenían un valor agregado: compartir una taza de delicioso café, unas veces preparado en el lugar y otras comprado en la tienda, ya industrializado en bolsa o en envase de vidrio. Así fue tomando forma una estrategia que sensibilizó a los estudiantes y a la comunidad en general.

La escuela sufrió problemas en su planta física y nos trasladamos a compartir aprendizajes en los corredores de una gran matrona y líder comunitaria, doña Estella Benítez (Q. E. P. D.), quien nos brindó su espacio. Allí aprovechamos para adentrarnos en los cafetales, conversar con los trabajadores, hermanos, primos y padres de los niños. Incluso, en las tardes recogíamos café, hacíamos cuentas y solucionábamos problemas de la vida cotidiana.

También soñábamos con salir de paseo gracias a la recolección de café que nos aportaban los finqueros y pequeños agricultores. La primera salida la organizamos para ir al pueblo mediante una clase paseo. Después viajamos con los niños y sus familias al municipio de La Pintada, a un centro recreativo. Más adelante, a final de año, realizamos un recorrido por algunos lugares de Medellín en época decembrina: los alumbrados, el Jardín Botánico, el Metro, el Pueblito Paisa, el zoológico y hasta un paseo en chiva nocturno.

Todo aquello fue un espectáculo para el aprendizaje, y la motivación fue tan grande que ayudó a evitar el ausentismo y mejorar la permanencia escolar bajo el pretexto de la palabra café.

Además, cómo no recordar la construcción colectiva del Proyecto Educativo Institucional -PEI, orientado por la Ley General de Educación o Ley 115 de 1994 y sus decretos reglamentarios, que para aquella época estaban en auge en las escuelas. El empeño y compromiso con este trabajo me hicieron merecedor al reconocimiento como mejor maestro de la escuela, incentivo otorgado por el MEN.

Allí permanecí durante cinco maravillosos años, en mi Salgar del alma. Qué rico Salgar de noche, el frio, el rio, el ambiente. La formación profesional, el trabajo con la comunidad y las experiencias de vida marcaron profundamente mi paso por la escuela más conocida como “La Escuela del Atraco”.

Cuenta la población adulta que hace muchos años asaltaron el carro que transportaba el dinero para el Banco Cafetero y el Banco Agrario. Dicen que, en el patio de la escuela, robaron el dinero transportado y que aún permanece la evidencia de una cruz que recuerda aquel acontecimiento.

Sin lugar a dudas, la Escuela del Atraco permanecerá en mi memoria, al igual que el Cerro Plateado, como Cristo imponente en la cruz, tal como lo narra el himno de los salgareños, y el imponente templo de San Juan Evangelista, cuyas campanas resuenan en los amaneceres y atardeceres de esta prodigiosa tierra del Cacique Barroso.

Hoy, al mirar atrás, comprendo que cada camino recorrido, cada escuela y cada estudiante dejaron una huella profunda en mi vida personal y profesional. Salgar no solo fortaleció mi vocación como maestro, sino que me enseñó el valor de la comunidad, del aprendizaje compartido y de la educación construida desde la realidad de las personas y los territorios. Entre montañas, cafetales y sueños colectivos, confirmé que enseñar también es sembrar esperanza, permanecer en la memoria de los otros y permitir que las experiencias vividas sigan dando frutos con el paso del tiempo.

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