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Por Ángela María Ruiz Idárraga
Maestra en la Escuela Normal Superior Amagá
Magister en Educación

Hablar del egresado de una Escuela Normal es referirse a una identidad que trasciende el tiempo y las circunstancias. No se trata únicamente de un título obtenido, sino de una huella profunda que permanece en el ser y acompaña cada decisión, cada palabra y cada acto a lo largo de la vida. La formación normalista se construye día a día entre aprendizajes académicos, experiencias pedagógicas y vivencias humanas que configuran una manera particular de comprender el mundo y de servir a la sociedad.

Cada estudiante que transita por las aulas de la Escuela Normal crece no sólo en edad y conocimiento, sino también en sensibilidad, compromiso y responsabilidad social. Allí se aprende que educar es mucho más que transmitir contenidos; es reflexionar y formar para la vida. Por ello, dondequiera que habite el egresado, en su ser y en su estar, lo acompañará siempre la esencia normalista, esa impronta que lo distingue y que permanece intacta aún con el paso de los años.

En un silencio que no registran los calendarios persisten las memorias de la adolescencia compartida: las travesuras propias de la edad, las risas, la inquietud juvenil y el entusiasmo de cumplir con todo aquello que la Escuela Normal proponía. Son anécdotas imborrables que regresan con fuerza en cada encuentro de egresados, donde el tiempo parece suspenderse y el ayer vuelve a hacerse presente en las voces, en las miradas y en la alegría de quienes compartieron una misma historia formativa, y porque no también también el recuerdo de lo triste, de aquello que a veces no quisiéramos traer en las palabras.

Esos encuentros regocijan el alma porque no reconocen distancias temporales. Aunque la cronología se evidencie en los rostros y en las experiencias acumuladas, hay algo profundamente intacto: el vínculo humano y el orgullo de pertenecer a la Escuela Normal. Y qué significativo resulta cuando, en medio de esos reencuentros, aparece un maestro de aquellos que, incluso después de cuarenta años, recuerda el nombre de sus estudiantes. En ese instante se confirma que la educación deja huellas mutuas y permanentes.

Hoy, esta reflexión adquiere un valor especial para nuestra institución, que se encuentra en proceso de alistamiento frente a la verificación de condiciones de calidad por parte del Ministerio de Educación Nacional, prevista para el año 2027. Dentro de dichas condiciones, el seguimiento a los egresados ocupa un lugar fundamental, no sólo como requisito para el proceso de acreditación, sino como una oportunidad para reconocer el impacto histórico y social que durante 68 años ha tenido la Escuela Normal en la formación de maestros y maestras con alta calidad humana, pedagógica y liderazgo social más allá de la zona de influencia, rompiendo límites en lo glocal.

Maestros egresados de la Escuela Normal de Amagá que hoy hacen parte de la institución como docentes formadores de nuevas generaciones.

Esta motivación también nace de mi propia historia. Soy egresada de la Escuela Normal, laboro en ella, mis hijos son egresados de la institución y espero culminar aquí mi vida profesional. Hablar de los egresados es hablar de una comunidad que ha mantenido viva su esencia a través del tiempo. Los cambios sociales y educativos no han modificado la resultante de nuestra formación: seguimos siendo maestros para la vida. Incluso quienes, por opción vocacional o laboral, decidieron desempeñarse en otros campos profesionales, continúan llevando consigo el sello indeleble de ser egresados de la Escuela Normal.

Por ello, hoy extiendo una invitación respetuosa y fraterna a todos nuestros egresados para que compartan sus testimonios, recuerdos y experiencias de formación. Sus voces son fundamentales en este proceso de acreditación y, sobre todo, en la construcción de la memoria viva de nuestra institución. Cada historia confirma que ser normalista es asumir una forma de habitar el mundo desde la ética, la sensibilidad humana y el compromiso con la educación y la vida.

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