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Todos somos Colombia


Por Rubén Darío González Zapata 
Colaborador oriundo de Ciudad Bolívar
Corregimiento Alfonso López (San Gregorio)

Soy hombre / mujer indígena. Dicen los que han estudiado nuestros orígenes que los ancestros se empezaron a establecer en las tierras de lo que hoy es Colombia (y en general en América) probablemente hacia los 19.000 años antes del año 1 de la era actual; aquí fundaron sus hogares e iniciaron el proceso de construcción de lo que, con el pasar de los milenios, llegó a ser nuestra cultura y cosmovisión. Durante todo ese tiempo todos nosotros (somos muchas y variadas familias o tribus) desconocimos la existencia de otras ramas de la especie humana. Es más, creíamos que la nuestra era la única especie humana que habitaba la tierra, una tierra que nos había sido entregada por unos seres mitológicos a los que llamábamos dioses, quienes les enseñaron a los tatarabuelos a cultivar la tierra, a cazar, más otros oficios necesarios para sobrevivir. Creíamos, por tanto, que, más allá de lo que podíamos ver y tocar, existían seres poderosos que dirigían el comportamiento de la naturaleza y también nos castigaban si no los obedecíamos o si no nos mostrábamos agradecidos con ellos. Esos seres estaban encarnados en la tierra, las plantas, los ríos, las lluvias, el viento y los animales. En realidad, toda la naturaleza, y nosotros con ella –según rezaba nuestra cosmovisión– estaba impregnada de la presencia sagrada de esos seres misteriosos. La naturaleza y ellos eran, en realidad, una misma cosa.

Pero un día –dicen que fue por allá en el año 1492– llegaron unos seres extraños, muy diferentes a nosotros. Supimos, sin embargo, que eran humanos porque, igual que nosotros, caminaban sobre sus dos pies y se entendían entre ellos con palabras, aunque en un idioma incomprensible. Inicialmente a nuestros ancestros se les ocurrió que se trataba de los dioses. Después de todo –pensaron– talvez esos seres sagrados habían decidido venir a convivir con ellos de manera visible. ¡La idea era fantástica! Con ellos se podría formar una sociedad en la que sus conocimientos y los de ellos; sus habilidades y las de ellos; su cosmovisión y la de ellos; de todo ese material transformado a través de una especie de nueva creación, saldría una nueva sociedad, más sabia, más espiritual, con niveles de desarrollo cultural más elevado y más espiritual, con profunda sensibilidad por la fragilidad de la naturaleza –al fin y al cabo, ellos eran esos seres que habían permanecido mimetizados en el entorno y nuestros ancestros por su lado sentían que eran parte de  ello–. Todo parecía muy bello, muy fácil ¡Demasiado hermoso para ser cierto!

Porque muy pronto la realidad se impuso sobre la ingenuidad, cuando nuestros tatarabuelos tuvieron que darse cuenta de que esos seres extraños no eran ningunos dioses, ni siquiera estaban emparentados con los dioses. Eran, sencillamente, humanos que, por encima de todo, buscaban riquezas y poder, además con un propósito: imponer su cultura y su religión, sin contar para nada con su asentimiento, su pensamiento, la propia cultura y sus valores religiosos. Incluso para muchos de ellos, nuestros ancestros ni siquiera eran seres racionales con alma. Tan en serio se habían tomado esa creencia que el jefe de su religión, el papa Pablo III, en 1537, tuvo que salir a declarar oficialmente que los habitantes de estas tierras eran también seres racionales que tenían alma, con derecho a la libertad y a sus propiedades, igual que los mismos europeos. Una declaración que, sin embargo, sirvió de muy poco, porque nuestros tatarabuelos siguieron siendo tratados como seres inferiores y, en el menor de los casos, como una especie de menores de edad a los que había que convertir al cristianismo por las buenas o por las malas, y que debían estar sometidos, como esclavos en la práctica, a un amo español bajo una figura llamada la encomienda. De esta forma, los indígenas lo perdimos todo: nuestra dignidad, nuestra cultura, nuestras tierras y, desde luego, nuestra independencia. Desafortunadamente, cuando nuestros ancestros tomaron conciencia de esta terrible realidad era ya demasiado tarde.

No obstante, algo de esperanza renació en nosotros con la Guerra de la Independencia, que culminó en el año de 1819. De los discursos de los líderes criollos se podía inferir que, una vez obtenida la ansiada libertad, todos los neogranadinos (el país se llamaba Nueva Granada en esos años) pasarían a convertirse a partir de ese momento en ciudadanos con la misma categoría y que quienes iban a tener a su cargo el gobierno de la república recién fundada lo harían en beneficio de todos los habitantes y no sólo en una parte de ellos. Pero, una vez más, descubrimos con frustración que una parte de la población quedaba excluida en la práctica: eso lo supimos nosotros los indígenas y otras etnias como los afrocolombianos. De esta forma, el despojo de tierras y el desconocimiento de nuestra cultura y pensamiento, incluso el reconocimiento oficial de nuestra existencia como etnia con sus propias características, siguió siendo algo ignorado. Con la Independencia en realidad, nada había cambiado. Para el constituyente de 1886, por ejemplo, los indígenas seguían siendo solamente “salvajes a los que había que civilizar y cristianizar”. Ese desconocimiento oficial perduró hasta que en la Constitución de 1991 se decretó que Colombia es un país con poblaciones diversas; allí se reconoció oficialmente la existencia de las etnias indígenas y afrocolombianas como poblaciones con derechos, entre ellos el derecho a vivir de acuerdo con sus costumbres, cultura y, desde luego, con derecho a la propiedad de sus tierras y –aspecto este muy importante– con derecho a poder formar parte de las instituciones gubernamentales y legislativas. ¡Imagínense, fue necesario que pasaran más de siglo y medio después de la Independencia y más de seis siglos y medio desde la llegada de los españoles a América, para llegar a esta conclusión tan evidente!

Pese a lo anterior, en las mentes de muchos colombianos no indígenas (no en todas afortunadamente), ha seguido prevaleciendo la idea según la cual nuestras etnias son una especie de clase inferior, sin pergaminos, títulos, apellidos, sin amigos económicamente poderosos, para tener acceso, por ejemplo, a una curul en el Congreso ni, ¡mucho menos!, a una vicepresidencia. Señoras y señores con doctorados, en cuyo vocabulario es habitual escuchar la despectiva palabra indiamenta. Pero nosotros sabemos que nuestros pergaminos y títulos son los que nos otorgan los secretos de la naturaleza, así como los conocimientos que nos legaron los ancestros, y que nuestro título más honroso, más que cualquier título humano, es el de ser hijos de la Madre Tierra. Sabemos asimismo que tenemos, igual que todos los demás seres humanos, la inteligencia, las habilidades y destrezas suficientes para adquirir nuevos conocimientos en la medida en que nuestras regiones dispongan de los medios de estudio y desarrollo que les han sido históricamente tan esquivos. Tenemos ejemplos para mostrar. El acceso a esos beneficios, lo sabemos, no nos lo van a otorgar los señores y las señoras que han tenido tradicionalmente el poder, así que nos corresponde a nosotros luchar por ellos con los medios a nuestro alcance, especialmente los que nos fueron reconocidos en la Carta Constitucional del 91, no para menguar los derechos de los demás sino para hacer valer los nuestros y los de otras etnias que evidentemente siguen siendo excluidas. Porque para nosotros, los que llegamos a estas tierras hace más de 20.000 años, no hay sino una sola Colombia, una en la que todos podemos caber: la COLOMBIA DIVERSA.

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