¿Dónde te encuentras, alma mía?
Por Rubén Darío González Zapata Colaborador oriundo de Ciudad Bolívar Corregimiento Alfonso López (San Gregorio)
Por primera vez desde que hace ya varios años estoy publicando semanalmente esta columna para el Periódico EL SUROESTE, súbitamente y lleno de espanto experimento lo que algunos llaman el síndrome de la hoja en blanco. Ese bloqueo mental que paraliza al escritor, bien porque no tiene ni idea acerca de qué escribir o bien porque es tan abundante el material sobre el qué escribir que parece imposible poder condensar algo en unas cuantas letras. Es exactamente lo que siento en estos momentos. Me enfrento, de esta forma, a todo un mundo de ideas que se arremolinan en mi mente como gallinazos que dan vueltas en el aire alrededor de una mula muerta, esperando con ansiedad el momento adecuado para aterrizar y poder empezar a disfrutar de su banquete.
¿Cómo ordenar las ideas para que estas fluyan serenamente a través de la pantalla de mi computador, de tal forma que su efecto sea como el de un manantial de agua cristalina que le da vida a un hermoso jardín en la llanura? ¿Cómo lograr que estas sean algo así como la semilla de café que, una vez depositada en la era, empieza a germinar hasta llegar a convertirse en un hermoso árbol, el que, con el tiempo, luego de una blanca florescencia, producirá el grano milagroso del que saldrá el tinto alrededor del cual nacen amores, se cultivan amistades o se crece como familia? ¿Cómo lograr que estas sean ladrillos con los que se edifican bellos hogares y no borrascas destructoras de amistades y de relaciones familiares que nos dejaron como herencia nuestros abuelos? En mis ratos de ensoñación imagino un mundo donde cosas como estas son posibles, tal como lo han propuesto a través de la historia grandes soñadores: Lao Tse, Buda, Thomas Moro en su Utopía y, de manera especial Jesucristo.
No obstante, mi consciente me recuerda, como si de una pesadilla se tratara, que pasamos por un momento de nuestra existencia como país que, hasta hace apenas unas semanas, si acaso unos cuantos meses, habría imaginado como un imposible mundo surrealista. ¡No, no estoy soñando ni se trata de una pesadilla pasajera! Por doloroso que parezca, hace apenas cosa de unos días supe, como quien recibe un garrotazo en la cabeza, que Colombia es un país dividido en dos mitades, en el que una mitad mira a la otra como a un enemigo al que hay que odiar, incluso destruir. Algo parecido a lo sucedido aquel 13 de agosto de 1961, cuando al despertar los habitantes de una gran ciudad descubrieron con horror que esta estaba dividida por un muro infranqueable. De esta forma familias, amigos y conocidos, habían quedado, de un momento a otro, separados por la decisión absurda de un sátrapa que no encontró otra forma de solucionar las contradicciones e incoherencias de un modelo político que su pueblo se resistía a aceptar. ¿Quién levantó el muro (esta barrera psicológica) en Colombia? Creo que hay dos responsables: por una parte, están los líderes políticos de uno y otro lado. Ellos, con sus estrategias para promover emociones y delirios, prejuicios y miedos, crearon el clima adecuado; por otra parte, estamos nosotros, los colombianos de a pie, el ciudadano que trabaja, el que sufre, el que lucha por ser un humano cada vez mejor, quienes, paradójicamente, con los ladrillos, el cemento y las alambradas que estos caudillos, que simplemente pusieron a nuestros pies, de manera sumisa construimos ese muro. Lo hicimos cuando le dimos legitimidad con el voto al mundo de odio que ellos, con nuestra aquiescencia, sembraron en cada una de nuestras mentes.
Ahora bien: ¿Estamos condenados fatalmente a ser enemigos? ¿Estamos condenados a ser incapaces de aceptarnos los unos a los otros, cada quien con las propias diferencias? ¿Estamos condenados a ser incapaces de convertir esas diferencias en factores de crecimiento humano en beneficio de nosotros mismos? La respuesta obvia es NO, y apuesto lo que quiera a quien quiera aceptar este reto que, si le hace estas preguntas a su propia conciencia; no a la conciencia del vecino o la de la vecina; no a la conciencia del político que grita desde su trono de neón que hay que odiar a quien no piense como él; sino a la conciencia que lleva cada quien dentro de sí mismo; ese juez severo que nadie, por poderoso que sea, puede sobornar, la respuesta va a ser la misma: NO. Y la razón es sencilla: el odio es una condición humana adquirida, que se nos impone mediante la manipulación de factores sociales, políticos, raciales, económicos y hasta (¡quién lo diría!) motivos religiosos. Manipulación que se torna posible cuando dejamos de pensar con sentido crítico para empezar a pensar movidos por las emociones.
Y, a todas estas, ¿dónde me encuentro yo? Para empezar, me niego a dejarme encasillar en la izquierda o en la derecha, en un centro “tibio” construido por la prensa o en cualquier otro cajón que se le ocurra al mundo de las bodegas de las redes sociales de cada bando. He decidido que soy libre de las cadenas de los ismos, de las del odio, de los prejuicios y de los miedos creados por la industria de las comunicaciones y las bodegas de las redes sociales; he decidido que las convicciones con las que vivo deben ser el fruto de una conciencia crítica. Con la libertad suficiente para expresar y defender lo que pienso de manera decidida pero respetuosa y asumiendo las consecuencias de ese pensamiento; asumiendo igualmente que, como ser humano, puedo estar equivocado y, en ese caso, debo tener la humildad suficiente para reconocerlo, siempre y cuando se me demuestren o descubra por mis propios medios, las causas de mi posible error. ¿Me convierte esto en una especie de bicho raro? ¿En una especie de ingenuo soñador que no encaja en el mundo de hoy? Esa es una decisión que dejo en manos de los demás. ¿Quién sabe? A lo mejor soy un alma perdida en una jungla construida por humanos que pertenecen a un mundo que no es el mío y, en ese caso, seguiré buscándome a mí mismo, a esa alma que parece estar extraviada en la manigua inescrutable de los humanos. Quizás alguna vez descubra que ese mundo soñado, pese a todo, sí existe realmente. Sea como sea, quiero morir teniendo la certeza de que jamás he dejado de buscarlo y, en ese caso, mi vida habrá valido la pena.
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Por Rubén Darío González Zapata
Colaborador oriundo de Ciudad Bolívar
Corregimiento Alfonso López (San Gregorio)

