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Por Rubén Darío González Zapata
Colaborador oriundo de Ciudad Bolívar
Corregimiento Alfonso López (San Gregorio)

No sabemos en qué estaba pensando José A. Morales, uno de nuestros más reconocidos compositores de música colombiana, cuando compuso el hermoso pasillo pescador, lucero y río; pero, qué hermosa lección de sabiduría puede uno encontrar en esta melodía, si nos adentramos en su contenido, más allá del empaque puramente anecdótico de la canción. El pasillo es un relato que parte de un hecho de la vida cotidiana en un pueblo cualquiera de pescadores, según el cual uno de aquellos pescadores, en una de sus jornadas habituales de trabajo, se encontró con que en el río había un lucero. Una persona común y corriente probablemente habría reunido a su familia y a todos sus vecinos para hablarles acerca de aquel insólito hallazgo y, juntos, habrían ido al río a contemplar aquella maravilla y a disfrutar de su belleza. El río, por su parte, (en el pasillo de Morales, esta corriente de agua tiene, igual que los humanos, sentimientos, porque así es la naturaleza), se sentía orgulloso de poseer aquel tesoro, el que le cayó del cielo para proporcionarles a quienes vivían de sus recursos un motivo de alegría, de unión y de regocijo. El número de peces creció también y todo hacía pensar que la vida de la comunidad iba a ser mucho más agradable.  

Pero ¿Cuál fue la reacción del pescador? Una muy humana: se apropió furtivamente de aquel tesoro y, sin decírselo a nadie, se lo llevó a su bohío en donde lo encerró bajo llave para que no se le fuera a escapar, probablemente con la intención de convertirlo en una especie de rareza, cuya explotación comercial le proporcionaría ingresos suficientes para lograr una vida holgada sin tener que matarse más trabajando. La casa de aquel hombre se iluminó; seguramente adquirió una belleza extraordinaria que debió convertirse en la envidia de todos sus vecinos, quienes tenían que pagar lo que fuera para contemplar directamente aquella fuente de luz. Desde entonces, el pescador, probablemente ya sin tener que pensar en los ingresos que le proporcionaba la pesca, no volvió a visitar el río.

Mientras eso sucedía, las aguas de aquel río generoso, del que toda la comunidad de pescadores obtenía su fuente de ingresos, sintieron una inmensa tristeza. Todo ello por cuanto el lucero que el cielo le había dado con el objeto de que este fuera un motivo de alegría para toda la comunidad, se había convertido en motivo de envidias y discordia y -más grave aún- había despertado en aquellos habitantes y en los humanos de otras partes la ambición extrema. Fue así como hombres de negocios empezaron a pensar en proyectos económicos de gran envergadura, porque en sus mentes, en el río seguramente había más luceros, tal vez miles de ellos, y había que encontrarlos para explotarlos comercialmente, aunque para ello hubiera que llevar maquinarias sofisticadas, personal experto en excavaciones y hubiera que utilizar agentes químicos para hacer más eficiente los resultados, sin que el daño que estas empresas pudieran causar en el ecosistema del río tuviera importancia alguna.

Entonces sucedió lo imprevisible. Cuenta José A. Morales que, enfurecido por los celos, el río pidió ayuda al dios de las nubes para que, con sus lluvias, su caudal creciera mil veces y una noche, con sus aguas desbordadas, llegó hasta el bohío de aquel hombre y le exigió que le devolviera su lucero del que, sin su permiso, se había apropiado. Lo hizo de tal manera que no sólo tomó aquella fuente luz para llevárselo consigo, sino que también le quitó la vida al pescador barquero. De esta forma, al amanecer luego de aquella noche tormentosa, los vecinos se encontraron con que el bohío había desaparecido y que el cuerpo sin vida del pescador del cuento se hallaba a la orilla de aquella corriente, que ahora había recobrado la calma de siempre. Morales no nos dice qué pasó finalmente con el lucero, pero es muy probable que el río, decepcionado con el comportamiento de los humanos, lo haya devuelto al cielo porque ya no lo quería. Es muy probable también que el río desde entonces haya perdido su deseo de vivir y que ahora, sobre explotado y contaminadas sus aguas con millones de desechos humanos y químicos, muera lánguidamente. Mientras tanto, los pescadores que un día vivieron de la abundancia de sus peces son hoy parte de la historia de unas vidas que talvez nunca vuelva a existir. A no ser que seres humanos del presente, en cuyas conciencias exista la certeza de que una nueva cultura de la convivencia armónica con la naturaleza es una posibilidad real, sientan la necesidad de crear esa utopía basada en una visión como esa. Estoy seguro de que José A. Morales estaría de acuerdo con ellos.

Nota. Esta columna ha sido escrita bajo el peso del enorme dolor causado por el terremoto del día 10 de agosto, que afectó especialmente las zonas con las que me siento emocionalmente más unido: Risaralda (de manera especial Pereira), el Suroeste antioqueño, Chocó y el Valle del Cauca, especialmente Cali. En varios de estos lugares, personas de mi familia y amigos muy cercanos se han visto profundamente afectados. Sin embargo, me parece importante que miremos esta tragedia como una oportunidad que nos obliga a tomar conciencia de que nos necesitamos unos a otros y que, por encima de nuestras diferencias, las situaciones difíciles del pasado y limitaciones personales, somos al fin y al cabo pasajeros que vamos en el mismo bus. Es también, como nos lo recuerda José A. Morales, una advertencia de que la naturaleza es una compañera con la que tenemos que aprender a convivir, a cuidar y a respetar y que no se puede ver como un bien comercial del que nos podemos apropiar para el enriquecimiento personal. 

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