
Por Rubén Darío González Zapata
Colaborador oriundo de Ciudad Bolívar
Corregimiento Alfonso López (San Gregorio)
Probablemente una de las conclusiones más aleccionadoras que deja el fracaso de la Paz Total (Paz con mayúscula) puesta en marcha por el gobierno de Petro, sea la de que los grupos armados ilegales que han prosperado luego del Acuerdo de La Habana, son todo lo que se quiera menos unos colombianos bien intencionados que luchan por un país más justo, equitativo y desarrollado. Eso lo demuestra el hecho de que todos esos grupos lo que hicieron en estos cuatro años fue aprovechar el desorden, las improvisaciones, los desaciertos y la ingenuidad del gobierno para fortalecerse y, más indignante aún, para darles más argumentos a quienes nunca han creído en la paz negociada, porque para ellos las guerrillas (no hablan de los paramilitares y sus disidencias, que también las hubo luego del acuerdo de desmovilización en el gobierno de Uribe), incluidas las Farc antes de su desmovilización, no pasan de ser unos criminales que viven del narcotráfico. Así pues, lo ocurrido en estos años del gobierno del Pacto Histórico con las disidencias es un verdadero bocato di cardinale imposible de desaprovechar por parte de un político habilidoso como el señor De la Espriella y sus consejeros, quienes de esa forma se encontraron a boca de jarro con una excelente oportunidad (un verdadero papayazo) imposible de desaprovechar como ingrediente para su campaña de seguridad con mano dura. ¿Qué colombiano no anhela la seguridad?
Hablo de esto a propósito del libro El fracaso de la Paz Total, publicado recientemente, Nota escrito por Eduardo Pizarro, un conocedor a fondo de la naturaleza y operación de los grupos armados ilegales en Colombia y de los esfuerzos llevados a cabo por los últimos gobiernos para lograr la paz, debido a que ha participado de manera personal en muchos de esos procesos. Dos tesis planteadas en el libro llaman especialmente la atención. La primera de ellas es la de la inutilidad de la lucha armada como camino para lograr el cambio social, que es la base de la ideología que ha movido a esas organizaciones, al menos en sus orígenes. En su opinión, una guerra tan prolongada, como ha sido la de los grupos guerrilleros en Colombia (alrededor de 7 décadas), sin lograr un objetivo definitivo, lo único que ha conseguido es llevar a la difuminación del objetivo ideológico con el que se fundaron, degradando la lucha armada hasta convertirla en algo menos que una forma de vida.
La segunda tesis del libro se propone desvirtuar la idea según la cual la existencia de las guerrillas se explica por lo que, en su momento, el presidente Belisario Betancur llamó las causas objetivas de la violencia y que se concretan en lo que muchos de los analistas de nuestra realidad social denominan los grandes problemas estructurales del país: desigualdad social, atraso y dependencia económica, entre otros. La prueba de que ello no es cierto, opina Pizarro, es que Colombia sigue siendo, al menos en América Latina, el único país en el que persiste la presencia de guerrillas, pese a que los fenómenos ya mencionados (inequidad social, atraso y dependencia) están presentes, igual que en Colombia, en todas las demás naciones de Suramérica. No es que los mencionados problemas estructurales no jueguen un papel importante en esta realidad –según el pensamiento del escritor– sino que estos actúan más bien como como un factor coadyuvante, pero sin ser determinante. Una tesis con la que personalmente no estoy tan convencido pero que respeto.
Entonces, ¿qué es lo que sigue facilitando la presencia de lo que Pizarro denomina actores armados no estatales (AANE) en Colombia aún en el día de hoy, pese al Acuerdo de La Habana? La respuesta del autor está en la capacidad de reciclaje que tienen esos grupos, lo que les permite sobrevivir a pesar de los golpes que reciben por parte del Estado. Originalmente, las guerrillas o los paramilitares, como toda organización de carácter militar, tenían una estructura de mando con dos niveles: el estratégico, cuya responsabilidad estaba en poder de los mandos superiores. Es en esa instancia en donde se manejan los objetivos de largo plazo y la filosofía de la que se alimentaba la supuesta ideología que los impulsaba. Venía luego el nivel táctico, en el que se mueven los mandos medios, que es la parte del cuerpo militar que está en contacto directo con el terreno en el cual opera y es, por tanto, el que tiene el conocimiento práctico del teatro de operaciones y en el que generalmente se toman las decisiones de carácter práctico de acuerdo con las necesidades y circunstancias del momento.
Esta estructura es la que explica por qué, cuando los mandos superiores desaparecen, por ejemplo, por algún golpe de las Fuerzas Militares o por un acuerdo de desmovilización (caso del Acuerdo de La Habana), surgen cabecillas de mandos medios, quienes ven allí una oportunidad para montar su propio grupo (disidencias), aprovechando el buen conocimiento del terreno en el que se mueven, lo que les da capacidad para mantener las operaciones y conducirlas a su arbitrio, con la libertad que les da el no tener que responder ante un mando superior. Eso explicaría la atomización de esta clase de organizaciones en grupos cada vez más diversos y con frecuencia rivales entre sí, que pelean, ya no en función de un objetivo estratégico ideológico, sino por los beneficios económicos que da la guerra. Pizarro llama a esos cabecillas los señores de la guerra. A esta situación, de por sí tan compleja –indica el autor– hay que añadirle otros factores preocupantes: las redes criminales internacionales a las que están ligados, más una geografía endiabladamente fragmentada y compleja como la colombiana, que hace que sea extremadamente difícil el control territorial por parte del Estado. No haber comprendido cabalmente esta realidad es, probablemente, una de las razones por las cuales el proyecto de la Paz Total terminó siendo un fiasco en el gobierno del señor Gustavo Petro, con gran frustración para quienes tuvimos fe en ese propósito, pienso yo.
Desafortunadamente, Pizarro no hace referencia a la propuesta del gobierno próximo a posesionarse, pese a que el libro es de edición muy reciente (mayo del 2026), cuando ya se sabía acerca del planteamiento de mano dura que piensa aplicar el señor De la Espriella. Una lástima, porque me hubiera gustado conocer su opinión al respecto, ya que esta nueva estrategia, en mi opinión, presenta preocupantes interrogantes y vacíos y que, además, podría terminar también en un fracaso o resultar siendo un remedio peor que la enfermedad. Una apreciación en la que me gustaría estar equivocado.
Nota:Pizarro León Gómez, Eduardo. El fracaso de la Paz Total. Penguin Random House, Grupo Editorial. Primera edición: mayo de 2026
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