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Por Rubén Darío González Zapata
Colaborador Oriundo de Ciudad Bolívar
Corregimiento Alfonso López (San Gregorio)

¿Qué es la vida? Un frenesí.
¿Qué es la vida? Una ilusión,
una sombra, una ficción,
y el mayor bien es pequeño;
que toda la vida es sueño,
y los sueños, sueños son.

(Pedro Calderón de la Barca en La vida es sueño)

En estos días, al prender la televisión para ver el noticiero, pensé que me había equivocado de canal. -¡Qué raro!, si son las 7:00 p. m., la hora del noticiero, ¿por qué estarán pasando una película de vaqueros?- pensé cuando la imagen que aparecía en el primer plano de la pantalla era la de un hombre con pistola al cinto que, seguido de un grupo de hombres mal encarados, avanzaba decidido por una calle desolada de, al parecer, algún pueblo fantasma. -¿Clausurarían el noticiero y de ahora en adelante sólo veremos películas de policías y ladrones a esta hora?- No obstante, observando de una manera más detenida las imágenes del vídeo, mis ojos se centraron en el personaje que marchaba al frente y, con gran extrañeza, me pareció que se trataba de una figura conocida. -¿Será una versión small de John Wayne?- pensé. -No, porque ese actor actúa siempre con sombrero-, me respondí a mí mismo. Súbitamente, y como el árbol que aparece en el filo de la cordillera iluminado por el fugaz estallido de un rayo, lo comprendí: no, no estaba viendo una película; estaba asistiendo a la experiencia más insólita e inesperada que un hado desconocido me hubiera mostrado: al mismísimo presidente persiguiendo forajidos.

De manera inesperada, esta experiencia toma la forma de una especie de sueño. En este, imágenes insólitas desfilan por mi mente perpleja, en las que este mismo personaje, vestido de camuflaje, metralleta en mano y cananas sobre pecho y espalda, persigue peligrosos criminales, mientras que a unos cuantos kilómetros los tanques esperan la orden de avanzar y aviones Kfir surcan amenazadoramente las nubes, en una región montañosa plagada de serpientes venenosas, arañas ponzoñosas, lagartos, sapos y ríos caudalosos, cuyas aguas se precipitan al abismo. Todo debidamente proyectado a través de gigantescas pantallas controladas por la Inteligencia Artificial para que pueda ser visto por millones de entusiastas que aplauden con ardentía a esta especie de Rambo que ha llegado para hacer el milagro de salvar a la Patria que se ha olvidado de Dios.

Entonces pienso: ¿de verdad, esta muestra exhibicionista y teatral de mano dura es el camino adecuado para acabar con la criminalidad? Creo que no. No estoy diciendo que el brazo militar no sea necesario como parte de la estrategia en un esfuerzo para combatir la criminalidad, pero este recurso tiene sentido cuando es sóo un elemento (y no el fundamental) de una estrategia global de cara a la sociedad futura que queremos construir. Tampoco podemos dejarnos arrastrar por la narrativa, según la cual el estado de cosas en estos momentos es culpa del gobierno anterior, porque si bien es cierto que la gestión de Petro, desafortunadamente, no estuvo a la altura de las expectativas creadas por las propuestas hechas por el Pacto Histórico (una lección de la que la izquierda tiene que aprender mediante un proceso de autocrítica honesto y sincero), en realidad, es culpa de una sociedad que ha venido postergando históricamente el esfuerzo serio para erradicar los problemas sociales que nos han llevado al estado de cosas dentro de las cuales vivimos en el día de hoy.

Por lo demás, creo que la estrategia adecuada para hacer de Colombia un país desarrollado y en paz, no es abordando la tarea como una lucha entre héroes y bandidos; entre unos que trabajan y producen riqueza y otros que, supuestamente, pretenden vivir de los beneficios de los ricos. Este enfoque es absolutamente equivocado: 1) porque es una simplificación facilista de la realidad social. 2) Porque ser millonario poderoso y tener muchos bienes materiales no convierte, per se, a alguien en un elemento constructivo para la sociedad. 3) Porque con ello se subvalora y se subestima el trabajo de personas honestas que luchan día a día por construir un mejor país con sus propios medios, sin acudir a la violencia y sin dejarse contaminar por el odio. Es el caso, para citar sólo un ejemplo, de las más de 10.000 organizaciones que conforman lo que se llama el Sector de la Economía Solidaria, que aporta el 4 % del PIB del país, cuyos gestores son colombianas y colombianos del común, no individualmente dueños de empresas en el exterior, bancos y otras grandes corporaciones, pero que sí han tenido la valentía y la visión suficientes para crear empresas de propiedad social, de las que ellos mismos son sus forjadores y responsables directos en la gestión, establecidas no para acumular riquezas personales, sino para satisfacer necesidades mutuas que incluyen ahorro y crédito, educación, salud, cultura, producción agrícola e incluso producción industrial y comercialización de bienes y servicios, entre otras cosas. Nota

Un sector del que se benefician alrededor de 20 millones de colombianos y colombianas, según datos de la Superintendencia de las Empresas de Economía Solidaria, más otros datos suministrados por otros organismos oficiales del país, pero que no forma parte de la élite económica que controla la Nación. 4) Porque buenos y malos colombianos los hay en todos los estratos, sectores, sexos, edades, clase política, regiones de la Nación y hasta corrientes religiosas. Tal vez, cada uno de nosotros tengamos algo de una cosa y otra. Pensar de esta forma nos obliga a tener la humildad suficiente como para ser capaces de comprender a ese otro colombiano al que hemos lanzado al otro lado de la trinchera que se nos está obligando a construir. 5) Porque tal vez una sociedad justa y en paz, pese a todo, sea un sueño; un sueño que podemos convertir en una realidad promisoria.

Nota. Entre las empresas solidarias que conozco personalmente, me gusta hacer referencia a una con 14.000 asociados aproximadamente y activos por más de 110.000 millones de pesos, creada hace ya cerca de 50 años por los empleados de una entidad de tamaño mediana del Distrito Especial de Bogotá.

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