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Por Rubén Darío González Zapata
Colaborador oriundo de Ciudad Bolívar
Corregimiento Alfonso López (San Gregorio)

Debo confesar con toda franqueza que jamás había imaginado vivir estos momentos por los que atraviesa el país y, en general, el mundo mismo. Momentos que quedarán para la historia patéticamente expuestos en un hecho muy representativo: el poder de la propaganda para exacerbar emociones, entre ellas, el odio, el miedo, incluso sentimientos religiosos. Y no porque estos fenómenos sean algo nuevo, sino por la dimensión que han llegado a alcanzar, llevados al paroxismo por la mano de las herramientas tecnológicas del mundo actual.  

Sobre la capacidad de manipulación de las emociones en una sociedad se habla desde hace ya varios siglos, y en relación con los métodos de la propaganda utilizados por el poder, y su capacidad para llevar a las masas incluso hasta la renuncia colectiva del pensamiento crítico, escribió desde la cárcel el teólogo alemán Dietrich Bonhoeffer (1906 – 1945), quien terminó ejecutado por los nazis en abril de 1945, a pocos días de que llegase a su fin la II Guerra Mundial. Pero fue el escritor danés Hans Christian Andersen (1805 – 1875) quien, en su famoso cuento Los vestidos del emperador, le dio cuerpo magistral (literalmente) a ese fenómeno. En este relato ficción (que transcribo a continuación de manera libre), lo que muestra Andersen es la capacidad que tiene un determinado Sistema para convertir ideas o creencias, verdades a medias o falacias, en dogmas que terminan siendo aceptados por las masas como verdades absolutas por las que, incluso, están dispuestas a ir a la guerra, a matar o a hacerse matar.

Cuenta Andersen que había un rey tan obsesionado por su apariencia externa que gran parte de su tiempo como gobernante lo dedicaba a estrenar los nuevos trajes que la moda proponía, a tal punto que el pueblo de aquel reino, anestesiado por la propaganda oficial, vivía prácticamente en función de cada vestido nuevo que estrenaría su rey, para alabar su buen gusto y su belleza. Sucedió, sin embargo, que, enterados de ese estado en el que vivían inmersas aquellas gentes, unos astutos delincuentes vieron allí una oportunidad para hacerse ricos; así que regaron la bola de que ellos eran unos sastres con poderes especiales para confeccionar vestidos mágicos, cuya característica más interesante era que sólo podían ser vistos por aquellos que eran aptos para ocupar los cargos oficiales o desempeñar un trabajo. ¡Una idea magnífica! -pensó aquel gobernante-; de esta forma podría él saber quiénes de sus súbditos le eran leales y tenían las aptitudes adecuadas para desempeñar sus funciones. Sin demora, hizo llevar a su presencia a los falsos sastres, quienes lo convencieron sobre sus habilidades mágicas. En consecuencia, les proporcionó a los pillos el espacio más todas las joyas y el dinero que pidieron para fabricar los vestidos, porque en aquel reino el emperador debía ser el primero en llevar puestas aquellas vestiduras. Los delincuentes pusieron de inmediato mano a la supuesta obra, fingiendo que trabajaban arduamente en el sitio secreto que les fue asignado.

Pasados unos días, el emperador no soportó más la curiosidad y le ordenó a su ministro de gobierno que fuera a inspeccionar los avances del trabajo para que luego le informara, lo que en efecto se dispuso hacer de inmediato aquel funcionario. Pero cuando este entró al supuesto taller por poco le da un infarto. ¡No vio nada!; los pillos, por su parte, le hablaban bellezas de las telas imaginarias que colgaban de inexistentes telares. ¿Qué hacer? -pensó el ministro- Imposible llegarle al emperador con la noticia que no había visto telas por ninguna parte, porque este lo iba a catalogar de inepto para su cargo y desleal para su excelentísima persona. Decidió entonces llegarle con la noticia que había visto las más maravillosas telas jamás fabricadas por humano alguno, alabando a su jefe por haber tomado una decisión tan inteligente al ordenar la fabricación de los vestidos.

Pasado un tiempo prudencial, finalmente los pillos, en una audiencia especialmente convocada para tal efecto, con la presencia del emperador y todo su séquito (ministros, bufones, damas de la corte y guardia real) le dijeron a aquel gobernante: su Majestad, los trajes están terminados; puede ir ya mismo a vestirlos. En la Corte el entusiasmo era indescriptible. Los pregoneros reales recibieron la orden inmediata de salir a la plaza pública y reunir a las gentes para que admirasen los nuevos vestidos del emperador y lo alabasen por su buen gusto y belleza. El pueblo desbordaba de alegría y entusiasmo. Finalmente, el emperador, seguido de su séquito se desplazó a una sala especial para contemplar y vestir luego aquellos trajes. Pero cuando entró, este palideció de terror: ¡no veía nada! -No puedo decir que no veo los vestidos; mis súbditos y el pueblo van a pensar que no soy apto para ser su gobernante-, pensó. Ninguno de los acompañantes tampoco tuvo el valor de decir que no veía tela alguna por temor a ser descabezado. Mientras tanto, los ladrones ponderaban la belleza de los trajes, lo bien que se iba a ver el emperador y cómo su pueblo lo iba a adorar y a amar más que nunca. El rey y su séquito, entonces, se desbordaron en palabras de admiración por las habilidades de los sastres advenedizos. Así pues, luego de desvestir al emperador, los ladrones le pusieron los supuestos vestidos mágicos. -Excelencia, ya puede usted salir a la plaza pública. ¡Se ve majestuoso!-, le dijeron. De esta forma, el rey seguido de sus súbditos salió del palacio y, en una carroza ricamente decorada, como correspondía a su dignidad, se mostraba y saludaba a la multitud. Inicialmente, un silencio incómodo reinó por unos segundos entre la gente, pero nadie se atrevía a decir que no veía vestido alguno en el cuerpo del emperador; el terror a ser tildado de tonto, inepto, estúpido y desleal lo impedía. El pueblo enceguecido empezó a lanzar vivas al emperador y a alabar su buen gusto. El emperador sonreía complacido.

De pronto, de entre la multitud se escuchó la voz de un niño que gritó: miren, el emperador está desnudo. ¡El pánico cundió! El que gritaba era un niño quien, en su inocencia, no tenía por qué temer la pérdida de un cargo o privilegio alguno. Un murmullo casi inaudible al principio pero que fue creciendo hasta convertirse en un clamor insoportable, se escuchó: ¡sí, está desnudo! El emperador trató de mantener la calma y fingir que no pasaba nada, pero luego de unos eternos momentos no pudo evitar la vergüenza y exigió que, de inmediato, se le regresara al palacio, a donde ingresó humillado y abatido. Dicen que pocos días después murió de pena moral.

En cuanto a los ladrones, cuando la guardia del palacio fue a buscarlos para exigirles la devolución de los tesoros entregados y encarcelarlos, sólo encontró su rastro frío. Se supo mucho después que estos se habían ido a otro reino en el que su pueblo se encontraba igualmente anestesiado con las banalidades de su rey. Los pillos ya sabían que podían utilizar aquellas circunstancias a fin de acrecentar sus riquezas.  

Cuando leo y releo esta historia de ficción, sólo pienso en lo frágiles y manipulables que son los humanos frente a la propaganda de los poderosos, hasta el punto de estar dispuestos a entregarles la propia conciencia, a fin de que estos hagan con ella lo que deseen para satisfacer sus intereses. Es evidente que las emociones descontroladas y manipulables terminan superando la capacidad del pensamiento crítico.  

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