
Por Nicolás Antonio Vásquez López
Cronista
Madre de miles; miles de madres. De cada «hijo» nace una madre hoja lanceolada… Brotan de los bordes otras ellas… la misma imagen muchas veces ella.
Todos los días inspecciono el estado sanitario de «La Kalanchoe, La Soledad». Ubicada en una calle de Amagá, empinada, de callejuelas, callejones y casas apiñadas cercanas al sector de La Jabonería. Caótico, estrambótico, atómico. El adjetivo último sugiere la imagen de terreno postapocalíptico atomizado por bombas ficcionales caídas en tiempo de guerra. Mi hora favorita para verla es de madrugada, sola, ella conmigo. La observo detenido —sin parpadear— para no perderme las curvas eróticas de sus hojas carnosas. Grávida, bravía, intrépida. Una madre abandonada en los intersticios de un miadero de perros.
Lascivia
Hmm… en «La Soledad» o cualquier otro condenado lugar; detrás de cada puerta, ventana, pared, la máquina sexual no para. Cuerpos entrelazados, horadados, lamidos empiezan su faena o la terminan extenuados, enfurecidos, insatisfechos, impotentes, precoces, no correspondidos, consumados, extasiados… La Kalanchoe no tiene sexo… los gatos sí, crispados en arrebatos de calor, maúllan en tropelías sexuales por los tejados. Los perros sátiros la mean indiscriminadamente buscando el sexo de la perra en calor… La Kalanchoe no tiene sexo… ¡Vaya si es un desperdicio! Las curvas, el tallo leñoso, las hojas carnosas. ¿No?
Asexual
Pienso en la categoría asexual de la planta. La imagen es mía; la categoría nos pertenece a los animales en lenguaje, instinto y cultura. La Kalanchoe no existe sexualmente sin este esfuerzo circense de sexualizarla. Es pensamiento lujurioso por ímpetu químico, biológico y simbólico. La categoría «asexual» existe y no a la vez.
Ícaro
Qué bueno deslizarme por las carnosas hojas de la planta como en tobogán, siendo minúsculo, tamaño de hormiga, para caer sin alas en otra hoja, en otra, otra hoja… siendo un bucle infinito descoyuntado, lívido. Ícaro.
Tóxica
La Kalanchoe tiene un componente altamente tóxico llamado «daigremontianina»; puede causar alteraciones cardíacas y afecciones gastrointestinales, sobre todo en perros y gatos. Ella espera que «alguien se la coma» para consumar su venganza en los intersticios del miadero.
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