Por Rubén Darío González Zapata
Colaborador Oriundo de Ciudad Bolívar
Corregimiento Alfonso López (San Gregorio)
El estilo cuenta mucho
Cualquier posición que alguien llega a tener en una sociedad es una oportunidad que le da el destino para poner a prueba una condición de liderazgo; la historia está llena de ejemplos de liderazgo, muchos de los cuales fueron en su momento un antes y un después de un país o incluso del mundo mismo.
Los hay en todos los ámbitos: el del pensamiento, la política, la ciencia, la convivencia humana, la guerra y el medio empresarial, para citar solamente los más representativos, pero son definitivamente cruciales en el ámbito de la gestión de un Estado. Y no se trata solamente de tener o no liderazgo, sino de qué clase de liderazgo ejerce quien llega a una posición de poder.
Son muchos los casos de grandeza humana, pero, igualmente, también muchos los de deshumanización inexplicable a la luz de los derechos humanos y del sentido común, que llegaron a causar dolores indescriptibles en aquellos seres que tuvieron el infortunio de sufrir las consecuencias de sus decisiones.
Hablando en primer lugar de los casos de liderazgo que yo llamaría deshumanizante, e incluso autodestructivo, más cercanos en la historia reciente, hay dos que me producen un estremecimiento especial, por los intereses que los motivaron, por la dimensión catastrófica de sus consecuencias fatales, por el radicalismo extremo de la ideología en la que se apoyaron y, sobre todo, por la ausencia total de escrúpulos con los que ejercieron su poder.
El primero de ellos es el caso de Adolf Hitler, el amo absoluto de Alemania entre los años 1933 y 1945. Un acontecimiento al que le he dedicado (y le sigo dedicando) muchas de mis lecturas, con un interés que, en ocasiones, raya en la obsesión, por tratar de entender la razón por la cual ese país, uno de los más desarrollados del mundo en el plano cultural, científico, económico, inclusive religioso, terminó prisionero de un proyecto imperialista en el que los valores más sagrados de la humanidad construidos a lo largo de la evolución humana fueron literalmente arrojados a la hoguera, empujados por el discurso de un líder indiscutiblemente carismático, pero poseído por un ego y un odio auténticamente sobrehumanos.
Un proyecto que llevó a vivir igualmente la conflagración mundial más grande de toda la historia, con un total de entre 50 y 60 (algunos hablan incluso de hasta 85) millones de seres humanos muertos (¡el 3 % de la población mundial de ese momento!), incontables familias destruidas, países destrozados y una herencia maldita que duró 5 décadas (1947-1991): la Guerra Fría. La explicación racional de esa catástrofe, debo decirlo, sigo sin encontrarla.
El segundo caso de liderazgo destructivo, en el sentido humano de la palabra, por el que he sentido igualmente mucho interés en conocer es el de la figura de Josif Stalin, líder absoluto de la que fuera la Unión Soviética entre los años 1927 y 1953.
Este hombre, en su obsesión por convertir a esa nación en una potencia industrial, no le importó llevar la hambruna a los campos, especialmente en la región de Ucrania, y ejercer sangrientas persecuciones entre militares, funcionarios o ciudadanos comunes y corrientes, con lo que causó un número de muertos que puede llegar, según las estimaciones de historiadores, hasta 20 millones de personas.
Pero, y esta es una opinión personal, uno de los daños más grandes que le hizo a la historia fue haber utilizado la propuesta marxista de una sociedad sin clases para convertirla en una ideología al servicio de los intereses políticos suyos y de los sumisos áulicos que lo rodeaban, más sus sucesores inmediatos, lo que llevó a la Unión Soviética a su colapso total en 1991.
Pero me siento más a gusto hablando de los liderazgos positivos. De esos que suelen construir hombres y mujeres con grandeza humana; de esos cuyo ejemplo son fuente de inspiración y que le devuelven a uno la fe en la especie del homo sapiens.
Las experiencias sobre este estilo de liderazgo son también muchas, pero hay dos por las que siento una admiración especial: Mahatma Gandhi y Nelson Mandela.
De Gandhi me llaman la atención la humildad con la que reconoció sus errores y aprendió de ellos, y su filosofía de la No violencia. Recuerdo mucho la impresión que me causó imaginar a aquel individuo flacucho, casi físicamente insignificante, con un vestuario que debía parecer sumamente extravagante a los estirados lores de Inglaterra, hubiera logrado convencer, no por la fuerza física sino por la fuerza que emana de la convicción de lo que es justo, a sus conciudadanos indios para emprender la lucha contra el Imperio Británico a base de la fuerza de la verdad (satyagraha) y la de su increíble personalidad, fundamentadas en la No violencia (ahimsa), hasta lograr la independencia total del país.
El segundo ejemplo de liderazgo constructivo lo dio Nelson Mandela, quien finalmente terminó siendo presidente de Suráfrica en 1994.
Para entender mejor la dimensión de la lucha y el esfuerzo de liderazgo que Mandela tuvo que desplegar, hay que saber que este país, para los años 60 del siglo pasado, era uno en el que la porción blanca de la población (entre el 15 % y el 21 %) tenía el dominio total de la nación, con una estructura legal absolutamente favorable para esta, mediante un sistema denominado el Apartheid (los apartados, porque los negros no podían estar junto a los blancos), mientras que los habitantes de raza negra, aproximadamente un 68 % de la población (¡los dueños originales de aquellas tierras!), carecían de derechos tan básicos como el de la libre movilización por todo el país, para citar solo una de esas increíbles injusticias.
Mandela logró vencer toda clase de barreras de discriminación y odio e injusticias inimaginables existentes desde la fundación misma de su país, incluida la de haber llegado a ser condenado a cadena perpetua en 1964, durante el proceso de Rivonia, por cargos de sabotaje y otros delitos relacionados con su lucha contra el Apartheid.
Pese a todo, logró llegar finalmente al poder con la consigna de que todos, blancos y negros, iban a trabajar juntos por el país. Un verdadero ejemplo de liderazgo constructivo.
Terminado este recorrido, no me queda más que preguntarme bajo qué estilo de liderazgo está siendo manejado nuestro país en estos momentos. ¿Es este el estilo que se requiere en las circunstancias actuales? ¿El liderazgo que se está ejerciendo es motivador, está centrado en valores positivos de convivencia y de respeto mutuo, que debería partir del principio de que el país entero debe avanzar en torno a un proyecto social en el que todos caben y en el que quienes piensan diferente son escuchados y sus ideas tenidas en cuenta?
Sería ese el verdadero liderazgo que garantizaría la construcción de una sociedad sana y mejor que la que tenemos hoy, porque un estilo en el que elementos como la teatralidad, el discurso agresivo, la humillación frente a las cámaras a personas encadenadas o esposadas, así se trate de un delincuente, más el trato despótico a funcionarios públicos también frente a las cámaras en condiciones en las que estos no pueden defenderse, no hacen más que restarle credibilidad, seriedad, dignidad, altura moral y personalidad a quien los utiliza como herramienta de gestión.