El animero: una vida de devoción por las ánimas del purgatorio
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Investigación de Daniel de Jesús Granados Rivera
Maestro investigador, formador de formadores de la I. E. N. S. A.
Magister en educación en la línea de Formación de Maestros UdA
danielgranados1917@yahoo.com
«Dales, Señor, el descanso eterno. Y brille para ellas la luz perpetua. Descansen en paz. Amén.»
A las once de la noche, con un rosario, una novena y algunas velas, Arturo Argiro Sánchez Granados salía de su casa rumbo al cementerio de Amagá. No importaba si llovía, tronaba o relampagueaba. Su compromiso era llegar antes de la medianoche para cumplir con una tradición que mantuvo durante más de tres décadas: rezar por las ánimas del purgatorio y recorrer las calles del municipio invitando a sus habitantes a orar por los difuntos.
Arturo, conocido cariñosamente como Arturito, nació en Amagá el 6 de marzo de 1948. A sus 78 años conserva los recuerdos de una práctica religiosa que durante mucho tiempo hizo parte de las noches de noviembre en el municipio. Hijo de Rosamelia Granados y Arturo Sánchez, trabajó en fincas, minas y en el Urabá antioqueño. Sin embargo, entre sus recuerdos ocupa un lugar especial aquella peregrinación nocturna que lo convirtió en uno de los animeros más recordados de Amagá.
En sus primeros años estuvo acompañado por Samuel Espuelas, con quien compartía la devoción por las ánimas del purgatorio. Cada noviembre, mes dedicado a la conmemoración de los fieles difuntos, emprendían un recorrido que comenzaba en el cementerio y continuaba por distintos sectores de la zona urbana. Arturito recuerda que, cuando inició esta tradición, el cementerio era muy diferente al que se conoce actualmente. Había numerosas cruces sobre la tierra y los entierros se realizaban de distintas maneras. En aquella época, para ingresar al camposanto debían saltar sus muros. Con el tiempo, los sacerdotes comenzaron a facilitarles las llaves de la puerta principal.
Al llegar la medianoche, encendían las velas que les regalaban los habitantes del municipio e iluminaban las tumbas y la imagen de Cristo. Después de las oraciones comenzaba el recorrido por las calles. El sonido de una campana anunciaba el paso del animero.
Al llegar a las viviendas, pronunciaba una súplica que muchos habitantes todavía recuerdan:
“Ánimas del purgatorio, ¿quién las pudiera aliviar?”.
Desde el interior de las casas, las familias respondían:
“Que Dios las saque de pena y las lleve a descansar”.
La campana que utilizaba Arturito se la prestaba Emilio Vélez, recordado dentista de Amagá, quien vivía en la carrera San Fernando. Otro de sus compañeros, Luis Enrique Acevedo Vanegas, conocido como Titi, conseguía una campana en la parroquia San Fernando Rey. Los recorridos cambiaban cada noche, pues no era posible visitar todos los barrios en una sola jornada. Sin embargo, había un lugar al que siempre llegaban: la imagen del Sagrado Corazón de Jesús, ubicada en la entrada del municipio, cerca de la Troncal del Café. Desde allí regresaban a sus casas, generalmente hacia las dos de la madrugada.
Con el paso de los años, más personas comenzaron a sumarse a la peregrinación. Arturito recuerda que en algunas ocasiones llegaron a participar entre 50 y 60 personas, entre adultos, jóvenes y familias que encontraban en esta práctica una forma de expresar su fe. Entre quienes lo acompañaron menciona a Luis Enrique Acevedo, integrantes de la familia Vélez, conocida como los Cucarachos, Martha Quiroz, miembros de las familias Zapata, Posada y Holguín, así como a otros habitantes que participaron durante diferentes épocas.
La tradición se hacía con recogimiento y respeto. El sonido de la campana alertaba a los vecinos, que se preparaban para responder a las oraciones. Aunque alrededor de los animeros existían relatos sobre la presencia de almas que los seguían durante sus recorridos, Arturito asegura que nunca vio ninguna. Tampoco acostumbraba regresar al cementerio al terminar la peregrinación, como se hacía en otros lugares. En Amagá, el recorrido concluía después de visitar los sectores programados para cada noche.
Durante muchos años, los sacerdotes del municipio lo acompañaron o respaldaron esta manifestación religiosa. No obstante, Arturito recuerda una época en la que la peregrinación fue suspendida por razones de seguridad, en medio de un periodo de violencia que afectaba al municipio. Entre los hechos que marcaron aquellos años estuvo el asesinato de Arturo Mesa Rueda, un joven del barrio San Pedro que también participaba en los recorridos.
El 30 de noviembre tenía un significado especial. Ese día no se recorrían las calles. La comunidad se reunía en el cementerio para realizar un alumbrado en honor a las ánimas del purgatorio. En algunas ocasiones también se celebraba una eucaristía, de acuerdo con la disposición de los sacerdotes. Con el tiempo, aquella peregrinación que reunía a decenas de personas fue perdiendo continuidad. Aunque algunos habitantes todavía le piden a Arturito que vuelva a encabezarla, él considera que su edad y sus condiciones de salud ya no se lo permiten.
Su devoción, sin embargo, permanece. Cuenta que los lunes visita el cementerio para orar por los difuntos, asiste a velorios, sepelios y novenarios, y cada noche, antes de acostarse, dedica una oración a las ánimas del purgatorio. Asegura que su fe se ha fortalecido por los favores y milagros que les atribuye.
Hoy, más que retomar personalmente los recorridos, Arturito quisiera que otras personas continuaran esta tradición. Por eso invita a los habitantes de Amagá a reunirse cada 30 de noviembre en el cementerio, llevar velas y dedicar un momento de oración a quienes han fallecido.
En sus recuerdos permanecen las noches de noviembre, las calles recorridas a la luz de las velas y las voces que respondían al llamado de la campana. Una tradición que durante décadas reunió a los habitantes de Amagá alrededor de la fe y el recuerdo de sus difuntos.