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Por Nicolás Antonio Vásquez López
Cronista

Un día los libros serán polvo; algún día nosotros seremos polvo de ese polvo, consumido por kilos y kilos de más polvo acumulado por los siglos de los siglos de la historia. El polvo no se distingue, es inclasificable para la pupila común que se molesta cuando entra al ojo y nubla la visión; somos polvo en potencia, es cuestión de tiempo para la comunión con los libros; uno no sabe si en el ojo abierto se le entró un cristiano cremado, ¡qué va!, o se le estacionó en el ojo un polvo shaskesperiano y empieza a ver el fantasma del padre muerto o, más bien, el polvo quijotesco y se gana una paliza por crispar molinos de viento; cabe la posibilidad de que se le meta un evangelio o un salmo y no pare de hablar en parábolas y galimatías. La otra vez pasó una corriente de aire con una carga absurda de polvo negro, ¡sorpresa! Cof, cof; tos, irritación ocular, no podía ver bien; no podía leer. Me lavé los ojos, limpié la película delgada de polvo de un libro, lo abrí y no pude ver. Era el ensayo sobre la ceguera.

Estaba en la biblioteca de mi amigo A, limpiando los libros y las estanterías -a la fecha sigo; son más de 800 libros-. Me divierto; de paso leo los títulos, reseñas y me llevo prestados algunos ejemplares. La primera estantería me tardó una tarde entera; el polvo acumulado me hace estornudar ¡achís!, luego un enérgico ¡aaachuuuú!; este último levanta más polvo; preludio de la extinción del papel. Si las palabras se las lleva el viento, ¿cuándo seamos polvo, qué nos queda? Nada, ¿de verdad nada?, nos queda ser el polvo viajero que se mete a los ojos del prójimo; nos queda ser la borrosa bruma lavada por el agua. Algunos libros tienen un punto prolijo que atraviesa todos los folios con una precisión quirúrgica; otros libros tienen túneles desprolijos hechos por “bichos topos”; el principal sindicado es la carcoma —bonito nombre, ¿no?—. Es una polilla comelibros, librófaga, glutona de la celulosa del papel, aunque el más desastroso es el gusano comelibro (larvas de termita); dejan unas galerías nefastas; son bichos letrados. Estos insectos vienen en especial atraídos por la madera de la que están hechas las estanterías y luego van por el libro, que está hecho de madera, almidón del pegamento y hongos de las páginas. Hubo un libro en especial, paradójico, de tapa azul cobalto, por título: “Guía para el control de plagas”: Las muy “plagas” se tenían el libro hecho trizas; como si de tanto libro comido hasta el hartazgo pudieran leer la amenaza del mataplagas, se estaban deshaciendo de la herramienta de extinción; esto es la guerra. Igual al final serán polvo también.

Lectura recomendada:

Crónica parroquial: Enfermo de antioqueño

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