Por Rubén Darío González Zapata
Colaborador oriundo de Ciudad Bolívar
Corregimiento Alfonso López (San Gregorio)
Agotado por la turbulencia de los últimos meses, decidí que necesitaba un descanso, pero ¿dónde encontrarlo? ¿Dónde encontrar un sitio en el que el suave viento de la tarde, el verde de unas praderas y los picos de agrestes montañas le devolviesen a mi espíritu la calma y la paz que tanto ansiaba? Entonces, como suele suceder siempre que mi yo interior busca con afán la paz esquiva, supe que esta la encontraría recostado mirando las estrellas en aquel lejano rellano donde tantas veces mi mente soñadora encontró refugio. Desde ese inspirador rincón tendría ante mis ojos la silueta familiar de las cordilleras de los farallones y, a mi izquierda, la sagrada pirámide natural cuyo pico señala al cielo, puesta allí por los dioses de nuestros milenarios antepasados para que sirviese de puerta de entrada al paraíso del Citará. Así que, presa de un intenso sueño, de pronto me encontré en aquel añorado rincón.
Estando en aquel lugar del pasado, inesperadamente un aroma familiar llegó hasta mí. ¡Ese aroma lo reconozco! –pienso para mis adentros- ¿o será mi imaginación? Pero, a continuación, unos sonidos también familiares confirman mis sospechas. ¡Sí, son mis amigos! Son el buey Sócrates y la mula Linda. De manera increíble, por estar mi mente vagando por las estrellas no había notado su presencia. Mi cercanía con ellos aportó a mi espíritu una dulce alegría y, sobre todo, una serena paz. Disfruto estar con estos amorosos amigos porque en sus almas (las almas de los animales son así) no hay odios ni resentimientos y siempre están dispuestos a escuchar, a perdonar, sin hacer reclamos por mis olvidos cuando pasa el tiempo sin hacerles saber de mi existencia. Sin resistirme al impulso, le doy a cada uno de estos amigos un fraterno abrazo. Por el resoplido cálido de Linda y el suave ruido que hace Sócrates al rumiar, sé que ellos también son felices de estar conmigo.
¿Sabés? –me dijo Linda– te estábamos esperando; sabíamos que vos ibas a venir hoy.
– ¿Tú también me esperabas? le pregunté a Sócrates. La mirada sosegada del buey filósofo me confirmó ese mismo sentimiento.
Las palabras de Linda despertaron mi curiosidad. -¿Por qué sabían los dos que yo vendría hoy?– dije dirigiendo mi mirada hacia la mula preguntona. En lugar de responderme, Linda miró a Sócrates, como quien le recuerda que tiene algo importante para decir y este, luego de acomodar su voluminoso cuerpo sobre el pasto, se tomó su tiempo para empezar a hablar. Sócrates siempre está echado y sosegado cuando rumia, cuando piensa y cuando habla; es por esa razón que sus palabras generalmente están cargadas de tanta sabiduría. Vea hombe Rudaro –dijo por fin Sócrates- vos sabés que entre tu alma y la nuestra hay una conexión profunda y que, aunque vos no nos contés las cosas, nosotros intuimos cuando nosestás necesitando y requieres de nuestras palabras. No me preguntés cómo llega ese impulso a nosotros, simplemente lo percibimos. Por eso es que sabemos qué cosas son las que atormentan tu espíritu en estos momentos y queríamos que supieras que, a través de vos, también nosotros las sentimos. Sabemos que nuestros hermanos los humanos suelen atravesar por momentos complejos como los que están viviendo en estos días, así que cuando hablés con ellos les vas a decir que entendemos sus miedos, su desconfianza hacia otros hermanos que piensan diferente. Tenés que decirles que un proyecto social no se construye con la amarga hierba del odio sino con la dulce caña de la cooperación. Deciles que el mensaje de los animales es que ellos y nosotros, en el fondo, estamos hechos de la misma naturaleza y que tenemos que cuidarnos los unos a los otros. Este es el mensaje de esperanza que Linda y yo les enviamos, especialmente a nuestros hermanos de San Gregorio, Bolívar y todo el suroeste; en últimas, a todo el Universo.
Quedé atónito. ¡No imaginaba que la conexión entre nuestras tres almas fuera tan profunda! Desde luego, estaba plenamente de acuerdo con las palabras de mi amigo Sócrates y con profunda emoción les prometí a los dos que transmitiría su mensaje.
De pronto una rara sensación me invadió: sentía que algo tenían mis amigos para decirme, pero ¿qué era? Por las miradas que se cruzaron entre ambos, supe que había para ellos un tema pendiente. Con una mirada directa del buey hacia la mula, este le hizo comprender que ahora era su turno de hablar. -Vea hombe Rudaro- dijo Linda finalmente en tono confidencial, como si de un asunto de mucha trascendencia se tratara. Yo era todo oídos. La mula continuó: — Sabemos que se acerca la versión 2026 del Festival de la Mula y el Café en San Gregorio y, a propósito, queremos proponerle al comité organizador que adopte a partir de este año como símbolo la figura de la Mula Linda, que es mi figura. Al fin y al cabo, este evento ya lleva el nombre de mi género. La cosa es muy sencilla: todo consiste en que el logotipo de los eventos lleve mi efigie y que en cada celebración se ordene la fabricación de recordatorios con esa imagen: llaveros, pulseras, imanes para fijar en la nevera y otro tipo de accesorios, para ser vendidos. Ello ayudaría también a financiar parte de los gastos del evento. ¿Qué pensás hombe Rudro sobre esa idea? – Dijo finalmente Linda. Los ojos de mis amigos estaban puestos sobre mí esperando una respuesta.
Supe de inmediato que se trataba para ellos de un asunto de vital importancia y supe también cuál debía ser mi respuesta: ¡un SI rotundo! Un sí en el que no podía haber duda alguna. – Sé que el comité organizador nos escuchará – les dije, — porque tú, Linda, eres el símbolo de los valores históricos y naturales que el festival quiere promover y preservar. Sé que el comité tomará en cuenta estas consideraciones –. Sellamos esta promesa nuevamente con un fraternal abrazo. El cálido resoplido de Linda y el suave runrún que producía Sócrates al rumiar confirmaron que nuestras almas estaban más unidas que nunca en esta amorosa despedida.
La noche había avanzado. Las estrellas del cielo parecían acompañarnos como mudos testigos de este que, para Linda y para Sócrates, igual que para mí, era un momento de profunda armonía universal. La luna llena llegó igualmente para unirse a nosotros y darnos un abrazo con su suave luminiscencia.
De un salto desperté para encontrarme de nuevo en los asuntos de la vida diaria, pero ahora con la certeza de haber vivido un hermoso sueño, un sueño tan real como la propia realidad de mi existencia.
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Por Rubén Darío González Zapata 

