
Por Nicolás Antonio Vásquez López
Cronista
El palo de aguacate de la finca El Pajarito se marchitó; murió sin dar un solo aguacate. Las señoras acarreaban las peras en la bodega de la plaza. «No son peras, son aguacates»; —¡Serán guayabas!—; «A trabajar, señoras, las peras no se van a empacar solas». Estas señoras creen que el dignísimo visitador Mon y Velarde come el asqueroso bodrio de los neogranadinos; habrase visto, aquí hacen pasar por alimento sano amasijos y envueltos sospechosos, ¡gas!, ¡cochinos!, ¡marranos! Le imploro a las estrellas y al Espíritu Santo providencia en estas tierras inhóspitas. Morir de una indigestión en estas tierras de impúdica desnudez. Adoradores de los senos al aire y el colgajo a la intemperie, profanos. Las 238 peras —en realidad aguacates— deben estar empacadas delicadamente, sin ninguna magulladura; lozanas para nuestro visitador Mon y Velarde; él, expresamente lo ordena; a propósito, no desprecia la idea de llevarse el palo de peras para la madre patria. El corregidor seguía porfiado en los relatos de los cronistas de Jorge Robledo, conquistador de Antioquia, muerto por Belalcázar en 1546.

Dicen las versiones más y menos verosímiles que los españoles conquistadores creyeron que el aguacate y la guayaba eran peras; confusión necesaria para burlarnos de ellos. Un indio rebelde le pegó con un aguacate o pera en la cara a Mon y Velarde; el indio perdió la cabeza, y Mon y Velarde el juicio: ¡hum!, delicioso… Acá los conatos de rebeldía se pagan con sangre; nadie, nadie, pero es nadie se salva de la persecución ruin; la espada cae con mano rápida sobre los cuellos de los alzados en voz y dignidad. Aquel día, Mon y Velarde fue capaz de comerse 50 aguacates diarios; es un obseso, es un obeso, el vientrudo visitador parecía un pozo sin fondo; la comitiva estaba pasmada por esa forma avorazada de engullir la carnosa pulpa; los furiosos nativos desabastecidos de la nutritiva fruta. La provincia no había visto una locura igual: «la fiebre del aguacate». La conducta acaparadora del regio visitador es la tiranía del hiperconsumo, todo mientras pueda para mí; todo lo que reste para el otro. El atorrante visitador es un genio de la administración y las obras públicas, enviado por Caballero y Góngora, arzobispo y virrey de la Nueva Granada; el fulano le encargó la tarea del progreso para la provincia de Antioquia.
El regio corregidor por las noches sufría de temperaturas, sudaba mares, hablaba dormido en jerigonzas; otras veces, a fuer de atención, lograba unir letras, «lenguisopa», arrastrando los fonemas, decía: aaaguacate. Es la implacable fiebre del aguacate; tenía un priapismo de horas; lo único que lo calmaba es el olor de un aguacate recién cortado. No se baña; tiene la barba enmarañada y posee un gusto perturbador por insultar a los niños indios: ¡salvajes!, ¡demonios!, ¡mozalbetes imbéciles! A veces las administraciones prometedoras terminan por emitir un hedor espeso; el pueblo parece sucumbir a los desagravios malolientes de los foráneos indecentes.
El tiempo proscribe; el guacal con las 238 peras fue enviado. Lo destapa con ansias; posee una nota de puño y letra de Mon y Velarde, el obseso: «Disfruten». Caballero y Góngora llaman al sabio Mutis para comer peras. Mutis, dice, no son peras; son aguacates. Cierran las puertas del Palacio Arzobispal.
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