Extrañamente, Pacho comenzó la historia entre risas:
Los rojos enfrentaban a los azules en una sangrienta guerra fratricida. La niebla densa no dejaba ver las caras, ni siquiera a centímetros de distancia. La tierra negra mojada olía a una mezcla de estiércol, fango y almizcle. Me cubrí la nariz. Era noviembre de 1945 y el godo Mariano Ospina estaba en la Casa de Nariño. Nicolás, le cuento, ya había tomado tres copas de aguardiente; por esos días estaba con mi amigo Omar en el trapiche del señor Álvarez en Donmatías trabajando en la molienda. Salíamos a la 1 de la madrugada por aquellas calles; la oscuridad impide seguir el contorno del andén; nos tocó a tientas, al mejor estilo de las bestias sin enjalma. De repente, cae Omar en una cuneta maloliente, estrella su cara contra una roca filosa, cortándose el cachete izquierdo.
Solté una carcajada burletera mientras el pobre diablo seguía aullando de dolor en un costado de la calle. Una situación confusa; mi carcajada solo podía anunciar el nerviosismo. Omar es mi amigo; estaba preocupado por él y el profuso sangrado de su cachete. “Maldito el que se ríe de un amigo en desgracia”, pensaba en voz baja. Extendí el brazo para jalar a Omar de la borrachera, y caí junto a él. Ahí en el légamo de la beodez, despanzurrados, reconciliamos la temperatura. Al rato, pasados pocos minutos, atracó, llegó, ¡rum!, ¡rum!, ¡rum! En un camión militar bajaron armados con carabinas soldados; llegaron en un convoy del gobierno conservador. El viento enfermo ululaba graves estertores atascados en las ramas de los yarumos, su desazón. —¡Los yarumos plateados, como son de lindos, ah! —¡Llegaron! —dijo Omar. Creé un cuenco con mis manos para agudizar la audición. Pasaron unos segundos horribles, nosotros temblando, mientras un alto mando militar dijo: —Necesitamos encontrar a ese fulano de caracortada; es muy relevante para la misión, vivo, nada de matar al condenado—. El coronel Baldomero, alias Coronel Machete, mata a fuego, mata a metal, no deja muñeco sin cabeza, no deja trabajo sin acabar.
—La cortada la tiene en el cachete izquierdo —comentó el coronel Machete con el ceño fruncido.
La tropa se marchó del lugar, no sin antes quemar la fonda Cañabrava, propiedad de Sinforoso Hurtado, un destacado líder liberal de la región. El fuego se extendió como verdolaga por la construcción de bahareque; la boñiga ennegreció, la madera de laurel amarillo crujía, las tejas de barro bermejo crepitaban de calor. El pueblo desde lejos observaba la colosal columna de humo, ese punto rojo flamante de cautín. Omar, cabizbajo, tomó mi antebrazo, presionó tembloroso; miedo, mucho miedo tenía, maldito miedo paralizante sembrado por el coronel hideputa, coronel machetero. —Omar, primero debemos pensar mejor, segundo, lavarnos este olor de albañal, tercero, debemos poner a todos en el pueblo al tanto de su accidente. No vayan a creer que su cortada en la cara es la misma del pobre condenado que buscan. A la orilla del río Grande, vibrando de frío, esperaba que la ropa secara por obra y gracia del Espíritu Santo, fuego milagroso, calefactor de ropa haraposa. Era un día frío, encarcelado por un dosel impenetrable de nubes; ni un rayo de sol ni un atisbo de esperanza atravesaba.
Bajamos rápido a la zona urbana, vimos muchas casas reducidas a cenizas, incineradas la noche anterior.
Mujeres plañideras en cada esquina, los abarrotes robados, la iglesia esquilmada, la alcaldía desvalijada, la estación de policía estropeada, sin hombres en pie. Una mujer enrarecida, a pulmón limpio, gritó: “¡Caracortada!, atrapen al infeliz”. Omar ensanchó los ojos de sapo con lágrimas de leche. La acusación de la mujer dejó en claro que el coronel Machete, sangre y fuego, fuego y sangre, volvería para reclamar a Caracortada; ese infeliz Caracortada es Omar, ¿o no? —¡Shhh!, él no es, vieja metiche, deslenguada; el Coronel Machete busca otro hombre de cicatriz antigua; Omar la tiene fresca, de ayer —dije, —somos reconocidos carpinteros de Donmatías; jamás alebrestamos el ambiente calmoso de la plaza o su rezandera gente cacheticolorada” — Dije como desquiciado. Un fuerte olor a pan recién hecho redujo el talante de la desgracia; Fermín, el panadero del pueblo, no desfallece ante la crudeza de los acontecimientos de la noche anterior y nos sentamos a comer pan, café con leche y quesito.
De la nada dirigimos la palabra uno a uno, ininterrumpido carrusel hasta el atardecer, explicaciones, razones… Recreamos casi como monos lo sucedido. Debía quedar resuelta la duda de la terrible confusión hacia mi querido amigo reducido a un criminal acorralado al cadalso. Nos dieron la una, la dos, las cuatro, las siete y nos faltaba una reunión con el alcalde. Un chichón de piso, barrigón megalómano, comemierda. No nos quiso atender. El ejército liberal no llega; la gente sabe la advertencia viperina del coronel: sangre y fuego viene en su convoy. Falta un día para reclamar a Omar. La gente estaba tristísima; parecía esparcirse la congoja de la existencia de Omar, el chivo expiatorio, incubando una suerte de empatía en cada casa mareada, calle estropeada y corrillo de la gente de Donmatías. En la mañana del 16 de noviembre de 1945, ¡llegaron! ¡Pum!, ¡Pum!, ¡Taz!, ¡Taz! Ráfagas de fusil anuncian la llegada del horror. El coronel Machete, a viva voz, gritó: —¿Está caracortada con ustedes? ¡Entréguenlo ya, de inmediato, o sufran el exterminio de su pueblo! Los sádicos lacayos armados buscaban mujeres a escondidas, muchachitas… Omar salió sin tensión en la cara, pálido y con el párpado izquierdo brincando. Yo a la diestra y el demonio a la siniestra. El pueblo, en un gesto solidario, levantó su mano derecha, que apretaba un cuchillo; en una coreografía casi perfecta, se dibujaron una cortada precisa en la mejilla izquierda. El coronel Machete, absorto, clavó la mirada torva en los caracortada. Sin mediar palabra, levantó la mano zurda sarmentosa en señal de crimen; en señal de muerte.
Esa noche todos morimos, todos, Nicolás. Los detalles sanguinarios de la matanza de Donmatías no son distintos a los de aquellos años en Ituango, Yarumal, Angostura, Marinilla, Santa Rosa de Osos… Me levanté de la mesa tontizo, atolondrado, pagué el costo de la sesión, me despedí de doña Aura y cerré la puerta pensando “descansa en paz, abuelo”. Me alejé y esta vez para siempre de la casa de la espiritista.




