Darío Acosta Cuartas: aprender a ser maestro desde la práctica
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Investigación de Daniel de Jesús Granados Rivera
Maestro investigador, formador de formadores de la I. E. N. S. A.
Magister en educación en la línea de Formación de Maestros UdA
danielgranados1917@yahoo.com
La formación de un maestro no termina cuando recibe su título. Las experiencias en el aula, las relaciones con los estudiantes y el contacto con las comunidades también contribuyen a construir su identidad profesional. Así lo demuestra la historia del maestro Darío de Jesús Acosta Cuartas, normalista de la Normal Victoriano Toro Echeverri de Amagá, quien, sin tener inicialmente la intención de dedicarse a la docencia, encontró en el ejercicio de esta profesión una oportunidad para enseñar, aprender y acompañar a varias generaciones de estudiantes.
El maestro Darío de Jesús Acosta Cuartas, hijo de Blanca Ligia Cuartas y Pedro Acosta, inició sus estudios de primaria en la Escuela Urbano Ruiz de Camilo C, donde en aquella época solo se ofrecían los grados primero y segundo. Posteriormente continuó su formación en la Escuela Alejandro Toro.
Recuerda que, cuando llegó a quinto de primaria, no quería seguir estudiando porque le gustaba mucho estar montado en los ferrocarriles, situación que preocupaba a su familia. A los 12 años comenzó a trabajar en una granja de pollos, por lo que se atrasó en sus estudios. Sin embargo, aquella experiencia le permitió ahorrar dinero y, tiempo después, continuó su formación académica.
Comenzó el bachillerato en el Liceo San Fernando que funcionaba donde actualmente se encuentra el Hospital San Fernando de Amagá. Algunos compañeros le propusieron trasladarse a la Normal para estudiar Pedagogía, pero inicialmente no le entusiasmaba la idea de convertirse en maestro. Finalmente decidió inscribirse para cursar quinto y sexto de bachillerato, aunque todavía no estaba convencido de su elección.
Durante sus estudios recibió una asignatura llamada Fundamentos, relacionada con la pedagogía, y realizó prácticas de observación en las escuelas Alejandro Toro, Urbano Ruiz y la Escuela Unitaria de Paso Nivel. También cursó asignaturas como química, filosofía, psicología, matemáticas, bibliotecología, proyecto de comunidad, español y manualidades.
En 1973 se graduó como maestro en la Normal Victoriano Toro Echeverri. Sin embargo, al terminar sus estudios comenzó a buscar trabajo en diferentes actividades, pues todavía conservaba su interés por el ferrocarril. En 1974, a los 22 años, fue vinculado a la Escuela La Hombría, ubicada en Damasco, municipio de Santa Bárbara. Para llegar debía realizar parte del recorrido en vehículo y continuar caminando o a caballo.
El primer día se presentó ante Olga Castañeda, una líder comunitaria que le ofreció alojamiento. Al llegar a la escuela encontró un establecimiento pequeño, con un solo salón para atender varios grados de primaria, separados únicamente por un tablero. También observó dificultades relacionadas con los servicios básicos, especialmente con la calidad del agua.
Las condiciones lo sorprendieron tanto que decidió regresar a su casa. Sin embargo, después de conversar con Leonel y Javier Tamayo, quienes lo aconsejaron y animaron a continuar, regresó a la vereda. La comunidad anunció por radio que el maestro había vuelto y que los niños podían comenzar las clases.
Su permanencia en La Hombría fue breve. Posteriormente, por intermedio de Emilia Rojas, profesora en Tarso, recibió la posibilidad de trasladarse a la Escuela Estación Tarso, perteneciente al municipio de Venecia, donde comenzó a trabajar un 4 de agosto.
Allí tuvo a su cargo los grados primero y segundo. Recuerda que recibía un salario de 126 pesos de la época y que enfrentó dificultades relacionadas con las largas caminatas, el intenso calor y las condiciones de alojamiento. Además, las crecientes del río Cauca golpeaban las paredes de la escuela. A pesar de ello, destaca la comprensión y amabilidad de los habitantes de la vereda.
Permaneció aproximadamente entre cuatro y seis meses en esta institución, tiempo durante el cual adquirió experiencias que considera fundamentales para su formación. Reconoce que llegó con pocos conocimientos prácticos y que fue precisamente el ejercicio de la enseñanza el que le permitió aprender. Para el maestro Darío, el verdadero maestro es aquel que practica su profesión con dedicación y voluntad.
En 1975 fue trasladado a la Escuela Urbano Ruiz en el Centro Poblado Camilo C de Amagá, donde permaneció durante 28 años, según recuerda. Comenzó orientando el grado quinto, con un grupo de 35 estudiantes. En aquella época, la jornada escolar estaba dividida en dos sesiones: de ocho a once de la mañana y de una a cuatro de la tarde.
Durante su permanencia en la institución conoció diferentes directores. Recuerda a Jairo Toro, quien se caracterizaba por su dedicación al mantenimiento y la organización de la escuela. Aunque el maestro Darío fue propuesto como candidato para asumir la dirección, prefirió continuar enseñando.
Posteriormente, el maestro Elkin Mesa asumió la dirección y promovió la creación del grado preescolar. Más adelante, durante la administración de la maestra Ofelia Zapata, se amplió la infraestructura para ofrecer los grados sexto y séptimo, que funcionaron aproximadamente dos años debido a las limitaciones de espacio y personal docente.
El maestro Darío recuerda con satisfacción su trabajo en la Escuela Urbano Ruiz, especialmente por la relación que construyó con sus estudiantes, considerando que, además de enseñar, el maestro debe brindar confianza, escuchar y aconsejar. Entre sus experiencias recuerda la de un antiguo alumno que, durante una celebración del Día del Niño, se encontraba en estado de embriaguez. El maestro Darío se acercó para conversar con él, aconsejarlo y ayudarlo a superar aquella situación. Para él, este acompañamiento también hacía parte de su responsabilidad como educador.
Asimismo, desarrolló durante casi tres años una experiencia de Escuela de Padres, mediante encuentros de orientación familiar. El maestro reconoce que estos espacios le permitieron compartir conocimientos y aprender de las familias. Todavía conserva la satisfacción de encontrarse con personas que le agradecen por sus enseñanzas, entre ellas el señor Ángel Custodio Álvarez.
Al recordar sus primeros años como maestro, reconoce que inicialmente no estaba convencido de querer ejercer la docencia. En algunos momentos pensó en retirarse para dedicarse al trabajo en fincas y a otras actividades. Sin embargo, sus compañeros lo aconsejaron y las experiencias con los estudiantes lo motivaron a continuar. Posteriormente orientó los grados tercero y cuarto durante cuatro años. Aunque recibió propuestas para trabajar en otros establecimientos, prefirió permanecer en la educación primaria, donde se sentía satisfecho con su labor.
En 1987 también participó en procesos de alfabetización de adultos en las veredas. Esta experiencia le permitió reconocer las diferencias entre las condiciones educativas rurales y urbanas. Señala que en las escuelas urbanas había mayores recursos, mientras que muchos niños de las veredas enfrentaban dificultades económicas que se reflejaban incluso en la falta de uniformes o ropa en buen estado.
En 2002 decidió retirarse del magisterio, satisfecho con el trabajo desarrollado durante su trayectoria. Después de un periodo de descanso comenzó a dedicarse al transporte. Inicialmente trabajó con un compañero y posteriormente adquirió una buseta para desempeñarse como conductor, actividad en la que también encontró nuevas experiencias y aprendizajes.
Al recordar su ejercicio docente, señala que la asignatura que más disfrutaba enseñar era Ciencias Sociales, aunque, como maestro de primaria, debía orientar todas las áreas del conocimiento.
El maestro Darío considera que los aprendizajes adquiridos durante su formación en la Normal fueron fundamentales para su desempeño en las diferentes escuelas. Aunque no realizó estudios de licenciatura, manifiesta que le habría gustado profundizar sus conocimientos en Ciencias Sociales o Pedagogía Reeducativa, especialmente por su interés en orientar y apoyar a los estudiantes.
La trayectoria del maestro Darío Acosta Cuartas permite reconocer que la vocación docente no siempre surge antes de ingresar a las aulas, sino que también puede construirse y fortalecerse a través de la experiencia. Su paso por las escuelas rurales y urbanas, el contacto con los estudiantes y el trabajo con las familias fueron fundamentales para encontrar sentido a una profesión que inicialmente no estaba entre sus principales aspiraciones. Su historia destaca el valor de la formación normalista y de la práctica pedagógica en la construcción de la identidad del maestro, así como la importancia de una educación que trasciende la enseñanza de conocimientos para contribuir a la formación humana y al bienestar de las comunidades.