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Un puesto en primera fila de la historia


Por Rubén Darío González Zapata 
Colaborador oriundo de Ciudad Bolívar
Corregimiento Alfonso López (San Gregorio)

                                                                               

Título: Europa entre bastidores. Del Tratado de Versalles al Juicio de Nuremberg

Autor: Paul Schmidt

Género: Historia

Editorial: Ediciones Destino, S.A., 2005, primera edición, mayo de 2005

Terminada la Primera Guerra Mundial (la Gran Guerra), 11 de noviembre de 1918, protagonizada por las potencias europeas, en la que terminó involucrándose posteriormente Estados Unidos, una Europa devastada buscaba desesperadamente el camino para recomponer el sistema de convivencia entre los países antes beligerantes, especialmente entre los que fueron sus protagonistas: por un lado, los Aliados (Francia, Reino Unido, Rusia, Italia y Japón) y, por el otro lado, las Potencias Centrales (Imperio Alemán, Imperio Austrohúngaro, Imperio Otomano y Bulgaria). Un proceso de búsqueda que, inicialmente, pareció funcionar relativamente bien bajo el paraguas de la Liga de Naciones, creada como parte del Tratado de Versalles, 28 de junio de 1919, precisamente para que fuera el instrumento con el cual las diferencias de los países afiliados se pudieran resolver por medios pacíficos. Porque – se pensaba — una guerra con las dimensiones de la que acababa de terminar no debería volver repetirse jamás. ¡Craso error!

Como era de esperarse, las condiciones de aquella parte del mundo en los años subsiguientes a la terminación de la confrontación no podían ser peores. La Alemania derrotada, humillada y sumida en el caos social, además de eso, obligada a asumir toda la responsabilidad por aquella conflagración y, en consecuencia, obligada a pagar a los vencedores, especialmente a Francia, unas reparaciones económicas que estaban por encima de sus posibilidades, era con mucho el símbolo más dramático de aquella tragedia continental. Pero había otros factores increíblemente complejos que necesitaban ser atendidos: el Imperio Austrohúngaro (de donde había partió la chispa que encendió el mundo en 1914) se había diluido y de sus restos humeantes habían nacido nuevas naciones que buscaban ocupar un puesto en el nuevo orden internacional; igualmente, durante la guerra y producto de su propia revolución, Rusia, convertida ahora en la Unión Soviética, a la que las potencias occidentales veían con recelo e inclusive como una amenaza potencial por su filosofía comunista, era un nuevo actor con el que había que empezar a contar. Mientras tanto, Estados Unidos, sin involucrarse a fondo, inicialmente observa los acontecimientos desde el lejano Nuevo Mundo como quien siente que su momento decisivo no ha llegado aún. Esta era la papa caliente que había recibido la Liga de Naciones, de cuyo esfuerzo y actividad diplomática debía surgir una era de paz y cooperación entre todas las naciones del planeta.

Sobre lo ocurrido en las décadas de los años 20, los años 30 y parte de los años 40, quienes somos aficionados a la historia hemos leído innumerables libros y documentos; hemos visto (aún se siguen viendo) toda clase de películas y documentales sin que, a pesar de la abrumadora cantidad de información recibida, lo lleve a uno a comprender en toda su magnitud las causas de semejante locura. ¿Cómo es posible que el ser humano haya sido capaz de rebajarse a tal nivel de degradación y violencia, que finalmente culminó con la segunda Guerra, una guerra infinitamente más catastrófica que la de los años 1914 – 1918? Pregunta a la que parece imposible responder. Es aquí en donde el libro Europa entre bastidores adquiere una importancia trascendental, porque esta obra es una especie de palco de honor desde el que, de la mano del autor, podemos asistir personalmente a las conferencias, sesiones, reuniones, asambleas y todo tipo de gestiones diplomáticas, a través de las cuales el destino del mundo es decidido por los actores que para ese entonces eran los dueños del poder. ¿La razón de su importancia? Su autor, Paul Schmidt; porque este escritor fue uno de los traductores, con el tiempo el de mayor relevancia en su círculo, cuya voz era el canal a través del cual las palabras de los participantes en aquellas reuniones llegaban, convertidas en un lenguaje claro y comprensible, a todos aquellos interlocutores que hablaban idiomas diferentes.

El oficio de traductor ha existido probablemente desde aquella ocasión en la que Dios, como castigo por haber pretendido construir una torre que llegara hasta el cielo en la bíblica Babel, condenó a los humanos a hablar idiomas diferentes. Hemos de suponer, entonces, que allí nació el oficio del traductor, porque de otra forma los pueblos de la Tierra no habrían encontrado el camino para entenderse entre sí. Un oficio cuya importancia, al leer un libro como este, puede uno comprender en toda su estatura, si se tiene en cuenta que, de la precisión de su trabajo, en el caso de la era de Entreguerras concretamente, dependía en gran medida el éxito de la solución de los grandes problemas a los que los países actores estaban enfrentados. Un trabajo de filigrana lingüística que probablemente muy pocos seres humanos llegan a dominar en todo su tamaño y que, por lo visto, lo logró el autor del libro. El otro aspecto que le da al libro un valor incalculable, es que le permitió al escritor ser la voz, en el más auténtico sentido de la expresión, de aquellos diplomáticos y jefes de estado que buscaban nuevos caminos de convivencia y eso lo convierte en un testigo de excepcional importancia sobre los hechos transcurridos en Europa entre los años 1919 y 1945 (aunque su incorporación al equipo de Ministerio de Relaciones Exteriores de Alemania se dio a partir de 1923). Es por eso que Europa entre bastidores me ha cautivado y se ha convertido desde ahora en uno de los tesoros más importantes de mi pequeña biblioteca.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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