Por Rubén Darío González Zapata Colaborador Oriundo de Ciudad Bolívar Corregimiento Alfonso López (San Gregorio)
Soy de los que creen que cada libro que uno lee es un paso más en la escala de la evolución de nuestro crecimiento o aumentación mental (para utilizar un término, nuevo para mí, encontrado en este libro), cuando la lectura se hace con un interés auténtico y con el deseo sincero de enriquecer nuestras ideas y conocimientos. Es la sensación que me queda después de haber vivido la lectura de Neuro derechos, el libro escrito por el neurobiólogo español Rafael Yuste. La obra es, en realidad, una biografía de su propia trayectoria como neurólogo y, a la vez, un trabajo de divulgación científica sobre la naturaleza del cerebro y sus aún no descifrados misterios. Todo escrito en un lenguaje que me cautivó porque, a pesar de tratarse de un tema tan especializado como es el de la neurología, está escrito en una forma tan familiar y sencilla que hasta un lego como yo en estas cosas de la medicina lo puede entender y seguir su avance como quien lee una novela de entretenimiento.
Pero quizás lo más interesante del libro es que le permite al lector -asido de la mano del autor- hacer un recorrido por el mundo de la investigación científica, que busca llegar a la comprensión de aquello que nos hace humanos. Ni más ni menos que la esencia misma del ser humano: el cerebro. Una esencia que será desvelada totalmente el día que se logre abrir la ventana a través de la cual se tenga la comprensión total de la naturaleza del funcionamiento del sistema nervioso propio de esta parte de nuestro cuerpo, ¡porque la ciencia aún no lo sabe! Por esta razón, para enfermedades como el trastorno bipolar y la esquizofrenia, entre otras, no existe aún tratamiento posible, porque el cerebro sigue siendo en gran medida una selva impenetrable, como la llamó Santiago Ramón y Cajal, neurólogo también español, considerado el padre de la neurociencia, de cuyo libro La histología del sistema nervioso del hombre y los vertebrados, nació precisamente la vocación científica del autor. Una sorprendente revelación del libro (capítulo 12, págs. 279-280), que me dejó perplejo. Sin embargo, como muchas otras fronteras de la ciencia, también esta será derribada, asegura Yuste.
La almendra -la esencia- del mensaje del libro es fácil de identificar si se sigue con cuidado el hilo conductor del trabajo científico de Yuste, que parte del descubrimiento de su vocación por el estudio del cerebro siendo apenas un joven estudiante en Madrid allá por los años 70 del siglo pasado, para pasar luego a Cambridge, Inglaterra a hacer sus primeros pinitos al lado de expertos ya consagrados; de este lugar partirá hacia los Estados Unidos donde ha dedicado sus esfuerzos durante el resto de su carrera como investigador científico y profesor de la Universidad de Columbia. El sitio en donde llegará finalmente a lo que se convirtió en la razón de ser de todo su esfuerzo; esto es, la necesidad de que la neurociencia esté sujeta a un marco ético objetivo, que tome finalmente el carácter de norma universalmente aceptada: los derechos neurales. El recorrido es muy interesante y está marcado por unos hitos, cada uno de los cuales y en su momento, le dio un giro decisivo al área de estudio a la que se dedicaría y, algo más significativo aún, a su visión personal desde el punto de vista ético.
El primero de estos hitos fue la creación, entre Yuste y su socio de nombre Larry en ese momento, de un método para observar la actividad de conjuntos de neuronas de forma sencilla y fácil a la vez, mediante la fusión de la electrofisiología y microscopía, un método que, para orgullo suyo, fue adoptado universalmente por todos los laboratorios del mundo; una contribución personal a la neurociencia que, sin embargo, se utiliza sin darle reconocimiento a su nombre. Esta experiencia marcó definitivamente el centro focal de su investigación a partir de ese momento: el estudio de las neuronas.
El segundo y más inquietante de sus hitos fue el descubrimiento, según el cual, mediante una determinada activación de las neuronas, se puede llegar un día a la posibilidad de la manipulación la mente humana, inclusive de su propio pensamiento. Fue un descubrimiento casual, esta vez en asocio con uno de sus ayudantes, un mexicano de nombre Luis Carrillo. El experimento, que se llevó a cabo en ratones, permite deducir, sin embargo, que el método es perfectamente posible en los humanos. El resultado de este experimento fue tan escalofriante que Yuste denominó a esta experiencia su momento Oppenheimer. En efecto, Oppenheimer fue el científico creador de la Bomba Atómica, quien, luego de observar la prueba de la explosión, tuvo que reconocer, espantado, que había desatado las cadenas de un monstruo, sobre el que, además, la ciencia había perdido el control desde el momento en el que el artefacto pasó a ser un arma en poder de los militares. Vistas las cosas desde la perspectiva de la neurología, también Yuste había despertado un monstruo que, igual que la Bomba Atómica, salido de control puede llegar a tener consecuencias imprevisibles. Posteriormente, Yuste dirá que otro de sus momentos Oppenheimer sucedió cuando un científico colega suyo, Eddie Chang, encontró también el método que, mediante la ayuda de la Inteligencia Artificial, permite descifrar los datos neurales en pacientes neurológicos, con las implicaciones éticas que de ello se pueden deducir. Estas perspectivas le quitaron muchas noches de sueño y fue el paso decisivo para que decidiera que la protección de la mente humana tiene que ser un derecho irrenunciable, proyecto al que ha dedicado cada vez más esfuerzo a partir de esos momentos.
El tercer hito es, precisamente, el nacimiento del proyecto del marco ético dentro del cual la ciencia debería desarrollar su trabajo de investigación de la naturaleza del cerebro; un marco que debería ser adoptado por los Estados del mundo entero, tal como lo fueron en su momento, los Derechos Humanos por parte de las Naciones Unidas. Es, de hecho, el objetivo central al que el libro dedica ocho de sus doce capítulos. En desarrollo de la idea, Yuste con su equipo de trabajo, más los innumerables contactos sostenidos con grupos de estudio de Estados Unidos y otras partes del mundo, ha llegado a la conclusión de que los derechos neurales deben estar centrados en:
- La privacidad mental.
- La identidad personal.
- El libre albedrío.
- El acceso justo a la neuroalimentación.
- La protección contra sesgos y discriminaciones.
Una vez leído el libro, creo que el esfuerzo por comprender la trascendencia de esta obra es algo que apenas comienza. Me gustaría mucho hacerle seguimiento al esfuerzo humano de Rafael Yuste y su equipo de trabajo.
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Por Rubén Darío González Zapata
Colaborador Oriundo de Ciudad Bolívar
Corregimiento Alfonso López (San Gregorio)

