Comparta esta noticia

Por Rubén Darío González Zapata 
Colaborador oriundo de Ciudad Bolívar
Corregimiento Alfonso López (San Gregorio)

Cuenta Eben Alexander, el neurocirujano que vivió una experiencia cercana a la muerte -ECM, cuyos detalles narra en el libro Prueba del cielo, que una de las sensaciones más poderosas experimentadas estando en la dimensión espiritual fue la conciencia de que somos una unidad cósmica. Es una sensación que, por lo demás, se da en la inmensa mayoría de los casos relacionados con quienes pasan por una ECM. Lo cierto es que la certeza de que nuestra unidad con la naturaleza, con el cosmos, es una condición evidente (“somos polvo de las estrellas”, decía Carl Sagan), y el hecho de que tantos de los que han tenido una ECM lo manifiesten de una manera sistemática, no hace más que demostrar que esa es una realidad inscrita en nuestro ser o, más exactamente, en nuestra conciencia superior, como la llaman quienes estudian este fenómeno, entre ellos, el también neurocirujano español Manuel Sans Segarra.

Hablo de unidad cósmica porque, por lejano y exótico que parezca el concepto y pese a que es parte de nuestra naturaleza, este es un elemento que casi siempre desaparece de la conciencia cuando, como sociedad, nos proponemos tomar decisiones cruciales. Lo ve uno, por ejemplo, al momento de analizar la forma como se aborda la actual situación política por la que atraviesa el país, en la que nos vemos, no como unidad, como esa especie de Arca de Noé en la que estamos todos embarcados en un viaje de cuyo éxito depende la existencia misma de la vida, sino como una especie de cuadrilátero en el que somos nosotros contra los otros. Peor aún, un escenario en el que nosotros somos los buenos y los otros son los malos. A propósito de esta antinatural forma de ver las cosas, les propongo que hagamos un alto, respiremos y hagamos un análisis del momento que vivimos, dejando a un lado odios, prejuicios y miedos. Verán cómo eso nos ayuda a encontrar elementos que nos permiten ver el horizonte no como un campo de confrontación sino como un escenario constructivo.

1. Ni los buenos son tan buenos ni los malos son tan malos.

El primer error en el que incurrimos cuando vemos las cosas desde una perspectiva maniquea de buenos y malos, es cuando ponemos el reflector sobre los pecados de los otros y tendemos un disimulado velo sobre los nuestros, ignorando cuidadosamente las cosas positivas de quienes consideramos adversarios. Ya montados en una estrategia como esta, el objetivo es insistir y machacar al oponente hasta convertirlo en una especie de peste que amenaza con destruirlo todo a su paso, con el propósito de no darle oportunidad alguna.

Sin embargo, si el ciudadano que está viendo las cosas dentro de un marco conceptual tan limitado como este hace un esfuerzo para informarse bien, se va a dar cuenta de que no todo es como lo pinta la prensa amarillista, los influenciadores, los mensajes sesgados y simplistas de las redes sociales o los discursos de los políticos de ocasión. Se va a enterar de que, detrás de cada experiencia política, así como hay elementos positivos a tomar en cuenta, se esconden también aspectos cuestionables, errores históricos y daños sociales que debemos mirar con objetividad. Nada es químicamente negro o blanco; todo se mueve dentro de una amplia gama de grises.

2. La mirada tuerta.

Todos los animales (incluida la especie humana) recibieron de la naturaleza dos ojos y dos oídos. Esto, aparte de lo que pueda significar en términos puramente fisiológicos, tiene también una simbología especial en el mundo de las comunicaciones, en el que ver y escuchar son una condición fundamental. Con ello, esta misma naturaleza nos está diciendo que en la vida diaria hay más de una forma de ver y escuchar. Que para poder entendernos bien hay que ver y escuchar con los dos ojos y con los dos oídos, no con la perspectiva de quien solo mira por uno de sus ojos.

Veamos, por ejemplo, y hablando de materia de política, el caso de la derecha y la izquierda. La derecha representa, en nuestro caso, lo que se llama el Sistema, esto es, las élites y los partidos que históricamente han manejado el país. Pues bien, lo primero que uno ve es que el hecho de que Colombia no haya llegado a ser un país fallido a pesar de los enormes conflictos por los que ha atravesado, implica que de alguna manera ha habido un esfuerzo serio que ha permitido sobreaguar en este mar tan picado. Digamos que al menos el Estado no colapsó y eso sería un punto a su favor. Pero, de igual forma, y hay que decirlo con toda claridad, el hecho de que Colombia, luego de 200 años de vida republicana, siga siendo hoy uno de los países más desiguales del mundo, atrasado y económicamente dependiente, implica que, en ese aspecto, el Sistema ha fracasado. En otras palabras, ya sea por ineptitud, por falta de voluntad, por falta de visión o por falta de interés, por intereses egoistas (o por todas esas cosas juntas), nuestras élites han fallado en algo tan fundamental como es la construcción de una sociedad desarrollada y justa, además de que, examinando sus propuestas políticas actualmente sobre la mesa del debate, uno no encuentra en ninguna de ellas un proyecto con la posibilidad de darle al país la transformación estructural que tanto necesita. Sin embargo, es evidente que su experiencia, bien encaminada y liberada de sus cargas contaminantes, pueden ser un aporte fundamental de este espectro político en la construcción de una sociedad con justicia y equidad.

Por otra parte, los movimientos de la izquierda tomados en su conjunto, incluyendo los grupos armados (las guerrillas), a pesar de que en sus plataformas ideológicas es claro su propósito de erradicar los problemas estructurales ya mencionados, estos terminaron -debido a sus errores e incoherencias- por incurrir en unos métodos de acción equivocados e inaceptables, con los que no hicieron otra cosa que darle al Sistema argumentos para que este se atornillara cada vez más en el poder. Sin embargo, también es cierto que estos han evolucionado y han aprendido de sus experiencias y errores, lo que les da la credibilidad y la legitimidad suficientes para ofrecer al país la posibilidad de contribuir eficazmente a la construcción de lo que las élites políticas tradicionales no lograron en 200 años.

En conclusión, un país (y Colombia no es la excepción) no se construye solo con la voluntad de unos cuantos y mucho menos con el trabajo de los unos contra los otros. Si queremos construir una sociedad realmente desarrollada, con justicia social e independiente, debemos hacerlo entre todos, debemos hacerlo entre nosotros y los otros.

Lectura recomendada:

Comentarios
Comparta esta noticia