Por Nicolás Antonio Vásquez López Cronista
Él no sabe que lo estoy observando desde las mesas del atrio en Comfama; bajando con una mochila en su espalda y un soporte de bolsa de canguro adelante sobre el plexo solar. La mochila con Jordan adentro y el otro, Olkin, al frente, al mejor estilo marsupial; sus perros criollos, negros con café “negro y fuego”, simulan rottweilers miniatura. Compone una especie de armonía invisible entre humano y mascota. Mascota proviene de la palabra francesa mascotte, que significa amuleto o talismán; a su vez, deriva del occitano (hechizo o embrujo). Su origen tardío es “masca”, o sea, bruja en germánico o celta. Me parece entonces que Jaime está bajo el embrujo de sus perros, asimismo sus perros bajo el hechizo del lenguaje. Sí, los carga como un talismán. Ellos ladran, son recelosos con su dueño, alertan la compañía de un perro lacio de la mesa contigua, escandaloso; el bravucón provoca un intercambio de ladridos estentóreos de enemistad. Jaime pidió tinto y yo pedí aromática de manzanilla, miel y jengibre.
Cuando él sube la taza blanca para tomar café, en desbandada bajan dos abejas en picada, embelesadas por el dulzor humeante de la bebida hirviente, puestas en la esmaltada orilla de la taza su abdomen zumbador: ¡sopla!, ¡sopla!, ¡bzzz!, ¡bzzz! Olkin y Jordan acompañan el rugido de un trueno en la panorámica frontal de este espinazo de montañas; asoma un aguacero de capa blanquecina, diluvio chorreante de Antioquia; parece desfondarse el cielo. Pasó Rubiela, la hermana; saluda casi moviendo la cola a los suyos; los perros le corresponden contentos. Olkin, el perro mayor, progenitor de Jordan, ladra incesantemente desde hace un buen rato… ¡Gua!, ¡gua!, ¡gua! Un ladrido gastado, gangoso de perro viejo; Jaime traduce el alboroto en una petición: “Quiere leche”.

Jaime de Jesús Ortíz Bermúdez tuvo decenas de oficios, tiene un sinfín de historias. Nació en Amagá, hace 63 años, por las manos parteras de Encarnación. Panadero, buñuelero, comerciante, vendedor, minero, jornalero… y hermano de La Ñurida. Tiene dos remoquetes: “Jaime Zea” y “Toyota”. Vaya a saber el porqué. Pasa un transeúnte por el atrio -cosa que no le gusta- (estar en el atrio, ves) y lo saluda “el amigo”; riposta las palabras aludidas a la amistad: “Qué talento”, “Qué atención” es carismático y a la vez sobrio. Otrora, cuando era bebedor, pasaba de punta a punta por El Palatino, La Barra, La Social, La Familiar, La 2001, La Palmera; eso años ha.
Los perros seguían inquietos en un apretujón de pelajes cortos. Me cuenta sobre la mina; trabajó en varias: Nechí, Carbones San Fernando, Mineros Unidos y la mina El Bloque, todas minería de carbón; asimismo, entró a las entrañas estrechas de las “gurreras”, socavones improvisados levantados a la suerte de Dios. En la mina El Bloque, donde cumplía la función de cochero, después de recibir la orden a regañadientes de un supervisor, ayudó a otros compañeros en tareas a las que no debía disponer más; lo hizo. El coche cargado se descarriló de su vía, embistiendo a Jaime, lo atropelló, dejándolo postrado por algunos meses. Dicen los peritos y tinterillos que fue por “enfermedad” y no un accidente de trabajo; habrase visto, hasta la empresa minera quebró. Modus operandi bastante desgastado, ¿no? Jaime se retira en pleno aguacero con Olkin y Jordan cargados cerca del plexo solar, como «mascotte». Me dice que tiene más historias… después me las cuenta
¡Jaime, que le vaya bien!
14 de abril de 2026.
Lectura recomendada:
Crónica parroquial: La carrilera






