Por Rubén Darío González Zapata Colaborador oriundo de Ciudad Bolívar Corregimiento Alfonso López (San Gregorio)
Es curioso que, para los griegos, la guerra y la sabiduría estuvieran representadas por un mismo personaje, Atenea, según se muestra en su mitología. Si bien en el caso de esta diosa, la guerra tenía un enfoque más orientado hacia la inteligencia aplicada a la estrategia militar, un elemento asociado casi siempre a la guerra como “arte”, tal como lo describe también Sun Tzu en su famoso libro El arte de la guerra. Por el contrario, el dios Ares, encarnaba, sin matices, el aspecto brutal, sangriente y caótico de esta actividad de los humanos. Reflexionando sobre esta condición humana, no dejo de pensar en lo paradójico que resulta observar que, en las mitologías de los pueblos antiguos, la sabiduría y la violencia aparezcan siempre como dos componentes casi que inseparables de una misma realidad.
Con el cristianismo (igual que otras religiones orientales), por lo menos en lo que a los Evangelios y a los demás escritos del Nuevo Testamento hace referencia, ocurre algo diferente. Definitivamente, esta religión encarna una visión pacifista de la condición humana, y no hablo de un pacifismo pasivo, en el sentido de simple ausencia de violencia, sino de un pacifismo activo, entendido como el propósito de construir una sociedad cuyos pilares son, entre otros valores, el amor (Pablo la llama caridad), el perdón, la justicia y la solidaridad. Aunque si bien es cierto que dentro del Nuevo Testamento aparece con frecuencia la expresión guerra, esta se encuentra asociada a una idea muy diferente a la usualmente empleada a lo largo de la historia convencional. Y es que en los escritos de esta parte de la Biblia el concepto de guerra está asociado a la lucha contra un enemigo espiritual (el ateo dirá que es un enemigo ficticio) encarnado en un personaje que representa el Mal absoluto, denominado Demonio. Se trata, por consiguiente, de un tipo de guerra muy diferente, en la que los no cristianos no tienen por qué sentirse amenazados.
Pese a lo anterior -y aquí está la que, en mi concepto, es la gran paradoja del cristianismo- las sociedades que adoptaron como suya esta religión, han seguido siendo tan violentas -y a veces mucho más- como cualquier otra sociedad del mundo no cristiano. Paradoja que se vuelve aún más inexplicable cuando se constata que esta, la religión del amor y del perdón, con el tiempo terminó por convertirse en una excusa para ejercer violencia sobre otros seres humanos a los que veía como enemigos por no ser cristianos o cristianos que cuestionaban algún aspecto de su esquema doctrinal: los herejes. Y no cualquier clase de violencia, sino una llevada con frecuencia a unos extremos que hoy en día nos estremecen. Quien haya medio leído la historia de la Civilización Occidental, la Civilización cristiana casi por definición, sabe de qué estoy hablando. ¿Cómo se explica, por ejemplo, el caso de una ideología como la del nazismo surgida en Alemania, un país cuya sociedad se construyó dentro de un contexto histórico fundamentado en valores cristianos y que, además, era en su momento (de hecho, lo sigue siendo) una de las naciones cultural y científicamente más evolucionadas del mundo?
Esto me lleva, forzosamente, a dos libros que, para fortuna mía, puso en mis manos el destino por estos días. Sobre uno de ellos ya hice referencia en mi penúltima columna, El arte de la guerra y de la paz, (Periódico El Suroeste, 6 de abril de 2026). Allí me hago la pregunta de cuál es la razón por la que el ser humano sigue siendo, después de tantos años de progreso, incapaz de resolver sus diferencias por medio de la estrategia de la razón en lugar de hacerlo a través de la estrategia de las armas, con sus consecuencias de violencia, autodestrucción, odio, sufrimiento… más un larguísimo etcétera que con ello se produce. Una respuesta que, desde luego, no tengo. Pero un nuevo libro (aún lo estoy leyendo) que llegó a mis manos me está permitiendo asistir en primera fila a un escenario en el que la diosa de la razón inicialmente parecía estar presente con su sabiduría en el espinoso tema de los efectos del Tratado de Versalles sobre una Alemania derrotada y humillada. Se trata del libro Europa entre bastidores. Del Tratado de Versalles al Juicio de Nuremberg, escrito por Paul Schmidt. El título de la obra hace referencia al período llamado Entreguerras, es decir, la historia de Europa que va desde finales de la Primera Guerra Mundial (1918) hasta el año de 1946, cuando los líderes nazis de una Alemania, una vez más derrotada y destruida, comparecieron ante el Tribunal de Nuremberg para ser juzgados por parte de Los Aliados por sus crímenes de guerra.
El libro aquí citado no tendría nada de especial (sobre este período de la historia se han escrito miles de libros) si no fuera porque su escritor, el señor Schmidt, terminó siendo el traductor oficial por parte de Reichstadt (Estado Alemán) en las numerosas conferencias internacionales que se llevaron a cabo, inicialmente, entre representantes de las potencias europeas, que tenían como finalidad el manejo sumamente espinosos de las relaciones de Francia e Inglaterra con una Alemania humillada a la que, por lo demás, se le acusó de haber sido quien inició la Primera Guerra Mundial y, en consecuencia, se le condenó a reparar los daños causados por ese flagelo (una carga económica impagable en la situación en la que había quedado el país), además de haber tenido que ceder parte de sus territorios a Francia y a Polonia. Una etapa en la que la diplomacia (la diosa Razón) era la herramienta para la solución de las diferencias. Posteriormente, a partir de 1933, este escritor siguió desempeñando el cargo de traductor, pero siendo ya Adolph Hitler dueño del poder; una nueva etapa en la que la diplomacia, rápidamente, le cedió su puesto a la fuerza bruta y descarnada al dios Ares fue la herramienta para “resolver las diferencias”. Por consiguiente, un testigo personal de excepcional importancia en todo este período de la historia. Un verdadero bocatto di cardinale para alguien aficionado a la historia.
Pero, ¿a qué viene esta referencia? La respuesta es clara: dentro de los veinte años encerrados en el libro de Schmidt, aparecen de manera nítida las dos estrategias que usan los seres humanos para resolver sus conflictos. Esto es, la estrategia de la sensatez, la del esfuerzo intelectual, la de la capacidad para negociar, propia de lo que se llama la diplomacia, que imperó hasta el año de 1933; y, a partir de ese momento, la estrategia de la fuerza bruta; la que se fundamenta en la violencia, el odio y el profundo afán de acumular poder y riquezas en detrimento del más débil. La diosa Atenea y el dios Ares en su más dramática exposición. Los resultados son más que conocidas.
Lectura recomendada:


Por Rubén Darío González Zapata
Colaborador oriundo de Ciudad Bolívar
Corregimiento Alfonso López (San Gregorio)


