Por Nicolás Antonio Vásquez López Cronista
Paralelo a los comentarios, leo libros. Leo a falta de tiempo; sin embargo, leo. A veces con afán, otras veces abstraído en el texto. Las formas de leer son infinitas. La mayoría de oportunidades, contabilizo desde el cronómetro de pulso el tiempo para leer. No entiendo tantas veces lo leído, no comprendo. Otras tantas me conmueven las composiciones escritas en prosa y verso.
Por estos días quise visitar el II Festival del Libro Infantil en Medellín; asistí al II Seminario de Literatura Infantil. No me esperaba un evento con tantas almas prestas para la secuencia de expositores; el 70 % de los asistentes fueron docentes. Según los organizadores, Fundación Ratón de Biblioteca, el Teatro Metropolitano José Gutiérrez Gómez, nombrado así en honor a “Don Guti”, cofundador y empresario antioqueño, no lo vayan a emparentar con “Don Fico”, qué horror. El aforo fue de 700 personas; los susodichos fueron desgranando butacas conforme el agobio los iba desencantando. Parecían estudiantes calcinados por la extensa jornada escolar, encogidos, despanzurrados, abriendo la boca en sendos bostezos de hastío. El otro 40 % entre editores, escritores, ilustradores, bibliotecarios y demás oficios emparentados con la literatura infantil.
La directora de Ratón de Biblioteca afirmó las pretensiones de la ciudad de Medellín para postularse a ser la Capital Mundial del Libro, galardón otorgado por la UNESCO cada año. Aunque la directora refrescó la memoria de varios datos de 2024, según el Índice Lector realizado por Early Grade Reading Assessment -EGRA, el Banco Mundial y la Gobernación de Antioquia, el 40 % de las niñas y niños de primero y segundo tienen problemas de comprensión lectora; a su vez, una aceptable comprensión oral. Antioquia hablantinosa: para ser la Capital Mundial del Libro, antes corresponde atender la periferia del territorio, extender la cobertura institucional de los eventos centrales, enviarlos a los municipios de la provincia. ¿Solamente hay niños en Medellín? Los desventurados niños, agredidos por las manifestaciones bélicas del mundo. Expoliados, abatidos, vapuleados, bombardeados, envenenados, violados, atribulados por la pobreza. Siendo así la crítica, lectura crítica de la directora.
Jorge Luján, sensible hombre argentino, parecido al flaco Spinetta, me conmovió con sus poemas cantados y cuentos musicalizados. Un Fito Páez de la literatura infantil. Tocando un teclado que le quedó corto. Yolanda Reyes, Yael Frankel, Vicenta Siosi Pino y Ema Lucía Ardila, mujeres autoras de relatos, ilustraciones y talleres para niñas, niños y jóvenes.
Vicenta, oriunda de una ranchería de Riohacha en La Guajira, contó las historias trazadas por la etnia wayuú; algunas escandalizaron a los asistentes “arijunas o alijunas” (persona foránea a la etnia). Vicenta es una mujer indígena escritora. Cuenta. En la ranchería, mi papá tuvo 7 esposas; la última esposa de 14 años y él de 72. Desde 1910 existieron los primeros internados católicos en La Guajira; no podían hablar en lengua wayuunaiki, no tenían vacaciones por el hecho de asomarse a ritos paganos de su cultura, no podían conectar con su cosmogonía; Dios ahora pedía su precio, la evangelización de “los salvajes”.
Muchas niñas en las décadas de los 60, 70, 80 y 90 fueron enviadas a casas de alijunas para ser apadrinadas, poder estudiar, salir adelante. Veían una oportunidad para sus hijas; la realidad es otra: fueron tratadas como servidumbre, largas jornadas de trabajos domésticos: limpiar mierda del bebé que se cagó a medianoche, cocinar, planchar, barrer, mandados, mercado, infinidad de tareas, ninguna asociada a la preparación académica o educación. Servilismo. Tal vez MEDELLÍN pueda leer libros y a la vez leer las graves omisiones presupuestales, sociales, educativas, constitucionales a la población infantil.
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