
Por Nicolás Antonio Vásquez López Cronista
La carpa blanca de estructura metálica la pusieron donde no era, no le digo, ¡ah, despalomados los contratistas!, al vuelo, los organizadores la llevaron abajo, a la rotonda, al lado de la estatua de Simón Bolívar, una letrina para las palomas. Yo tuve una fascinación inusual por la Feria de Libros Leídos de Amagá; decidí ayudar, eso a lo que llaman voluntad comunitaria.
Los libros empacados en cajas de cartón, acarreados por un motocarguero, normalmente ocupados para llevar material de construcción; precisamente los libros son ladrillos para construir los muros de la feria; sin ellos se nos cae el castillo de sueños. 8 mesas longitudinales con manteles negros, dispuestas tipo asamblea, los géneros: narrativa, infantil, juvenil, ciencias sociales, autoayuda, revistas. La feria abrió a las 10 a. m. —parecía una panadería—; la gente ordenaba el caos, vendíamos “pan caliente». ¡A la orden! Mano lava mano. El dinero era depositado solemnemente a modo de diezmo en el baúl con candado. 1200 libros aproximadamente, curiosos niños atajaban de a dos, tres libros y los adultos blanqueaban el ojo; el baúl se nutría, un pueblo de feria, un pueblo feriado, cuando Medellín fue elegida por ustedes como capital mundial del libro para el 2027; pensé, debe existir mucho libro por ahí, la mayoría de los libros vendidos en la feria provienen de personas de Medellín, el promedio más alto de lectura del país. Entonces, la feria merece un reconocimiento en la cadena de sucesos del mundo del libro; leer el mundo no es cosa de venta nomás. Leer el mundo es entender la capacidad que tienen la lectura, la escritura, la oralidad y su elemento, el libro, para cambiar modos de vida.
Además, no pude resistir pensar en múltiples ferias de segunda mano; mi memoria no registra una feria así, de este tipo, en Amagá. El apogeo de la moda circular, el surgimiento de tribus urbanas volviendo a los artículos retro, vintage, tecnología análoga, moda grunge; asimismo, la moda Y2K (dosmilera) pone en el panorama la reutilización, la segunda mano; al parecer, el libro está y al mismo tiempo no está en las lógicas de la moda, estar/no estar: el libro es infinito. Suena música, disfrutamos el recital de piano y violín acompañando la atmósfera; parecía otro lugar.
Ese instante representa la infinitud, el círculo. La lectura es reciclaje, por supuesto, relectura, volver a los textos, volver a libros leídos, volver a personas conocidas, volver a casa, volver al pueblo. La parábola del volver, la paradoja del siempre volver, ¡no a lo mismo!; uno vuelve a lo mismo, sin ser el mismo. Así me pasó ayer, abrí la bolsa con los libros comprados; el asombro, sonreí. Volví a la impresión de la primera vez que los vi, esta vez más íntima, reposada, temperada; lo que parecía una compra acelerada cobra sentido. Uno compra libros para regalar a la gente querida, para sentirse querido, ¿no?. El joven de los dedos musicales en el teclado suavizó el sol inclemente; el violinista provocó el baile, nada más cercano a una verbena criolla. Los asistentes preguntan por títulos de libros; no sabemos, solo buscamos. La feria es sobre libros extraviados; uno los encuentra o ellos nos encuentran, yo qué sé. Son las cuatro de la tarde; el loco pronto viene por la carpa, los libros no vendidos empacados de vuelta en las mismas cajas destartaladas, se acabó, la rotonda se ve desértica, ¡acá algo pasó! Duró un segundo, duró una eternidad.
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