Y su hermana la pirámide
Por Rubén Darío González Zapata Colaborador oriundo de Ciudad Bolívar Corregimiento Alfonso López (San Gregorio)
No todos los pueblos del mundo han tenido una suerte como la nuestra. No todos han recibido de la naturaleza el don de haber nacido y crecido pegados a las faldas de hermosos picos y cordilleras, puestas ahí para deleite de nuestros ojos por la divina naturaleza, esa diosa espléndida, bella y generosa, cuya fragilidad con frecuencia optamos por ignorar. No todos los pueblos han recibido una de esas obras esculpidas por las fuerzas descomunales nacidas en las entrañas de la Tierra, para ser luego revestidas de verde por Fauna e igualmente pobladas con toda clase seres salvajes por las manos de Flora, porque ambas diosas habitan también en las cordilleras de Los Andes en América. ¿Qué fue lo que nos hizo dignos de merecer semejante privilegio? ¿Cuáles fueron nuestros méritos para haber sido premiados con estos inestimables dones? Tal vez nunca tengamos la respuesta a estas preguntas, pero hay algo que sí está en nuestras manos: decidir qué hacer con estos regalos del destino.

Cuántas veces al salir el Sol, la primera vista que tenía ante mis atónitos ojos y mirando desde nuestra pequeña casa en La Lindaja, era esa curiosa pirámide natural que parecía darnos a todos los buenos días desde el horizonte. –¿Cómo se llama ese pico?– le preguntaba, una y otra vez, a mamá Julia y ella, con la paciencia propia de una madre, siempre me respondía lo mismo: –M´hijo, ese es el Cerro Tusa, ¡ya deberías recordarlo!– . Pero a mí no me importaba su reproche, ensimismado con aquella visión: –¿Y por qué lo llaman así?–, insistía. –¿Yo qué voy a saber? Desde que yo era chiquita siempre he sabido que ese es su nombre–, respondía de nuevo mi mamá, cansada de mis repetitivas preguntas. Yo, mientras tanto, seguía observando con curiosidad aquella formación montañosa. Con el tiempo vine a saber que ese es un lugar considerado sagrado por los ancestros de los habitantes de América desde mucho antes de que llegaran los españoles. ¡Sagrado! Qué caracterización tan hermosa la que le daban nuestros ancestros indígenas a ese cerro, lo que los llevaba a amar, a respetar y a proteger aquella montaña como si fuera el altar de una catedral. Es el fruto de una sabiduría nacida en aquellos lejanos tatarabuelos nuestros de manera natural, porque para ellos la naturaleza es la Madre que todos estamos obligados a venerar. Hay en esa conciencia una profunda sabiduría que sus descendientes tal vez no hemos sabido entender.
Pero el sitio inspirador por excelencia que tenía ante mis ojos, aquel en el que anidaban los sueños más hermosos de mi infancia, eran los Farallones del Citará. Esa mole inmensa de rocas y vegetación que se levanta como la cara de un cacique que mira al cielo; la que parecía acompañarnos a donde quiera fuéramos y que en los atardeceres extiende una sombra tan larga que parece invadir toda la región de los municipios que se encuentran a sus pies, respetando, sin embargo, una breve mancha de luz, que es, según lo decía la gente, la señal de Fauno para los venados, que les indicaba que era el momento de salir a pastar tranquilos porque los grandes depredadores se habían retirado a descansar. De ahí su nombre de Sol de los venados. Recordando nuestras noches de veladas y leyendas en la casa de los abuelos, a la luz de las velas que proyectaban las sombras de nuestros cuerpos en el fondo de la pared, me sorprende aún la facilidad con la que los cuenteros en aquellos momentos ponían a volar relatos de supuestos palacios construidos en el picacho de San Nicolás, lagos en los que patos salvajes ponían huevos de oro, más otras leyendas que, por más increíbles que pudieran parecer, eran para nosotros, los chicos, una realidad irrefutable. En las noches de luna llena los cuentos adquirían un realismo casi sobre natural, porque mientras estos salían de la boca del narrador, teníamos ante nuestros ojos las siluetas recortadas de aquellas misteriosas cordilleras a donde, según se decía, nadie había podido ascender. Cómo, entonces, se había enterado Pablo –nuestro narrador de cuentos más destacado– sobre la existencia de estas maravillas, era algo que ni siquiera nos molestábamos en preguntar. Y menos mal que no lo hicimos, porque de haberlo hecho tal vez se habría perdido lo más importante de aquellas narraciones: la magia de la imaginación.
Reflexionando sobre estas cosas, es muy posible que muchos lectores vean en estas palabras sólo una especie de ejercicio romántico alrededor de unas montañas que –dirán ellos–, al fin y al cabo, no son más que eso: montañas. Y, siendo sinceros, creo que la inmensa mayoría de los habitantes de los municipios que se encuentran dentro de la zona de influencia del ecosistema de esta reserva forestal, los Farallones del Citará, con excepción de algunos amantes de la naturaleza y unos cuantos románticos deseosos de vivir una experiencia de turismo ecológico, no aprecian en su total magnitud el enorme privilegio de contar dentro de nuestro territorio con este complejo de cordilleras. A estos amigos les cuento que parte muy importante de lo que hoy es la Civilización Occidental, dentro de la cual nacimos y crecimos en la América poscolombina, tuvo su nacimiento en dos montes, ni siquiera tan altos como nuestro picacho: El Monte Sinaí, en el que Dios mismo le entregó a Moisés las Tablas de los Diez Mandamientos y el Monte en Grecia, en el que, de acuerdo con la mitología de aquel pueblo, vivían los dioses: el Monte Olimpo. Comparadas esas historias hoy conocidas en el mundo entero con las historias de palacios y lagos encantados del Citará narradas por Pablo, estas no pasan de ser inocentes cuentos infantiles, recordados apenas por algún nostálgico del pasado como yo. Con la excepción, muy honrosa, por cierto, de los fundadores del corregimiento de Farallón, quienes sí supieron aprovechar su ubicación dentro de este que debería ser nuestro Monte olímpo, para darle su nombre a este corregimiento.
En síntesis, la provincia de San Juan en el Suroeste antioqueño, la porción del mundo que nos dio la naturaleza, descansa sobre dos columnas: el Cerro Tusa y los Farallones del Citará. Estas montañas deberían ser más apreciadas por quienes tuvimos el privilegio de nacer y vivir en esta parte de Colombia. ¿Qué nos impide convertir estos dos regalos de la naturaleza en el Olimpo y en el Sinaí del Suroeste antioqueño?
Foto portada: Amigos del Cerro San Nicolás.
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Por Rubén Darío González Zapata
Colaborador oriundo de Ciudad Bolívar
Corregimiento Alfonso López (San Gregorio)


