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Por Nicolás Antonio Vásquez López
Cronista

Querido señor Epifanio Mejía Quijano

Dispense la molestia de mi carta; no está en la obligación de corresponder. Bajo grave juramento de buena fe escribo las siguientes líneas en profunda consternación. La patria de Antioquia, su patria, la montañosa, la azarosa, la montaraz, la primitiva, la justa de Pedro Justo, cae, a todo minuto, en todas horas a la rabia. Los cantos alguna vez escritos por usted son despedazados al son de la destrucción. Me río de la tierra de Pedro Justo Berrío, quien venció a Pascual Bravo en Marinilla en la batalla del Cascajo y se le plantó a Tomás Mosquera y sus huestes liberales. Ahí, unido a las plácidas hojas de lecho madrigal, levantó el hacha, signo de quebranto hortelano, escribió el himno de la patria antioqueña y con él un mítico enredo. Señor Mejía, me entero por las ágiles lenguas de la villa de su desgraciado desliz poético; su internado en el manicomio del Bermejal en Aranjuez es un verdadero inconveniente; no me dejarían entrar para entregar mi carta mirando sus ojos azules —si lograría entrar, me dejan—; además, quería constatar si tiene la cabeza ancha platónica, las barbas matusalénicas y el semblante de conde Drácula. Lo digo por un retrato en talla de roble puesto en la biblioteca de un gran amigo, Adonaís de Angostura; a cada tanto declama sus versos.

¡Oh libertad que perfumas

las montañas de mi tierra,

Deja que aspiren mis hijos

tus olorosas esencias! 

La anterior estrofa del himno fue profanada; aunque sus versos son cantados al unísono por miles de niños en las primarias con la mano derecha en el corazón palpitante y los ojos fijos en el crucifijo. La Antioquia del siglo XIX y parte del XX aspira a un olor floral, a eucalipto, pasto recién cortado. Reclinados en los prolegómenos de mi compadre Facundo. Ahora los aires tornaron agrios de toda acritud; las ventiscas de mayo y agosto traen consigo la peyorativa estela de podredumbre; los perfumes de las montañas taladradas en el corazón desaparecen. Las industrias de cebo, buche, pluma y sangre, más las curtiembres, la industria de amplia garganta cargada de miles y miles de partículas nocivas, viciaron el éter de los dioses. Le ruego, poeta de la montaña, modifique el mortuorio poema. Esta es mi última carta que le envío. Empiezo a contemplar el hecho de que su negativa responsorial es motivo del olor tanático, olor a muerto, vaticinio lamentable de su partida.

 

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Comentario: Zari huella

 
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