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¿Fábula o realidad?


Por Rubén Darío González Zapata 
Colaborador oriundo de Ciudad Bolívar
Corregimiento Alfonso López (San Gregorio)

–Qué es lo que te pasa, hombre Rudaro, que te noto pensativo y meditabundo–, me dijo el buey Sócrates ayer en las horas de la tarde, cuando al ponerse el sol me encontraba sentado de nuevo, tal como solía hacerlo hace ya muchos años, en el pequeño rellano del frente de aquella pequeña casa rodeada de jardines. En ese entonces las cordilleras, praderas, cañones, guamales, potreros y cafetales que alcanzaban mis ojos a abarcar, en uno de cuyos filos un grupo de sencillas casas se amontonaban silenciosas alrededor de un viejo samán, constituían todo el universo dentro del cual yo crecía; era el escenario que la naturaleza había puesto a mi disposición para que en los espacios en los que, libre momentáneamente de los fantasmas de mis miedos e incertidumbres que, como demonios infernales, tantas veces me robaban la paz y la alegría, podía poner mi mente a volar. También Linda, la mula preguntona, entre taciturna y atónita, me miraba intensamente, tal vez preguntándose cuál sería la razón de mis misteriosas meditaciones.

Concentrado como estaba en mis pensamientos, quise ignorar las preguntas incómodas de mis amigos de cuatro patas, pero me fue imposible; al fin y al cabo, compartir con ellos los motivos de mis grandes interrogantes sería una manera de hacer que estos fueran más llevaderos. Tal vez en ellos, igual que en los pájaros, en los animales salvajes y en los animales domésticos; en los ríos, en los montes y hasta en el viento que llora en las noches de lluvia, encuentre las respuestas que con tanto afán busca mi espíritu atormentado. Porque sé que ellos han sido puestos allí por los dioses del Citará para hacerme compañía; jamás me dan la espalda cuando los necesito.

–Vea hombre Sócrates y vea hombre mula–, les dije decidido a abrir ante ellos mi corazón, –ustedes, los animales, son muy diferentes a nosotros y por esta razón les resulta tan difícil entender la forma como actuamos los humanos; por eso quiero aprovechar la oportunidad para confesarles que lo que más amo de ustedes es que carecen de los instintos destructivos propios de nosotros los humanos, entre ellos y el más peligroso de todos, el del odio–. Sócrates y Linda asintieron con cierto aire de resignación. Saben que en los humanos existe esa carga, porque en algunas oportunidades ya hemos hablado de eso y, especialmente, porque en las personas que conocen pueden adivinar su existencia, pero son incapaces de entender ese sentimiento porque es algo radicalmente ajeno a su naturaleza. –Y ahora,  añadí con un inconfundible tono de tristeza, en estos momentos por los que está atravesando nuestro país, inclusive el planeta mismo, los niveles de odio están llegando a cumbres demenciales. Es esa la razón por la que ustedes me ven tan cabizbajo y meditabundo–, les dije. Sócrates y Linda escuchaban en silencio mis palabras. Un silencio que interpreté como un mensaje de amor y solidaridad. ¡Por eso amo tanto a estos amigos!

–¿Cómo fue que descubriste la existencia del odio y cómo te afectó ese descubrimiento?–, me preguntó Linda. ¡Esta mula siempre tan curiosa! – Inicialmente, le contesté, en mi infancia no sabía que el odio existiera. Creo, y lo dicen también los investigadores de la conducta humana, que este es esencialmente una condición que se adquiere a lo largo de la vida; en los niños, concluye uno, el odio es algo desconocido. Pero un día un amigo y compañero de la escuela fue asesinado. Sentí entonces que el mundo ingenuo en el que vivía, en el que estaba seguro de que los niños no morían, y mucho menos, podían ser asesinados, se vino abajo de un golpe. Poco tiempo después me encontré de pronto y sin planearlo mirando a un hombre, un vecino conocido, cubierto de sangre y tirado a la orilla de un barranco, de cuya garganta brotaban insoportables gritos de dolor. De esta forma descubrí que entre los seres humanos existía una especie de pesadilla que se llamaba odio. Era yo entonces un niño quizás de apenas unos siete años. Como detalle curioso, un compañero de escuela me contó días después que en el matorral desde el cual alguien le disparó a ese hombre cuando iba de regreso a su casa, la Policía había encontrado un cuchillo clavado en la tierra en el que había un papel con la palabra odio escrita en él. Desconozco si ese detalle fue cierto o fue algo que se lo imaginó este amigo, pero esto reforzó en mí la convicción de que odio y violencia son dos fenómenos sociales fatalmente unidos entre sí; una convicción que, desde entonces, siempre ha estado conmigo–. Mientras yo hago esta narración, en el ambiente existe un silencio casi sagrado; un silencio interrumpido solamente por el canto de una mirla que se despide de la tarde; su trino nos devuelve momentáneamente al encanto de una naturaleza en paz. Pero Sócrates y Linda seguían ahí, mirándome como quien siente que el tema no ha terminado. ¿Qué sigue?, parecen decirme.

–La siguiente etapa, continúa mi exposición, se fue dando en los años subsiguientes, en la medida en la que la violencia política era un fenómeno cada vez más evidente. Entonces llegué a la conclusión de que política y odio son fenómenos sociales que casi siempre terminan en violencia física, tanto por parte de quienes proponían un país justo, pero lo querían construir por la estrategia de las armas y también por parte de un Estado cuya idea para neutralizar esos grupos ha sido, fundamentalmente, la estrategia militar. Un círculo vicioso del que salir ha sido imposible. De esta forma, la posibilidad de poder empezar a construir el país dentro de un clima de entendimiento mutuo se hace imposible, mucho menos ahora, cuando el país está notificado de que una Espada de Damocles dispuesta a hacer su trágico trabajo pende de un frágil y delgado hilo sobre las cabezas de muchos colombianos. Y no es una fábula, desafortunadamente–.

En los ojos de Sócrates adivino una profunda expresión de incertidumbre. En su mirada sé que ahora comprendían la razón de mis pesares. Adivino igualmente que esa mirada no es de compasión ni de resignación; por el contrario, es una mirada en la que me dicen que están conmigo; que la naturaleza, que es el mismo don de la vida, nos acompaña y nos acompaña a quienes, por encima de las diferencias, creemos que construir un país entre todos, libre de odios y prejuicios, sigue siendo un objetivo posible. De todo corazón les expreso mis agradecimientos a estos amigos. Mientras tanto y por allá muy adentro de mi ser, añoro aquellos años de mi infancia en los que desconocía que en el mundo existía un oscuro demonio llamado ODIO.

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