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Investigación de Daniel de Jesús Granados Rivera
Maestro investigador, formador de formadores de la I.E.N.S.A.
Magister en Educación en la línea de Formación de Maestros UdeA
danielgranados1971@yahoo.es

En medio de la experiencia surgió una pregunta que parecía sencilla, pero que terminó dando sentido a todo el ejercicio: ¿Cómo te sueñas a Amagá? No buscaba una respuesta correcta ni una tarea para calificar. Sólo quería escucharlos. Bastó con hacer la pregunta para descubrir que los niños tienen una forma muy especial de mirar el municipio y de imaginar el futuro. Bastó con abrir un espacio en el aula y darles la palabra. Entonces comprendí que, cuando a los niños se les pregunta por el lugar donde viven, responden desde el corazón.

Ilustración de Nicolás Sánchez T., estudiante de 5.º A de la Institución Educativa Escuela Normal Superior de Amagá, que representa cómo imagina el municipio.

Sus respuestas no hablan de grandes edificios ni de ciudades futuristas. Hablan de ríos limpios, de árboles, de perros protegidos, de calles en paz, de personas amables y de un tren que vuelva a recorrer nuestro municipio. En el fondo, hablan de un lugar donde valga la pena crecer.

Esta experiencia, realizada con los estudiantes de la Institución Educativa Escuela Normal Superior de Amagá, sede María Auxiliadora, nació como un ejercicio de reconocimiento del territorio en el marco de los 238 años de nuestro municipio. Más que una actividad de aula, fue una oportunidad para descubrir cómo lo miran quienes apenas comienzan a escribir su propia historia en él.

La primera en responder fue Sofía Molina, de preescolar “A”. Con la sencillez que sólo tienen los niños, dijo:

«Yo me sueño a Amagá bonita, tranquila, en paz.»

Después escuché a Salomé Galeano, de grado primero “B”, quien imaginó un municipio «lindo, con gente alegre, organizado, lleno de árboles y flores, lleno de paz y respeto». En sus palabras entendí que la belleza de un pueblo no depende sólo de sus paisajes, sino también de la forma en que las personas se relacionan entre sí.

En segundo “A”, Mariángel Montoya dirigió su mirada hacia quienes no tienen voz. Sueña con un Amagá sin maltrato contra los perros y sin basura en los ríos ni en las calles. Su respuesta nos recordó que cuidar el territorio también significa proteger la vida en todas sus formas.

La naturaleza volvió a aparecer en las palabras de Samara Urrego del grado tercero “B”, quien imagina un municipio «bonito, tranquilo, amable y en armonía con la naturaleza».

Fernando David Montoya del grado cuarto “A” añadió un deseo que debería acompañarnos siempre: un Amagá amable, pacífico, sin problemas y donde las personas aprendan a no contaminar el medio ambiente.

La reflexión más extensa llegó con Antonia Echeverri, estudiante de quinto “A”. Ella no sólo soñó un municipio más bonito, limpio y sin tantas peleas. También expresó el deseo de que las antiguas vías del tren vuelvan a ser parte de la vida de Amagá para que las nuevas generaciones puedan disfrutar de ese patrimonio que hace parte de nuestra historia: «yo me imagino a nuestro municipio Amagá más bonito, limpio y sin tantas peleas. Pero, sobre todo, lo que más me gustaría es que arreglen las vías del tren para que las nuevas generaciones podamos disfrutar de este maravilloso transporte.»

Y concluyó con una reflexión que, estoy seguro, también interpela a los adultos:

«Creo que no sólo yo, sino todos queremos ver nuestro municipio más bonito y limpio cada día. Para poder hacer este sueño realidad cada quien debe poner un granito de su esfuerzo para que en un futuro nuestro hermoso municipio sea uno de los más bonitos de la región.»

Al terminar este ejercicio comprendí que había algo que unía todas las respuestas. Ningún niño habló de riqueza ni de grandes construcciones. Ninguno pidió edificios más altos o centros comerciales. Todos hablaron, con sus propias palabras, de convivencia, de respeto, de naturaleza, de memoria y de cuidado.

Quizá esa sea una de las enseñanzas más valiosas que me deja esta experiencia. Mientras los adultos solemos ocuparnos de los problemas del presente, los niños ya están imaginando el municipio que quieren habitar. Escucharlos es reconocer que el futuro de Amagá también se construye desde las aulas, cuando aprendemos a querer nuestro territorio y entendemos que las grandes transformaciones empiezan por gestos tan sencillos como respetar la vida, cuidar el agua, proteger la naturaleza y convivir en paz.

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