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Por Nicolás Antonio Vásquez López
Cronista

El desfile fue el 4 de septiembre…

La mínima expresión desfila por las calles. Calle arriba, calle abajo. Es el desfile de cuentos, mitos y leyendas; yo los vi llegar al parque principal de Amagá; comparsas locales y delegaciones de municipios cercanos representando por turnos su puesta en escena callejera.  El parque atiborrado de gente para escrutar los disfraces, movimientos, enredos, instalaciones, montajes, escenificaciones, afinidades con el público -en su mayoría pobres, sin embargo, ricos en materiales contaminantes; que van a parar a la basura, seguramente-. No es confidencial para los ciudadanos de Amagá el decaimiento del desfile, siendo entonces debilitado por los infaltables personajes de Disneyland (injertos extranjeros). Los migrantes animados desplazaron pasmosamente a la madremonte, el hojarasquín del monte, el patetarro, el cura sin cabeza, la mula de tres patas, la patasola, el putas, el gritón, las ánimas… ¡No vaya a creer! El castañeteo de los dientes míos al ver la horrorosa familia de los Picapiedra o la fantasmagórica aldea varonil de los azulitos Pitufos ávidos por la cabellera rubia de Pitufina.

Por otro lado, el relato fundante de los mitos y leyendas, aleccionador de hecho, compuesto por la tradición oral y escrita de los campesinos, es alterado por el discurso del marketing animado. Tal vez la estética de la neotenia, ojos desorbitados, hipnóticos, sea el embrujo; de pronto, no lo sé, ocurre un desajuste mayúsculo para entender el género del terror, y lo buscamos en la cuota «light» de los personajes sentimentaloides que desfilaron. El miedo no es ajeno a la vida; es comburente esencial del carácter. El susto acordado por unas reglas invisibles, el acuerdo de la mentira ambulante; sabemos que no son reales, los queremos reales, nos convencemos hasta el tuétano de que lo son. Quizás nos ayude a calmar las ansias de sabernos culpables por nuestras culpas; nada mejor que una figura espantosa, de vez en cuando, nos haga pensar dos veces la consecuencia de nuestro acto. «¿Miedo?, ya nadie le da miedo». ¡Haberse visto! ¡A que sí! No importan los proscritos espantos. ¡Miren al fondo! Viene una mujer gigante llorando, de saya negra, de cara tristísima. Adelante, edecanes luctuosas; al lado, una vieja de pelo lamido de menor tamaño con retrato de su desaparecido. El símil es indiscutible: el pedido de justicia por parte de mujeres como las Madres de Plaza de Mayo en Argentina, Fabiola Lalinde o Claudia Yepes en Colombia; buscadoras de sus hijos, nos recuerdan cientos de mujeres que viven la zozobra de la desaparición. La Llorona, la indiscutible, asustó a los niños en la plaza; el vestuario impecable, el relato coherente. Vaya, se pudo organizar la cola del desfile. ¿Mitos y leyendas? … A lo lejos… sollozos.

Lectura recomendada:

Crónica parroquial: Treatlón

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